Anaïs Ornelas Ramirez: De hierro fundido

2024

– ¡No comas eso!– Tengo medio diente hincado en un pedazo de concha que encontré en la mesa– Ahí hay chía– dice mi mamá, señalando un amasijo amorfo de semillas que flotan en un líquido blancuzco. 

Mi mamá siempre pone el mango del sartén justo enfrente de ella cuando cocina, como si quisiera clavárselo. Me irrita porque sé que si la relevo voy a acabar pegándome con él. 

Cuando va al baño, me acerco y desplazo el mango a la derecha, solo para ver si ella se adapta o no a un nuevo orden. Me causa vértigo la negrura del sartén, pero no quiero mencionarlo, no ocupo en este momento otra cátedra sobre las propiedades del hierro fundido y su capacidad para transferir los nutrientes que, según ella, tanto necesito. 

Intento ver el mundo con los lentes de mi mamá, imagino que cuando enfoca un alimento le aparece una lista de lo que lo compone, como en un videojuego.

Concha:

Especie – pan dulce

Afecto – felicidad

Componentes – carbohidratos vacíos, azúcares procesados

Balance – peligro, alejarse

Pudín de chía:

Especie – desayuno

Afecto – neutro

Componentes – proteínas, fibras, vitaminas

Balance – positivo

Hija:

Especie – extensión de mi

Afecto – tesoro más preciado

Componentes – demasiados

Balance – peligro desconocido

Pienso en lo cansado de vivir siempre en alerta, de siempre estar desentrañando estos elementos en todo alimento. Trato de convencerme de que mi madre, al alejarme del esponjoso mordisco que iba a dar, está buscando protegernos. 

***

2104

Anoche, cuando se cayó el sartén de la pared, mi mamá y yo despertamos en simultáneo, como de una pesadilla compartida, y la sensación de algo violento no se disipó cuando vimos que simplemente el sostén había cedido por el uso del gancho que lo sostenía. 

– Pan para el susto. Así decía tu bisabuela, aunque nunca la vi comer pan, ni siquiera antes del fodjan.

– ¿A qué sabía el pan? 

Mi madre apenas habría alcanzado a probar el pan un par de veces antes de que el fodjan se convirtiera en el único alimento autorizado. 

– A culpa, hija, sabía a culpa.


Mi mamá saca una única barra y la compartimos en silencio. El sartén de hierro fundido desentona con nuestras paredes holo, que ahora están programadas para mostrar un bosque tenuemente iluminado por la luna, pero lo conservamos porque mamá piensa que podría sacarnos de un apuro algún día, un sartén original de la inventora del fodjan.

***

2204

Cuando invadieron el barrio, salimos corriendo con las manos vacías. O casi, porque mi mamá se empeñó en llevar el sartén de la abuela.

–Esto se usaba para cocinar– me dijo en el camino a Arcadia, aunque en ese momento no sabíamos a dónde llevaría el camino.

 – ¿Y tú sabes?– la vi depositarlo en un fuego improvisado con escepticismo.

Ella de soslayo le echó una ojeada a mi hermanita, tratando de sonar convencida.

– Claro, es como magia, pones cosas que encuentras en la tierra y en los árboles y las convierte en nutrientes.

– ¿Cómo las máquinas que hacen el fodjan?–

– Sí, pero mejor porque podemos ir haciendo comida en donde estemos–

Esa noche no cenamos, las nueces que mi mamá le echó al hierro fundido eran imposibles de masticar y había que racionar las barras que nos quedaban. A mi mamá le tomó días aprender a usar el sartén e incluso cuando entendimos qué cosas respondían a la alquimia del fuego y cuáles no, el peso del arcaico objeto habría bastado para hacernos oscilar entre querer dejarlo y continuar turnándonoslo, si no fuera por los otros, claro. Siempre que mi hermana preguntaba por qué no abandonarlo, mi madre y yo nos mirábamos de soslayo de nuevo, inventando cada una nombres de platillos fantasiosos que cocinaríamos con él, sin nunca mencionar que no podíamos dejarlo, que la solidez de su mango podía muy rápido convertirse en nuestra última línea de defensa. 

Llegamos a Arcadia famélicas y nos abandonamos al sueño. De éste sólo recuerdo despertar para comprobar que mi madre y mi hermana respiraban aún, hasta que una tarde mi hermana no estaba en su cama. Me levanté en pánico y por reflejo busqué el mango en la penumbra. Mi madre roncaba muy bajito, casi un ronroneo. Salí al pasillo y varias me sonrieron sin hablarme. Una niña señaló hacia los fogones comunes, donde se vislumbraba el halo de rizos de mi hermana. A su lado, había una señora tan vieja que de su sonrisa se habían escapado ya todos los dientes. Tenía agarrado el mango de nuestra sartén en la cual había depositado trozos coloridos de origen desconocido. Sus dedos arrugados me recordaban a los inclementes cerros que habíamos recorrido para llegar. Muy despacio, tomó la mano de mi hermanita y la colocó alrededor del mango, con una sonrisa fuera del tiempo.

Anaïs Ornelas Ramirez creció en la monstruosa Ciudad de México. Es maestra en Estudios Fílmicos por Cambridge University. Actualmente está por terminar una tesis de doctorado sobre los roles de género y la afectividad en las narcotelenovelas de Colombia y México en la Sorbona. Sus historias favoritas son las historias de amigas y se muere si un día resulta que Elena Ferrante es tres hombres escondidos en una gabardina. Es feminista, fan de Octavia Butler y Margaret Atwood y de todos los gatos del mundo. En sus ratos perdidos escribe cuentos especulativos sobre desamor.

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