Sara Pizarro: El trabajo de todos los días

Corría a toda velocidad. Que emocionante es verla ir contra el viento con tanto apuro, dejando una estela de rojo y azul en las calles, con su sirena tan potente interrumpiendo la calma. ¿Llegaría a tiempo?

Un espectacular accidente de tránsito ocurrió seis cuadras más allá. Sí, sé lo que pasó pues yo lo provoqué. ¡Fue divertido! Un niño iba de la mano de su madre, con una pelota azul debajo de su otro brazo. En un descuido del pequeño, le di un leve empujón a la pelota y cayó el piso. Recordar el momento mágico en cámara lenta es emocionante: la pelota dio un bote, dos; el niño reaccionó al tercero, se soltó de la mano que lo guiaba y corrió tras la pelota. Al sexto bote la atrapó al fin, sin fijarse que lo hizo en medio de la pista, sin fijarse que venía una camioneta Tucson turquesa. El hombre dentro de ella frenó en seco, pero la excesiva velocidad a la que iba, hizo que diera muchas vueltas de campanas. El chofer se mareó tanto que lo vi cerrar los ojos, por lo que no vio que terminó estrellado en el ventanal de aquella cafetería de la esquina, donde todas las mañanas se pueden oler sus deliciosos croissants a cuadras.

Muchos heridos leves, incluyendo al tipo de la camioneta, estaban regados por doquier, pero hubo una mujer que estuvo sentada en el trayecto destructivo del vehículo. Ella se llevó la peor parte. Tenía muchos moretones, un par de costillas rotas y su pierna derecha (cuya tibia estaba rota y expuesta) quedó atrapada debajo de la Tucson. Pero todas sus heridas no tenían importancia a comparación de la que tenía en la cabeza, pues no sangraba, no externamente por lo que pude ver. Se formaba un coágulo en su cerebro y empezaba a hacerse más grande, disminuyendo así su posibilidad de salvarse. 

¡Llegó la ambulancia! Los paramédicos bajaron sus implementos muy rápido. En cada emergencia veo que mejoran en su velocidad. Van de herido a herido para ver la gravedad de cada uno, hasta que llegaron a la mujer del coágulo. Su palidez le daba un toque cadavérico hermoso. Está próxima a dejar este mundo.

—¿Te parece esto divertido? —Reconozco esa voz, y ya sé qué me va a decir.

—La verdad es que sí. Vamos, mira cómo la reaniman, mira la desesperación y la seriedad con la que intentan hacerla despertar.

—Pero es como si hicieras trampa en tu trabajo y eso no es justo.

—¿Por qué? El de arriba y el de abajo no dijeron cómo, sino el fin: «Tienen que hacer su trabajo y que se mantenga el orden de las cosas». Tu trabajo es ser el guardián de un humano. Una parte del mío es tratar de llevar gente al otro lado y que los jefes decidan si van arriba o abajo. Solo soy un simple transportista de ambos. ¿Qué puedo hacer? — el pequeño ángel me mira con mala cara al reconocer mi cinismo.

—Dime, ¿por qué a ella? —inquirió enfadado, es comprensible, casi mató a su humana. Me divierte su molestia y no evito sonreír.

—Te explico. Esa mujer es, como dicen las personas, una perra. Maltrata a sus colaboradores y siempre está de muy mal humor. Y fuma demasiado, con el tiempo posiblemente muera de cáncer a los pulmones.

—¿Sólo te la vas a llevar por eso? —Su pregunta es muy estúpida. Hace que voltee los ojos con exasperación.

—¿No escuchaste lo que dije hace un rato? Dije que «una parte del mío es tratar de llevar gente al otro lado», no que los llevaría sí o sí. Yo solo les doy un empujón para ver si quieren cambiar su modo de vida o si les da igual, los acompaño al limbo. Y hay otro grupo de personas que simplemente mueren todos los días, pero no tengo que ver yo. Al final, me llevo el crédito porque termino acompañando a todos al otro lado.

El sonido de la camilla me distrae de la conversación. Al parecer, pudieron salvar a la mujer.

—Bueno, debo irme, tengo una llamada que atender.

—¿Otra vida se extinguió?

—Sí. ¿Ves? No siempre tengo que ver. Yo solo doy otra oportunidad para cambiar y acompaño a los que ya deben irse de aquí.

—Yo debo acompañar a mi humana al hospital.

Salgo de la destruida cafetería y voy a mi siguiente parada en otra ciudad, donde una señora de avanzada edad me esperaba para acompañarla al otro lado.

No hay descanso en este trabajo…

 

Sara Pizarro Romero, Lima, Perú (1988). Docente y escritora. He escrito relatos de corte fantástico, erótico y horror. Fui seleccionada en numerosas antologías virtuales en habla española como en El Narratorio, Letras entre sábanas, Letras y demonios, Especulativas, entre otros. Y en dos antologías impresas: Encuentros en otros mundos de la editorial Gato Descalzo (2019) y en la antología Un acercamiento a la composición de la novela, publicada por Petroperú (2019).

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