Gabriela Ramírez: La flema

Ese día parecía ser como cualquier otro, me desperté y me dirigí al trabajo. En las noticias decían que se esperaban algunas lluvias y ventiscas así que decidí llevarme el paraguas. Trabajo en un edificio prominente, soy empleado de una gran empresa. Me gustaría haber estudiado ingeniería, pero nunca fui muy bueno con los números. En la empresa tengo un puesto no muy importante y muchas veces me siento insatisfecho con lo que hago, pero supongo que eso les pasa a todos.

—Espero no salgamos muy tarde, las noticias anuncian lluvias. Debo llegar pronto o mi esposa me mata— me dijo un compañero de trabajo.

Asentí con la cabeza y me fui sin decir palabra a mi escritorio. Al cabo de unas horas de estar inmerso en mi trabajo me di cuenta de que llovía, me distraje un poco con el sonido de la lluvia, desde esa altura parecía que estuviéramos en otra dimensión, sólo veía las gotas caer. Pasaron unas horas y la lluvia no se detenía, todo lo contrario, se acrecentaba cada vez más.

Llegó la hora de salida, pero muchos decidimos esperar, ya que la lluvia no cesaba y ahora inclusive había vientos bastante fuertes; las ventanas retumbaban y las puertas se azotaban. Pude notar que todos estaban algo inquietos, pero en realidad no había nada de qué preocuparse, el edificio era bastante resistente. Siguieron pasando las horas y en las noticias se reportaban fuertes ventarrones que habían derribado varios árboles y la lluvia había inundado fuertemente varias calles.

—Creo que tendremos que pasar la noche aquí—dijo un compañero de trabajo en broma. Todos reíamos nerviosamente esperando que no se hiciera realidad. Un compañero de trabajo decidió salir al aparcamiento por su carro desesperado de que la lluvia no cedía. Al cabo de unos minutos regresó, se veía afligido.

­—No me lo van a creer. Todo está inundado, pero el agua es… negra. Espesa… como si fuera petróleo.

—Vamos, no es momento para hacer tus bromas. Todos estamos ya bastante cansados y queremos ir a casa también— replicó otro compañero. Pero el primero no se veía con ánimos de bromear, ni siquiera se había dibujado una leve sonrisa en su rostro como cuando esperas que todos crean la broma que les has jugado.

Algo consternados, decidimos bajar a ver qué sucedía. No podíamos creer lo que veíamos, el aparcamiento estaba inundado de este líquido negro, quizá alguna fuga de químicos… ¿pero de dónde pudieron haber salido? Subimos al techo para revisar cualquier posible derramamiento. Cuál fue nuestra sorpresa al darnos cuenta de que todas las calles estaban inundadas de este mismo líquido negro, los carros estaban sumergidos.

—¡¿Qué es lo que está pasando?! Debo llamarle a mi esposa y a mis hijos— exclamó uno de los hombres mientras bajaba las escaleras corriendo, tratando de no entrar en pánico.

Nadie podía entender lo que estaba pasando, podía verlo en sus caras. Bajamos rápidamente para ver las noticias, pero la señal y la luz eléctrica fallaban a causa de la lluvia prolongada y el fuerte viento. Pronto se fue la luz. Todos empezaban a estar bastante irritados. Llegó el jefe, comunicándonos que no podíamos abandonar el edificio según instrucciones gubernamentales. Todos trataban de contactar a sus familiares, a sus hijos, por ellos es por quién estaban preocupados. Pero yo… no tenía a quién llamarle. Siempre he sido alguien bastante melancólico. Esta situación me puso triste, me recordó lo solo que me encontraba. En mi cubículo, me disponía a pasar el resto de la noche. Si tan sólo hubiera sabido.  

Pude dormir unas horas. Estaba solo. Salí hacia la cafetería y vi a algunos de los compañeros juntos, tratando de obtener señal a través de un radio, pero al parecer no obtenían respuesta.

—¿Sin novedades? —pregunté.

Ni siquiera me contestaron. Ya no llovía, pero al parecer las inundaciones habían dañado varios carros y edificios. Al ser un líquido desconocido, no podíamos aventurarnos a salir. Decidí subir al techo a ver las calles inundadas desde una altura segura. Pude ver unas sombras enormes moviéndose debajo del agua. Eran demasiado grandes, tan grandes como una ballena o incluso más. Decidí bajar para comentarlo con algunos de los compañeros. Escépticos, me acompañaron unos pisos abajo, cercanos a la planta baja donde decidimos lanzar algunos objetos al agua, pero una vez que la tocaban, parecían congelarse y descender muy lentamente en esta espesa masa oscura. De repente… vimos cómo se acercaba a la superficie una criatura… ¿Cómo describirla? No era nada que hubiera visto antes, parecía una ballena, pero no tenía ni el color, ni la forma. Su lomo brillaba con el tenue sol, pero era oscuro como el mismo líquido del que emergía.

—¡¿QU…QUÉ…ES…ES…ESO?! —tartamudeó uno de ellos tambaleándose hacia atrás en un intento por no caer. Ciertamente, nadie pudo contestarle, no teníamos idea.

He grabado esto porque me ayuda a sentirme menos solo, pero ya todos se han ido.

***

Escuchar la grabación me ayuda a percatarme de que ya no queda nadie. En mi casa sólo quedo yo. Vivía con mi abuela. Paso la mayor parte del día cerca de la ventana viendo a esas criaturas, es así como vi a un cuerpo flotando. Tenía un maletín que contenía una grabadora donde narraba esto. Lo he escuchado con lágrimas en los ojos.

El humano nunca ha sabido enfrentarse a las incógnitas de la naturaleza, somos diminutos en comparación. Nuestra existencia es intrascendente. Parece ser que éste el fin del ser humano, estas criaturas serán las que reclamen la tierra como suya. Recuerdo aquellos mitos que me leía mi abuela sobre las criaturas que habitaban antes de nosotros. ¿Podría ser? Me pierdo en mis pensamientos…

Me siento muy débil, tengo hambre…

…Caigo al agua. Siento cómo voy hundiéndome lentamente, me siento pesada. También me siento aliviada. Siento calor. Se acabó. El sufrimiento se acabó.

Irene Gabriela Ramírez Muñoa, nació en la ciudad de México un 26 de septiembre de 1997. Es actualmente estudiante de Letras francesas en la Universidad Nacional Autónoma de México. Desde muy pequeña se ha interesado por el género de terror y fantasía leyendo a autores como Maupassant, Poe, Wilde, Perkins, entre otros.

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