Ana Laura Corga: Que alguien me ayude

¡Carajo! Ya no quiero seguir así, tantos días de vigilia me están avejentando el rostro. Cada que me observo detenidamente al espejo aprecio una arruga más, las ojeras marcadas, los ojos siempre rojos que trato de ocultar con gotas. Todas las noches como acto ritual y disciplinado, me aplico una crema para las ojeras, aunque para ser sincera, ya no sé si está valiendo la pena comprar. Hago todo lo que está en mis manos para que no se note que no estoy durmiendo bien.

La exigencia es permanente, verte bien, lucir bien, no expresar enfermedad en el rostro, ocultar lo que está pasando. La gente se puede espantar, no me lo puedo permitir. No puedo dar esa imagen. Debo estar siempre impecable.

Pero cada día se hace más difícil, he pasado semanas sin dormir, temo cerrar los ojos y que las pesadillas regresen. Trato de mantenerme cuerda, tomo café insaciablemente varias veces al día. Voy entre consumir vitamina B, té de jengibre y taurina en cualquier versión que encuentre en la tienda de la esquina. Esto es desgastante, me irrito por todo, no soporto el sol, los gritos me atacan la cabeza.

La noche llegó. ¿O el día? A veces me quedo dormitando a cualquier hora, no importa si hay luz o no. Temo que un día cualquiera me gane el sueño a medio camino sin darme cuenta. Parpadeo, cierro los ojos. ¿Otra vez los cerré? Parece que sí. Me encuentro de nuevo acostada en un cuarto que me resulta muy familiar. ¿Es un sueño? Empieza de nuevo. Sueño que sueño, y en este sueño profundo se aparece el demonio.

Él me acompaña siempre en estas pesadillas. No distingo si tiene rostro, la imagen es obscura, como si estuviéramos en una habitación dónde todas las cortinas han sido cerradas o dónde ha caído la noche profunda trayendo su prominente tiniebla.

La primera vez que lo vi, no supe cómo reaccionar, me provocó miedo, pero no podría decir que era un miedo a algo paranormal, sino como el miedo que sientes cuando vas por la calle de noche y percibes que un hombre se te acerca de manera sospechosa. Ese miedo que te hace estar a la defensiva y que no termina hasta que el hombre pasa de largo.

Quizás asocio al demonio con esto porque tiene una figura humanoide, de hombre, aunque ahora que lo he podido ver con detenimiento después de esta recurrencia, es más como una bestia. De él se alargan algunas de las características de su ser que lo hacen desagradable, demonio. Tiene unas manos largas y grandes, de las que sobresalen unas garras enormes. Su figura es robusta, pero no del todo grande, de su cabeza se desprenden dos cuernos que se pierden entre la melena a medio cortar, esos pelos que sobresalen de las sombras cuando se mueve.

Esta vez él se queda parado. Siento cómo me observa de lejos, aunque no distingo bien sus ojos. Parece que quisiera velar mi sueño. ¿Lo vela o quizás lo anhela? A lo mejor él tampoco puede dormir.

Se empieza a mover hacia mí y voy distinguiendo su cara, se van definiendo sus rasgos, son horrendos. Ojos grandes y oscuros, nariz perfilada, cabeza rechoncha. Percibo un olor que se desprende de él. Se me acerca lentamente, el miedo empieza a subir por todo mi cuerpo. Mi corazón late de prisa, mi piel se enchina. Está muy cerca, distingo su aliento, huele asqueroso, como a fruta podrida. Invade mi cama con ese olor putrefacto, se detiene, me observa de nuevo de arriba a abajo. Sus ojos se van transformando en dos faros nubosos. Mi cuerpo cosquillea, intento moverme, no puedo.

De un momento a otro mi cuerpo se siente reducido, me siento diminuta. ¿Qué pasa? Me estoy alejando de este cuerpo, lo empiezo a ver desde afuera, confirmo, es pequeño. No cubre ni la mitad de la cama, apenas y llega a verse que sobresale de la almohada una cabeza infantil. ¡No! Regreso a él. Al cuerpo infante. Esto no me había ocurrido en otro sueño.

Un susurro de aire recorre lentamente las sábanas, empieza por mis pies y va subiendo por encima de las telas. No es posible que haya logrado traspasar. Aunque pensándolo bien, sí puede, es un demonio.

Viene con más fuerza esa sensación de que algo sube por mi piernita, se detiene a la altura de mi ombliguito. Me molesta, pero no me puedo mover. Es como si el demonio susurrara que no haga ruido, y esto en automático me dejara inmóvil. Una de sus garras está en mi boca. Acerca su respiración, pero no lo puedo ver. Se agita, parece que le falta el aire. ¿Está enfermo? De súbito la respiración se hace más enérgica. Escucho en el fondo una voz de una pequeña. —Eres una niña valiente, eres una niña valiente. Resiste, no llores.

Tengo su respiración en mi cara, parece que se quiere meter en mí por mis ojos, como si quisiera respirarme dentro. Se alimenta de mi miedo, de mi terror. Nuevamente, más fuerte, —eres una niña valiente, eres una niña valiente, eres una niña valiente—. Por sobre las sombras se desprenden sus cuernos, sus garras me muestran un tercer cuerno, que crece, se asoma conforme el demonio se agita, empiezo a sudar, quiero despertar. Me grito, me muerdo el alma, que alguien me ayude a despertar, no quiero seguir aquí.

El demonio se calla. Sobresalto. El despertador.

Ana Laura Corga.  Ciudadana tlalpense, feminista, apasionada de los gobiernos locales, las letras, la ciencia ficción, el terror, el café, la cerveza, las noches, el rugir del mar, la comida mexicana, el fútbol, el box y los perritos. Co-coordinadora Especulativa.

Twitter e Instagram: @analau_corga

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