Griselda Córdova: Sea su propio dios

Al signar el consentimiento informado, el arrepentimiento dejó de ser opción. Ahora, en nombre de la ciencia, mi único y último oficio consistía en caer. Eso, y llevar un registro de mis últimas palabras antes de que suceda.  

Experimentar el Horizonte sólo había sido posible, hasta el momento, gracias a la precisión casi perfecta de los simuladores, pero sobre todo a partir de la formulación de una metafísica cuántica. Todo en el terreno de la abstracción más verosímil, pero abstracción, a fin de cuentas. Los registros comunales, que comprendían desde sus inicios hasta hace poco más de dos décadas, demostraban que se trataba de una preocupación crucial, muy propia de la condición humana: en la frontera que escinde el cuerpo del alma y el intrincado tejido del espacio-tiempo sólo media la perspectiva, hoy sabemos. 

Yo no pensaba quedarme de brazos cruzados ante la posibilidad de embeber mi carne, dejarla ser embebida por tan magno acontecimiento. 

Los rigurosos preparativos consistían, muy para la sorpresa de la opinión común, en el ejercicio de la contemplación ascética. “La pureza de juicio es tan falible como la voluntad del observador”, repetían con fervorosa ambigüedad en los cursos propedéuticos. “Las partículas del exterior que caen dentro de esta región nunca vuelven a salir”, decían ya entrados en el módulo teórico, “ya que para hacerlo necesitarían una velocidad de escape superior a la de la luz”. Hasta el momento, la teoría indica que nada podía alcanzarla. “La atracción gravitacional obliga a que el cuerpo pierda su forma, su estructura, hasta ser absorbido, dispuesto sin mayor remedio a estirarse y estirarse, como un fideo”. El punto justo de no retorno entre el ser finito y el ser prolongándose. 

El punto de no retorno y las infinitas posibilidades del arrepentimiento han sido siempre mi debilidad. “Cumpla su sueño de convertirse en partícula, de transmutar en onda”, rezaba el eslogan de la campaña de reclutamiento, ante el que no pude sino sentirme seducida. Imaginarlo me llena de gozo: un monstruo devorando un cuerpo celeste en su totalidad, con la peculiaridad de no tratarse de una calamidad monstruosa, palpable, sino de una región de densidad infinita reclamando el cuerpo propio. 

La transustanciación de la carne, la última forma de renuncia, no me era ajena. Los preparativos se han sucedido tan de prisa, que poco tiempo ha habido para darlo a conocer y celebrar propiamente. Poco tiempo y escasa voluntad. El sacrificio es plausible si se sucede en la mesa ajena, pero pocos están dispuestos a abandonar la certeza que de un cuerpo ajeno tienen para reconducirlo ahora en objeto de la memoria, a merced del tiempo y de la muerte. Pero esas palabras son de importancia capital, el transmutar, el traducirse, el analogarse, porque de no decirlas se nos va de la mano que esto, aquí, de alguna forma y más allá de nuestro entendimiento, es cierto y verdadero, es bello y bueno. Que nadie se engañe aquí: no hay renuncia más perfecta que el abandonarse al arrebato de ser una víctima. Y la carne ahí, en medio de todo, al centro de toda convicción.   

La expectativa es embriagante. “Sea uno con la singularidad, sea su propio dios”, se lee en el arco triunfal del campo de pruebas, como quien dijera que el trabajo nos hace libres. “Diosa”, corrijo con silencioso afán. Minucias. El cuerpo, ya listo; los poderes de la percepción, calibrados. No hay máquina más perfecta para esta empresa que la carne indisociable de un par de ojos y millones de terminaciones nerviosas enviando información a una red neuronal en proceso de sinapsis infinita, generando millones de datos por segundo, abiertos en flor de cara a la posteridad. Todo al alcance de un paso, cruzar el horizonte, dejar que todo suceda, caer en una caída que nunca deja de suceder y, sin, embargo, está sucediendo y no. “La pureza de juicio es tan falible como la voluntad del observador”, pensaré al pararme al borde del Horizonte. Sentiré, por un momento perpetuo, el éxtasis y el terror de ser eterna, como todo aquello que persevera.

Griselda Córdova. (Sonora, 1987) Licenciada en Literaturas Hispánicas y Maestra en Literaturas Hispánicas (UNISON), Doctora en Literatura Hispánica (COLMEX). Docente con perspectiva feminista. Comparto talleres, cursos y círculos de lectura sobre autoras y temas de feminismo como Diaria Literaria. Escribí Carpanta (griscordova.itch.io/carpanta) en 2021, un relato no-lineal programado en la herramienta de código abierto Twine, y alojado para su lectura libre y gratuita en Itch.io.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s