Un cuarto propio: Jimena De los Santos

Había terminado de barrer el piso de abajo, lo que pareció una eternidad; días u horas, daba igual, porque el cansancio le pesaba sobre los hombros, ya que el trabajo para mantener la casa limpia nunca terminaba. Al fin, solo faltaba la cocina, el gran santuario de historias que entre hervores y especias se iban relatando. Antes de entrar, recordó muy bien la enseñanza de su padre, don Emigdio: “las viejas deben entrar a la cocina con los pies descalzos y muy calladitas, no quiero ruido de cacareos en la cocina, solo la música de los guisos y las ollas”. Por una vez, se le antojó meterse con los zapatos puestos; hacía un frío que castañeaba los huesos y su padre ya no estaba en cuerpo presente para juzgarla. Taconeó en el piso sintiéndose Doña Josefa Ortiz de Domínguez, más independiente que nunca en sus cuarenta años de vida. Pulió todas y cada una de las ollas y jarros de barro, pasó el sacudidor por la mesa de mármol mientras taconeaba y silbaba una canción recién inventada. Para cuando terminó, ya era el día siguiente; estaba tan cansada que se le había salido el alma del cuerpo, así que echarse una dormida larga sería su mejor premio. Al salir de la cocina descubrió que todo, las esculturas de barro, el piano de cola que no había sido utilizado en años, todo, salvo los retratos de Don Emigdio, se habían vuelto a llenar de un polvo que apareció como una maldición, o más bien, un castigo por la desobediencia. Alondra pegó el grito:

—¡Viejo desgraciado!

La casa de Coyoacán era un castillo, me permito afirmarlo así, erigido en roca volcánica, donde ni el terremoto más devastador se atrevía a retumbar las paredes. Había sido construido por mente y obra de su padre, el mismísimo Don Emigdio Hernández, el gran director y actor de cine en la mejor época de México para el séptimo arte; o al menos, era lo que siempre decían esos reporteros de poca monta de Televisa y Tv Azteca cada que visitaban su casa para entrevistarla. No importaba cuántos libros hubiese publicado ella, ni sus investigaciones sobre el arte de la comida mexicana; siempre era más importante hablar sobre la leyenda de Emigdio y los misterios de aquella casa que era imposible mantener limpia para una sola persona. La gente suponía que Alondra había heredado una supuesta fortuna amasada por el padre; pero lo cierto es que el único legado era aquella casona y un montón de polvo acumulado. Ni un solo centavo para el mantenimiento de un lugar tan grande, legendario y demandante. Ella había crecido en los sets de grabación y también en la casa, que era como un universo alterno, donde el tiempo y el espacio corrían en un sentido diferente en comparación con el bullicio de la Ciudad de México. Pero, siendo sinceras, Alondra hubiese preferido pasar toda su vida en los escenarios ficticios construidos por las grandes producciones de su padre.

Nadie más tenía una conexión con la casa como Alondra, así que cualquier otra persona que estuviese ahí, no habría notado que las paredes convulsionaban en una risa estruendosa, burlona, igualita a la de Don Emigdio cuando hacía sus chistes de sobremesa. Ella había desobedecido otra vez y su padre la castigaba; qué ilusión que el viejo se hubiera ido directito al infierno, pero en cambio, construyó su propio averno en las piedras de la casa de Coyoacán, con Alondra en su interior, esclava de los designios de Satanás. Esta no era la primera vez que su padre la “reprendía” más allá de la muerte: en una ocasión, durante una entrevista filmada en la sala de la casa, Alondra había solicitado que le preguntaran sobre su más reciente investigación y que por favor, omitieran tratar el tema de Don Emigdio. No llevaban ni la mitad de la grabación cuando la gran escultura de barro negro que se posaba firme sobre la chimenea cayó encima de la cámara. La reportera aseguró que se trataba de un terremoto, pero Alondra bien sabía que en ese lugar nada temblaba sin la autorización de su padre. Y así, había pasado unos largos diez años cumpliendo los designios de Don Emigdio a cambio de una cierta estabilidad en el hogar, como una sonrisa falsa que se sostiene para guardar las apariencias. Sobre ella recaía la presión de mantener la casa, a fin de convertirla en un museo para honrar la memoria del genio cinematográfico.

Pero aquella madrugada, la paciencia de Alondra había rebasado el límite, muy decidida tomó sus llaves, su libreta de apuntes y salió de la casa azotando el portón de madera antigua y gruesa. El castillo intentó impedirlo creando pasillos pedregosos para dificultar el trayecto de Alondra, pero, por primera vez en toda su vida, tenía la firme decisión de salir, aunque fuera por unas horas; poco importaba que a su regreso la casa estuviera sucia y desordenada. Bajó de la estación Allende y caminó un par de cuadras antes de entrar a un edificio antiguo; pagó la cuota correspondiente a todo el día, subió las escaleras y entró a una habitación pequeña y de paredes húmedas, donde solo había una cama y un escritorio. Encendió la luz, se sentó frente a la mesa, abrió su libreta y comenzó a escribir. Al menos, durante un ratito, tendría una habitación propia.

Jimena De los Santos, feminista y lectora de tiempo completo, originaria de Yucatán. Licenciada en Literatura Latinoamericana por la UADY y Maestra en Estudios de Género por el Colegio de México. Investiga sobre escritoras y literatura en Latinoamérica; todo el tiempo habla de cultura pop. Se ha reencontrado con la magia y la escritura.

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