Alma Mancilla: Lo que se sueña

Martha recordaba bien el sueño: caminaba por un prado entre penachos de yerba que le rozaban los talones. Su padre iba a su lado y la llevaba de la mano y ésa era la única señal de que el sueño ocurría mucho tiempo atrás. En el borde del mundo se levantaba un resplandor amarillento que se lo llevaba todo. Despertaba siempre aterrada, con el corazón agitado. Ahora ya sabía, claro, que no era así como tenía que ocurrir: su padre estaba muerto desde hacía tiempo, no había manera de que la escena del sueño se pudiera reproducir.

Esa mañana llamó a Joel y le dijo: “No salgas, está por llegar.” A lo que él respondió, “¿Martha, estás bien, estás tomando tus medicamentos? ¿Necesitas que te vea el doctor?”. Ella le colgó, furiosa. Que hubiera tenido un episodio malo no justificaba que la trataran como a una loca de atar. 

En el sueño todo era lindo, familiar, y eso hacía más difícil aceptar que pasaría de verdad.

Había pensado en ello ayer por la mañana mientras observaba, sentada en el balcón, a los  hombres que desde temprano trabajaban en el patio de una de las casas vecinas. No podía ver exactamente lo que hacían porque la valla de su propio apartamento lo impedía, pero notaba que escarbaban y levantaban una suerte de estructura de madera, un pórtico, una veranda, tal vez un primitivo altar. Eran dos, ambos musculosos. Uno de ellos llevaba barba y se había cubierto la cabeza con una especie de gorrito de plástico transparente, similar al que llevaban algunos de los cocineros en los tenderetes de comida rápida. El otro llevaba cubrebocas. Los estuvo mirando mucho rato agacharse, erguirse, hasta que salieron al patio con un bulto que arrojaron al pasto antes de marcharse en una camioneta sin mirar atrás.

Ella vio cómo el vehículo se alejaba y entonces supo que iba a comenzar.

Ese mismo día fue a la farmacia y compró medicamentos, lo usual, Tylenol a montones, alcohol, vendas, esparadrapo. No se sabía qué podía pasar después. La ansiedad hacía que tuviera un tic nervioso en la boca, y la dependienta se le quedó viendo con curiosidad. Al volver a casa se topó con la vieja, aquella que era de su mismo país. Lo sabía porque la había oído hablar en una de las tiendas del barrio, aunque ella fingió no entender. La vieja y ella no se parecían en nada, no tenía caso socializar. De todas formas debía advertirle, dejarle una nota por lo menos. Decirle que se pusiera a salvo, que lo tan temido iba a empezar. 

Al otro día los vio nuevamente, a los hombres que trabajaban, es decir. Uno de ellos la miró y movió la mano y ella vio en su rostro que él sabía también. ¿Cuántos más estarían al tanto?

El teléfono sonó y sonó. Era Joel otra vez:

“No, que no te apures”, le dijo. “Me siento a la perfección”.

Mientras hablaba fue testigo de una escena extraña: el bulto en el pasto era algo semejante a un perro muerto. Un par de mapaches se acercaban y lo olisqueaban, y de inmediato se marchaban chillando, aterrados, como si algo en el cadáver los repeliera o como si se tratara de un residuo tóxico o ponzoñoso; algo malvado que había que evitar.

“No, nada Joel, te escuché, fuerte y claro. Sí, ya sé que llegas mañana y yo…”

El final de la frase se quedó flotando en la pieza, un pedazo de pellejo que colgaba de sus labios. No se lo pensó para decir: 

“Joel, quizá debas retrasar tu vuelo.”

Aunque tal vez no serviría de nada: ella no sabía si eso iría a ocurrir también en otras latitudes o sólo aquí.

Esa tarde en lugar de prepararse estuvo leyendo a un escritor muy conocido, un texto extraño con evidentes influencias japonesas. En alguna escena se hablaba de Kawabata, aunque sin mencionar su nombre. De Kawabata, al que no se le habían podido quitar los zapatos de tan engarrotado que estaba al morir. Eso había ocurrido al otro día de su suicidio, al parecer. Martha no supo si la historia era real o apócrifa, y no se tomó la molestia de averiguar. Así se sentía ella: alguien que se moriría y no iba a poder ponerse decente después. Se quedaría tiesa antes de poder escapar. Volvió a pensar en los hombres del jardín de junto. En el perro muerto. En la camioneta. Todos pasos lógicos, signos que prefiguraban el final.

Pasó muy mala noche dando vueltas en la cama. Nadie había recogido al perro muerto, que llenaba el patio de una peste que hacía que los otros inquilinos y la gente que pasaba se cubrieran la boca y la nariz. Enterrarlo era inútil: las cosas estaban en marcha, el desenlace ya no se podía evitar.

Por la tarde oyó a las moscas, y supo con certeza que quedaba poco tiempo ya. Dejó una nota sobra la mesa, por lo que pudiera pasar: A Joel, decía. Tras bajar por la escalera de emergencia sintió que abandonaba algo muy preciado, una verdad que no había alcanzado a dilucidar. 

En la calle todo se veía como siempre, pero ella sabía que se trataba de una apariencia y nada más. Se alejó del edificio muy despacio por la calle que bajo sus pies ardía, como si estuviera hecha de algún incandescente metal.

Tal vez sí, tal vez no. Tal vez aún.

Entonces vio pasar la camioneta. Los hombres le sonrieron con malicia y uno de ellos asintió. Siempre lo he sabido, pensó Martha. Alzó una mano, como para protegerse de lo que venía, y la camioneta la golpeó. El perro muerto se alzó sobre sus patas, corrieron los mapaches, ella oyó que alguien preguntaba: “¿Qué está pasando aquí?” Entreabrió los ojos. Alcanzó a ver que algo a la distancia se movía: un resplandor, la yerba muerta, el reverbero de la tierra sorprendida bajo el cielo que estallaba en dos. 

Alma Mancilla. Originaria de Toluca, México. Antropóloga y escritora. Autora de los libros de cuentos Los días del verano más largo (2001), Casa encantada (2011), Las babas del caracol y otros relatos (2014/ 2019), El criado y otras historias de aflicción (2020), y de las novelas Hogueras (2013), Archipiélagos (2015), De las sombras (2018) y El predicador (2019). Ha obtenido, entre otros, el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen (2011) y el Premio Bellas Artes de Novela José Rubén Romero (2018).

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