Laura Elena Cáceres: La ruptura

Su teléfono suena constantemente. Procura ignorarlo, su cabeza está en muchas situaciones a la vez. Recibe mensajes, Franky le avisa que no puede impedirles el paso. No puede renegar, Astrid es el puente de comunicación con los dioses que les guían en las decisiones de Laguna Madre. Está vestida para el momento, cómoda pero ligera: un vestido rojo corte imperio porque sabe que es atrayente. Les hace creer que ellos tienen la ventaja, deja a la vista los tatuajes de su serpiente en el brazo izquierdo.

Se suelta el cabello negro que llega a los hombros, se pinta los labios del color Radiant Red de Jordana. Entra al lugar, la rodean; por mucho que hiciera nudos no podía amarrarlos, notaba sus amarres desatándose, inevitable en esos ambientes. En la mesa de reuniones, ve la energía tensa, se siente desprotegida, pese a tener estampas en su ropa interior y alhajas cargadas con magia, asegurándose que nadie la atacará. Respira, levanta la frente, el miedo es normal y por ello no debe retirarse.

—¿Qué quieren?

El silencio, como respuesta, dura unos segundos, sabe que el propósito es para incomodarla. Imagina sus pensamientos como hilos atados, pero igualmente parecen desatarse.

—Estás amenazando a uno de nuestros hombres, no podemos tolerarlo, sabes que está prohibido hacer eso desde el pacto — habló un hombre sosteniendo el arma con firmeza.

Astrid responde con un respingo.

—Él comenzó primero, amenazó a mis compañeras, ¡las lastimó!

—Y tú entrenaste a esos monstruos, ¡ni siquiera nos metíamos contigo!

—¡Pudieron haberme preguntado directamente!

—¡El trato era que nosotros no nos metíamos en tu lugar y tú no te metías en el nuestro!

—¡Ellos pasaron por los límites que se habían puesto!

—Ustedes se llevaron a nuestros secuestrados para asesinarlos, nosotros solo queríamos esclavizarlos.

—De todas maneras, los iban a matar, no se hagan como que no sabían.

Le apuntan amenazantes.

—¡Deja de pasarte de pendeja!

Astrid siente que el miedo le llena el cuerpo de adrenalina, la contiene; desatar su parte animal es malo para los negocios, necesita hablar con ella misma antes de actuar apresurada. Mira con enojo, puede despedazarlo si quisiera en ese momento. Aquello implicaría una masacre que no necesita en ese momento, se había mantenido la tregua. Trata de calmarse, recuerda que su padre le decía que no se dejara llevar. Aún así, siente el cosquilleo de las serpientes provocado por su ira. Levanta la mano señalando al que la amenaza con el arma. 

—¡A mí no me apuntas con tus armitas, pelado!

Su mente es tan fuerte, con ella sacude el arma con una fuerza invisible. Sabe que debe manejarlo, sabe cuáles son los seres fantasmales que están cerca. Unos le dicen que se calme, pero otros que incendie todo. Al hombre le zafan el arma, se asombra sin saber quién o por qué sucede.

Ella sacude sus piernas y con sus tacones hace sonidos que resuenan como un eco en ese salón abierto, se parecen a cascos de caballos que corren en pavimento. El viento frío agita todo dentro de esa sala, caen floreros, vuelan platos de los estantes. El verano ilumina todo, una sombra que lo tapa todo. Las luces eléctricas se apagan, el ambiente se hace oscuro y frío. Vuelan palomas alrededor y lechuzas, se acercan para verlos desde diversos muebles, sus ojos rojos destacan por sobre sus figuras blancas, eran las vigilantes.

No quería dañarlos, no era su intención principal, pero si la amenazaban con cualquier cosa, un pensamiento o una palabra, las lechuzas volarían para atacarlos.

—Ahora escúchenme bien, sé que ustedes creyeron que lo mío siempre han sido leyendas —Los mira fijamente mientras su voz llenaba los oídos de todos como un eco—. Pero ahora que han visto lo que puedo hacer, que no quede la mínima duda que, si se meten conmigo, se meten con toda la organización, más otras fuerzas que no conocen.

Todos bajan sus armas, un poco por el asombro y otro poco porque nunca la habían visto actuar así, sabían que era la dirigente, pero ahora les quedaba claro por qué. Astrid respira agitada y enojada y con ello parece que su serpiente respira también. Al notar que no la amenazan se calma, sin quitar las sombras que ella ha atraído.

—Ahora les recuerdo, si quieren meterse con Laguna Madre se meterán con otros, no dejaré duda de lo que están haciendo. Seguimos con la tregua, pero no se irán así tan tranquilos, porque pesadillas los perseguirán por al menos de aquí a tres días ¡Podría hacerlas durar más si se ponen pesados! Ya que su atrevimiento merece castigo, pero soy compasiva ¡Ahora! ¡Todos bajen sus armas ahora!

Los ojos de las lechuzas comienzan a brillar de forma rojiza e iluminada conforme ella avanza hacia la amenaza. Todos los que ven tienen la boca abierta por el asombro. Poco a poco dejan sus armas en el suelo, conforme eso pasa las lechuzas vuelan lejos del techo como si fueran fantasmas y el cuarto comienza a iluminarse hasta llegar al ambiente en el que estaba, llegando a la temperatura normal.

Astrid se relaja, acomoda su cabello que estaba alborotado por el viento que previamente ella misma hiciera, después se quita las basuritas que el aire había levantado.

—Eso es, así mero, los quiero como buenos muchachos —dice ignorando lo ocurrido — Ahora solo quiero que vayan a que los curen donde sea necesario, sea con su médico o su abuela de confianza, no quiero que un incidente como este se repita de nuevo en la organización ¿Está claro?

La miran extrañados y asombrados, ella se va de la misma forma en que había llegado, caminando hacia la puerta por donde entró, manteniendo la compostura, azotando la puerta. Todos siguen con la mirada para no sentirse pisoteados por ella, les queda claro que puede dañarlos si se lo propone.

 

Laura Elena Cáceres – (Reynosa, Tamps. 1985) colabora en el e-zine “El Ojo de Uk” escribe en su blog personal (www.ciudadanaherzeleid.blogspot.mx).

Es antóloga en los libros “Cuadrántidas” (poesía sci fi) y “Mundos remotos y cielos infinitos” y en el libro de ciencia ficción erótica “Scierogenous: an antology of erotic science fiction”, publicado en Estados Unidos. Es autora de la colección de cuentos “Hemólisis”. Correo de contacto: ciudadanaherzeleid@gmail.com

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