Miranda Campos: Ojos violetas

Para Clau.

Mi abuela tenía su casa llena de dos cosas: de libros y de vacas. Figuras, cuadros, pinturas, tapices, esculturas de diferentes tamaños, colores, y materiales. Visitar su hogar era llegar a un establo de vacas multicolor que olían a biblioteca. Ávida lectora desde joven, disfrutaba con pasión del té y nunca le conocí pareja.

Poco sabía de mi abuelo quien la abandonó misteriosamente poco después de que nació mi madre, nunca hizo falta, ciertamente la calidez de mi abuela iluminaba todo, sus historias y saberes fueron mi mayor diversión al crecer y la duda más evidente se apoderó de mi lengua hasta los 15 años.

—¿Abuela por qué tienes tantas vaquitas? — pregunté un día al sostener mi vaca favorita, hecha de talavera, decoraba su buró favorito dónde se sentaba a leer.

—Son mis amigas — respondió sonriente mirando la pieza— amigas valientes que tienen poderes mágicos, lo puedes notar si miras fijamente sus ojos.

—¿Poderes, acaso tus amigas son brujas? ¿Brujas malas? — mi abuela negó con su cabeza, levantó la figura y tras mirarla cariñosamente la puso en su lugar, noté cómo el azul en los ojos de la vaca se tornó morado por un instante antes de que ella comenzara a hablar:

“¿Has visto vaquitas que parecen caminar sin rumbo?, ¿sabías que hay vaquitas que aman caminar y caminar kilómetros hasta encontrar el lugar perfecto para descansar? Algunas encuentran paz en la playa, otras en el claro de un bosque, en medio de una selva o en lo más alto de un risco. ¿Me creerías si te confieso que algunas de estas vacas errantes solían ser mujeres?

Se requiere mucha valentía para elegir esta vida nómada, dejan atrás cuerpo y su vida humana. No le digas a tu mamá que te conté esta historia, a ella le daba mucho miedo de chica, este cambio requería de un ritual y ofrecer cinco almas de hombres.

Almas que se comportan de formas indeseables con mujeres, de esos te toparás una infinidad en la vida, hija, témeles sólo como una pausa antes de encontrar el momento perfecto para hacerles frente. Y si no te sientes firme, recuerda, no estás sola, puede que una amiga, esté cerca, observando con sus ojos violetas.

Las mujeres que eligen este camino tienen motivaciones distintas, coinciden en el hartazgo hacia el sufrimiento y aunque lo que te contaré pudiera sonar a una venganza, para mí, ellas dedican su vida humana a desaparecer almas corruptas.

Una vez localizados los siguen y esperan a que estén solos; provocaban encuentros, caen falsamente en jugarretas, engaños y seducciones. Al tener cerca a estas personas, en aparente vulnerabilidad, sujetan firme sus rostros para enganchar sus miradas y permitir que esa temeridad intolerable para los abusadores, les petrifique poco a poco hasta que el iris violeta de la mujer se refleje en su pupila. Ya entumidos, ellas proceden con la recolección del alma y…eso sí ya no te lo puedo contar, es secreto de amigas.

Ellos sólo desaparecen, esto rara vez se cuestiona, y con ello no quiero decir que no fueran amados o extrañados por quienes desconocen su naturaleza, pero, cuando una persona causa mayormente sufrimiento a sus cercanos, su ausencia se transforma en libertad, en un alivio que suele desplazar la tristeza, el desconcierto y el dolor al poco tiempo.

Tras reunir almas, esperan la última luna de octubre para ofrecerlas a las diosas antiguas, muchas de ellas representadas por vacas por cierto, en este pico energético, purifican las almas regresándolas al flujo energético del universo y como “pago” te convierten en una vaquita errante bendecida por nuestras ancestras. Cada una de las que ves aquí, tienen nombre y representan varias que he visto en mi vida.

Cada octubre, en algunos eclipses u eventos lunares, recuperan su forma humana y algunas se reúnen para compartir sus contemplaciones y danzan a la luz de la luna. Al amanecer, vuelven a su vida nómada hasta que las diosas las llamen a su lado.

Son mujeres muy poderosas hija, así como todas aquellas que alzan la voz, toman acciones, pequeñas o grandes sobre lo que está mal en este mundo…la valentía suele ser asociada con brujería, así que no lo olvides, toda mujer tiene algo de bruja en su interior.

Las palabras de mi abuela fueron un gran abrazo que acaricio mi intuición, porque aunque este recuerdo vino por nostalgia me dio la respuesta y me enfrentó a la realidad: tendría que convencer casi a la fuerza a mi madre para retirar la orden de búsqueda. Fingí por algunos minutos buscar alguna pista del paradero de mi abuela, hasta que el agente encargado de nuestro caso interrumpió mis pensamientos:

—¿Se han comunicado con usted pidiendo alguna recompensa? Pensamos que algún grupo delictivo está secuestrando a los vecinos para sacarles dinero. Poco antes de su abuela, desapareció el esposo de la Sra. González a dos casas de aquí.

—¿Trataba mal a su esposa? — pregunté sin pensar en lo raro e insensible que sonaría eso, corregí mi pregunta, le dije que no, nadie se había comunicado y no sabía nada. Me dirigí hacia la puerta y en la mesita de las llaves encontré mi vaquita favorita, la tomé y cerré la puerta.

Mi madre ya me esperaba en el auto. Caminando hacia el auto, una mujer que cargaba un hijo y llevaba a otra pequeña de la mano se detuvo frente a mí. Su ojo izquierdo estaba un poco inflamado y aún morado, sus labios aún heridos, se abrieron para decirme:

—Lamento lo de su abuela, era una buena mujer, soy su vecina, siempre me ofrecía tés deliciosos para calmar mis nervios y estaba dispuesta a escucharme cada vez que venía con mis cosas. Ojalá aparezca pronto.

—Le agradezco sus palabras, efectivamente, era una muy buena mujer—reconocí antes de sugerirle un té desinflamatorio. La vi marcharse con sus hijos y entrar a su casa.

Ya con el auto en marcha y lista mentalmente para llenar el papeleo restante en la ciudad, me preguntaba cuándo sería el mejor momento para compartir mis sospechas con mi madre. Veía mi vaca de talavera y me sentía muy agradecida e inspirada por mi abuela. Alcé la vista y ya casi a las afueras del pueblito, el agente detuvo el auto un momento bajo la luz roja de un semáforo; a unos metros lejos de la carretera sobre la que estábamos, pude ver una vaca café con blanco, echada en medio de un plantío pequeño de flores de manzanilla.

Jamás había sentido tantas ganas por tomar un té de manzanilla como aquel día, con dos cucharadas de miel, justo, como lo tomaba mi abuela.

Miranda Campos. Amazona de titanio. Feminista. Comunicóloga Social mexicana,  radica en Cancún y se dedica al marketing digital. Escribir es un gusto que está retomando y en el que ha encontrado un espacio para compartir sus experiencias en torno al dolor, el cuerpo, el cáncer, la discapacidad y lo que guarda su imaginación.

@titaniumamazon

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