Sara Pizarro Romero: Guerra

A la orilla de un río estaba sentada una mujer, acariciando una rosa blanca aún sin abrir.  Era realmente hermosa: su larga cabellera bailaba al son del viento y por su piel blanca, rizos rubios y su largo vestido turquesa contrastaba con el bosque a su alrededor. Era una imagen casi etérea, hechizante, pero el encanto de la vista se rompió al oír unos pasos. El crujir de ramas anunciaba que estábamos por tener compañía.

—Recibiste mi mensaje —.  La voz melodiosa de la joven llenó el lugar. El recién llegado sonreía a medida que iba acercándose.

—Claro que sí. Desde la primera vez que te vi quería hablarte, acercarme a ti ­—. Retengo una carcajada. Ambas sabemos cómo va a terminar esto —. Que quieras hablar conmigo me sorprendió, pero esta es una oportunidad que no voy a desaprovechar —. El hombre se veía muy animado. Pobre ingenuo.

Ella se levantó. Jugueteaba con aquella flor, acercándose lentamente a él con movimientos ondulantes y seductores, con la intención de captar su atención; y lo logró.

—¿Y qué crees que pasará en esta oportunidad? ¿Qué crees que quiero?

—No lo sé, pero te lo daré. Tendrás de mí todo lo que anheles —. Ella se apoyó juguetonamente sobre su pecho y lo besó con pasión, casi dejándolo sin aire.

—Eso lo sé… —. Le dio un ósculo corto y clavó con fuerza la rosa en su frente. El hombre se quedó petrificado casi al instante. Aquella flor, antes blanca y cerrada, se tornaba oscura mientras se abría. El cuerpo pedrusco del individuo también oscureció.

La rubia lo miró sin atisbo alguno de arrepentimiento. Esperaba atenta que la flor negra terminara de extender sus pétalos. Seguro quería hacer esto desde que vio por primera vez a aquel tipo.

—Debes estar hambrienta de poder, ¿verdad? —. Se sorprendió al verme salir de entre los árboles. Se veía aterrada.

—¿Por qué estás aquí? Prometí cumplir mi misión…

—Los escoges bien — ignoré su parloteo —, grande, fornido, guapo, un hombre lleno de vitalidad y, como la víbora que eres, vas buscando víctimas en cada salto temporal que das para alargar tu vida y agrandar tus poderes —. Ella cogió torpemente la rosa. El cuerpo inerte empezó a deshacerse y flotando quedó un pequeño objeto brillante.

—Tengo una misión…

—¡Pero mentiste! —. Mi grito la acobardó solo por un momento.

—¡No es cierto! Mi misión es ir tras la Orden Oscura y eso es lo que hago —. Estaba por tomar la piedra flotante del cuerpo ya inexistente, pero di un pequeño soplido, un conjuro de viento, y una brisa fuerte la trajo a mí.

—Te enseñé el hechizo para quitarles los poderes a esos cazadores que nos matan para quedarse con los nuestros, pero lo modificaste y no solo los aniquilas, también te quedas con su alma. ¡Estás actuando como ellos!

—¿Y? ¿Cuál es el problema? ¡Estamos en una guerra! ¡Nos cazan! ¡Nos torturan! Esos brujos asesinan despiadadamente a todas las que pertenecen al Grupo Celestial. Incluso a las que no. ¡La Orden Oscura va detrás de todas las brujas del mundo y en todos los tiempos! ¿Y tú te preocupas por un antepasado insignificante de un mago oscuro?

—Me preocupa que mi gente caiga al nivel de ellos, que saquen provecho personal de este conflicto —. Respiré profundo, todas las piedras que encierran el alma de un mago tienen un olor particular—. Tienes cuatro piedras. ¿Me las darás amablemente o tendré que quitártelas a la fuerza? —. Me ignoró. Su cabello voló inesperadamente hacia mí y me atrapó. Esta chica no sabe lo que acaba de hacer.

Hizo aparecer una rosa blanca entre sus manos y me la lanzó. ¿En serio pensó que eso funcionaría? Pero no la lanzó a mi frente como se lo enseñé, iba a mi corazón. Aquella flor iba atada a una piedra de algún mago muerto. Hizo al hechizo más poderoso.

—Eres una de las brujas más fuertes, pero esto te matará al instante —. Sin duda, la novata estaba bien entrenada, pero no tenía tantos años como yo ni tuvo tantos maestros como los tuve durante mis viajes en el tiempo. Cerré los ojos y recité un hechizo en latín, era uno oculto y que solo pocos lo conocíamos. Un escudo se formó delante de mí y destruyó la flor. Este conjuro deshacía hechizos al contacto y por eso la rosa se esfumó. El cabello que me atrapó tuvo el mismo final. Mi defensa se expandía más y más hasta que llegó a la rubia y, al tocarla, un fuerte brillo me cegó. Caí al suelo y cuando abrí los ojos, ella desapareció y en su lugar quedó un tipo rubio vestido de negro que he visto alguna vez en una lista de cazadores. Sin duda pertenecía a la Orden Oscura.

¡El maldito había tomado el lugar de una de mis estudiantes! La pobre seguro estaba muerta. Esos engendros no toman prisioneros.

Antes que hiciera algún movimiento, le lancé una rosa y esta se oscureció. No lo petrifiqué y mucho menos iba a matarlo. Le quité sus poderes y viviría en esta época colonial como un simple mortal. Tomé la flor de su cabeza y me fui río arriba. No tenía tiempo que perder. Debía regresar a casa y avisar que esos malditos estaban tomando el lugar de las novatas para infiltrarse en el Grupo Celestial con algún conjuro oculto. Ellos buscan nuestra destrucción y así conseguir su meta: dominar el mundo de la hechicería.

Llegué a una cascada, uno de los medios para conectar los mundos, y recité el conjuro de salto temporal. El agua brilló y se separó en dos. El portal se abrió, era hora de volver al año 2500, reportar lo que descubrí hoy al Consejo de brujas y prepararnos. Si se infiltró uno, era probable que hubiera más.

Parece que esta guerra nunca llegaría a su fin…

Sara Pizarro. Lima, Perú (1988). Docente y escritora. He escrito relatos de corte fantástico, erótico y horror. He sido seleccionada en numerosas antologías virtuales en habla española como en El Narratorio, y en dos antologías impresas: Encuentros en otros mundos de la editorial Gato Descalzo (2019) y en la antología Un acercamiento a la composición de la novela, publicada por Petroperú (2019).

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