Ana Laura Corga: Altagracia

El día que la conocí de cerca me vio de reojo, apenas y me dirigió la mirada, como si no le importara verme o no quisiera hacerlo, como si al hacerlo algo le doliera y evitarme la hiciera sentirse un poco ajena a mí; sentí que por alguna razón no quería aprenderse mi rostro.

― Isela, cámbiate y pásate por ahí, métete en el temazcal ―, me inquirió.

Voltee a ver a mi mamá con mis ojos vidriosos a punto del llanto, le pedí sollozando que no me dejara sola con esa señora, tenía pavor, las rodillas me empezaban a falsear; aunque ciertamente no sabía si estaba tiritando de la fiebre o del miedo que ella me infundía.

Mi mamá parecía completamente ajena a mi petición, creo que estaba más preocupada por mi salud que por mis súplicas en ese momento. Yo llevaba casi dos semanas con fiebre, desmayos, dolores de pecho, tos imparable; hasta ese momento ningún otro remedio había funcionado para sanarme, por lo que a regañadientes y como última opción, mi mamá decidió llevarme con esa señora.

Ella era conocida en el pueblo como la “nahuala”, una especie de demonia-bruja que por las noches se convertía en coyota y se metía en las casas de los hombres solteros y algunas veces de los hombres casados, ― al menos eso decían los chismes del pueblo ―.

Cuando éramos niños mis amigos y yo le temíamos muchísimo, corríamos a escondernos cada que la veíamos venir. Si la encontrábamos en el camino a la escuela entre la milpa o las yerbas, salíamos huyendo despavoridos entre gritos.

― ¡Ahí viene la nahuala, ahí viene la nahuala! ― se escuchaba a lo largo del cerro.

Ella no se inmutaba, ni siquiera nos volteaba a ver, seguía su camino sin detenerse siempre con un resabio de pesadumbre; a veces cargando cañas o trigo, a veces con sus burros acarreando agua, siempre sola, nunca se le acercaba nadie. Si se encontraba en el camino con las personas del pueblo, algunas apenas y le daban los buenos días, otras la volteaban a ver con un tono de molestia, como si su sola presencia fuera razón suficiente para hostigar el ambiente.

Después de las tareas escolares y del hogar, mis amigos y yo emprendíamos misión y la espiábamos a lo lejos, observándola por un largo tiempo esperanzados por presenciar su transformación, nunca lo logramos. Asumimos que era porque solo se transformaba ya muy entrada la noche según las habladas; como nosotros éramos niños, raramente nos dejaban andar por ahí a altas horas.

Ella era una mujer alta y delgada, con cabellera larga y negra azabache, oscura como la noche, casi siempre trenzada. Algunas veces pude ver que dejaba su cabello suelto, volar al ritmo de la milpa. Recuerdo muy bien que tenía una cara afilada, una piel oscura muy morena, unos ojos enormes como de lechuza; al verla de perfil, de su rostro destacaba su enorme nariz aguileña que culminaba con un gran lunar negro, del cual salían unos pelitos parados que parecía querían huir de ese rostro.

― Tu hija corre peligro, qué bueno que la trajiste conmigo ― escuché que le comentó a mi mamá entre gruñidos.

Pasé a cambiarme mientras ella preparaba el baño, escuché que balbuceaba para sí palabras ininteligibles, no era español ni mixteco ― que hablábamos en el pueblo―, era otro idioma.

Cuando parecía que había terminado de preparar el temazcal y con un gesto de profunda indiferencia, me empujó hacia esa cuevita oscura, salían humos de calores infernales, olía a yerbajos que no lograba percibir por separado completamente, recuerdo haber olido a tulsi, eucalipto, limón, romero, pero estoy segura de que había más cosas que no pude identificar, no era un olor desagradable pero nunca lo había percibido.

Al estar adentro, supe que no había de otra y que tenía qué aceptar mi destino en ese lugar. De un momento a otro, echó agua, apagó el fuego, el temazcal se inundó de humos oscuros y comenzó el ritual. Me golpeó con hojas olorosas mientras seguía orando en voz baja, enunciando palabras que no lograba entender, aunque parecía que suplicaba por algo ―ahora entiendo que era por mí―.

El lugar estaba muy oscuro y no podía verle el rostro, escuchaba su voz estremeciéndose en cada oración a punto del llanto, cada que ella enunciaba sonidos me daba más miedo, pero algo en mi cuerpo me paralizó, sentí claramente que desde adentro de mi ser algo estaba cambiando, sentí un respiro profundo que salía de mi cuerpo sin control, alejándose de mí mientras mi piel se iba sintiendo caliente y fría al mismo tiempo, escalofríos extraños que nunca he vuelto a percibir. Conforme iban pasando los rezos, algo pasaba con mi cuerpo, a cada golpecito de yerbas sentía un ardor, pero hubo algo que me acalló desde adentro porque no salía ningún sonido de mí.

Al final del ritual tomó mi cabeza con las dos manos y sopló sobre ella como si estuviera apagando una vela. En ese momento sentí un alivio, pero mi cuerpo seguía caliente por la temperatura del lugar. Terminó de rezar y me pidió que me quedara sentada unos minutos más, salió del lugar y me dejó sola.

No entendí qué estaba pasando, mi cuerpo se sentía extraño pero aliviado a la vez, la pesadez del cuerpo cortado se había ido y a pesar de estar dentro de ese lugar lleno de humo, empecé a respirar mejor; de un momento a otro me pasó una cobija para taparme y pidió que saliera.

La primera impresión de mi mamá al verme fue preguntarle si “eso” se me quitaría, ella le comentó que no, que había sido el costo de haberme salvado la vida. Yo no entendía qué era “eso”, pero suponía que algo en mí era diferente porque efectivamente así me sentía.

Nos despedimos sin mayor emoción, mi mamá le dio dinero y comentó que le llevaría la gallina, después la abrazó. Esta fue una escena muy rara porque nunca pensé que esa señora pudiera inspirar un abrazo. Ya que nos íbamos, por primera vez me volteó a ver y me tocó la cabeza diciendo:

― ¡Te llevas una parte de mí!

No quería ni voltear a verla, me moría de miedo, no quería ninguna parte de ella; mi mamá agarró, me subió al burro y emprendimos el camino a casa.

Durante el trayecto mi mamá con una voz dulce y sin mayor explicación me dijo que esa señora me había salvado la vida y que a cambio algo de mí iba a cambiar, no entendí nada, sólo asentí con la cabeza.

Pasaron los años y seguí viéndola a lo lejos con mis amigos, las cosas no cambiaron mucho en cómo la veía la gente, incluso mi mamá que en algún momento hasta la abrazó, seguía saludándola con un gesto de malestar.

A mí ya no me inspiraba el mismo miedo de antes, después de haber estado en su temazcal me sentí aliviada, mi salud mejoró de manera considerable, respiré mejor, no volví a desmayarme e inclusive ni me he enfermado en todo este tiempo.

En lo que refiere “a eso” que cambió en mí, todos notaron que algo era diferente, mis amigos comenzaron a hacer comentarios y bromear sobre mi apariencia. Noté que mi piel se veía distinta a la de mis hermanos, algunas secciones de ella estaban más oscuras, como si no me pertenecieran, eran muy morenas, como el tono de piel de ella.

Después de muchos años y hasta hace poco tiempo, fui comprendiendo lo que ella me dijo al final del ritual. Se quitó algo de ella, un pedazo y me lo pasó a mí para salvar mi vida. Destiñó un poco de su vida para darle color a la mía y con ello salvarme.

Ahora después de que me he ido del pueblo y que me he enterado de que un día desapareció sin mayor explicación, me pregunto si las cicatrices, sus arrugas y decoloraciones en la piel, fueron resultado de ayudar a tantas personas.

¿Cuántas vidas habrá salvado la nahuala para verse así? ¿Cuántas personas malagradecidas seremos representación de su vida?

Ana Laura Corga. Ciudadana tlalpense, feminista, apasionada de los gobiernos locales, las letras, la ciencia ficción, el terror, el café, la cerveza, el fútbol, el box y los perritos. Escribo porque sí, porque en este espacio me encuentro y las encuentro. De a cachos y completa, lo que hago, percibo y quién soy.

Co-coordinadora Especulativa

Twitter: @analau_corga

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