Francia Coronel: Encarnación

Al abrir mis ojos me sentí cansada. Otro día. Mi cuerpo duele y mis ojos arden. Los días y las horas parecen lo mismo, y yo no sé qué más hacer. No siento tristeza, ni soledad. Mas bien aburrimiento y nostalgia, mucha nostalgia de lo que fui, de lo que no soy y de lo que nunca seré.

Yo ya nací triste, por eso no lloro, porque el sentimiento eterno me lleva y me trae y yo nunca supe cómo quitármelo. Y en vez de eso la abracé. Mi tristeza, tan cálida.

Pero lo que yo siento ya no es tristeza. Es aburrimiento, de vivir, tal vez, o de no morir, quién sabe.

Como cada mañana me lavé mi cuerpo con agua tibia. Ni caliente ni fría, pero no la sentí. Sentí un hueco ahí donde iba mi piel y por primera vez en muchos años lloré. Me tomé un café. 

Salí a trabajar. El mismo trabajo mecánico. Fui al café de enfrente para comprar un sándwich, y de regreso me encontré con un gato. Grande, muy grande. Y todo negro, con grandes ojos color verde. Le amé desde que lo vi y decidí llevarlo a casa conmigo.

Era increíblemente suave, inteligente, observador y tranquilo. Le di comida, pero no la aceptó. Así pasaron días, y yo no sé por qué, pero me sentía mejor. Su compañía me abrumaba de alguna forma, pero eso me gustaba. Me hace sentir.

Era un gato extraño. Nunca ronroneaba. Me observaba todo el tiempo. Decidí tomarme unos días libres en el trabajo, sólo para quedarme en casa con él. Nos pasamos mucho tiempo observándonos el uno al otro.

Mi fascinación por él creció cada vez más.

Y los días de alguna forma fueron cambiando. El sol más brillante, las nubes más grandes, el viento más suave. Mis plantas florecieron y la comida que preparaba era más deliciosa.

Tal vez enloquecí un poco, no lo sé, pero que el mundo a mi alrededor cambiara y se volviera más bello se lo atribuí al gato. Ese gato negro al cuál yo nunca nombré.

Mi fascinación por él crecía. No comía nada de lo que yo le daba. Al principio pensé que él saldría a conseguir su propia comida, pero nunca dejaba el apartamento. Lo miré a los ojos y le dije:

— Pequeño mentiroso, dime cómo sobrevives sin comida, ¿es acaso que me la robas cuando te doy la espalda?

El gato me miraba fijamente, y yo vi una sonrisa. La vi y exploté.

— ¡A mí no me vas a engañar! Dime tu secreto. ¡No te burlarás de mí!

Me acerqué más a él. Nuestras narices se tocaban mientras le decía:

— Pues, en ese caso, si tú puedes, yo también. Te crees mejor que yo. Sin juegos. Ni un bocadillo, y te observaré. Si tienes un escondite más vale que no regreses a él.

No obtuve contestación. Era obvio. No quería que sospechara de él. Muy tarde, ¿quién no sospecharía de él? Tan grande, tan negro, tan gato.

No comer fue más fácil de lo que pensé. Lo complicado era observarlo todo el tiempo. Su cara felina se desfiguraba mientras más lo veía. Y me sonreía, burlonamente. Y me enseñaba esos pequeños colmillos macabros. A veces se volvía tan grande que doblaba mi tamaño. Pero tenía que demostrárselo. Yo también era fuerte.

Siempre fui una mujer que en el mundo no encontraba su lugar. No era para mí. Las cosas mundanas me aburrían, los sentimientos, las personas. Pero ese pequeño gato bastardo se creía mejor que yo. Yo le rescaté y se burlaba de mí. Y me decía que estaba loca. Me provocaba.

Su pequeña boca salivaba al verme. Y sus dientes comenzaban a crecer de forma descomunal, deformaban su rostro gatuno, convirtiéndolo en una bestia negra.

— ¿Piensas que puedes devorarme? — reí fuertemente —, nunca podrías. Nunca. Nunca.

Y decidí adelantarme, tomándolo por sus patas delanteras y luchando con todas mis fuerzas. Mordió mi mejilla, arrancando un gran pedazo. Mi boca sabía a sangre. Decidí aplastar su pequeña cabeza con una fuerza descomunal que salió de pronto de mis brazos. Hizo un sonido crujiente. Por las orejas le habían salido pedazos de sesos, pero no parecía inconsciente.

Me aferré a su cuerpo y le solté una mordida en el estómago. Gruñó y seguí, y seguí, mordiendo y saboreando. Hasta que me llené, y aún ahí seguí. No me importó ensuciarme. Incluso devoré ese pelaje tan suave.

Me sentí satisfecha, pero, sobre todo, victoriosa. Acostada en el suelo, en la misma humedad de mi salvaje encuentro, escuché un sonido.

— Veo que has elegido.

Volteé abruptamente, asustada, congelada. Un gato negro me observaba con unos enormes ojos verdes. Ahogué un gritó, y miré los restos de lo que había sido la bestia. Ahí ya no había nada.

Regresé la mirada a ese gato negro que me miraba impaciente.

— ¿Qué eres? — dije para mí misma.

— Soy la muerte — me respondió el gato, lleno de seriedad.

— ¿Vienes a llevarme por lo que te hice? Estoy lista, yo ya no quiero estar aquí desde que llegué.

— Tú ya estás muerta desde que me encontraste. ¿No notaste que nadie más que yo te miraba en esa calle?

No lo recordaba, ¿en qué momento había sucedido?

— Tú lo hiciste — respondió.

— ¿Y por qué te quedaste? ¿Por qué me hiciste hacer esto? ¿Ahora qué sigue?

— Tú lo hiciste. Elegiste, tomaste decisiones. ¿Lo que sigue? Volverás a empezar.

Caminó con dirección a la puerta. Me levanté y lo seguí. Al salir la luz me cegó. Me dieron unas ganas inmensas de llorar. Comencé a olvidar todo, a sentirme de una forma muy extraña y a lo lejos escuché:

— A dado a luz a una hermosa niña.

Francia Coronel, mexicana nacida en Cuernavaca, Morelos, egresada de la Licenciatura en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Ha colaborado en diferentes antologías de cuentos con temas sobre la violencia de género. Actualmente se encuentra escribiendo su tesis sobre el papel de la mujer en la industria editorial.

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