María Graciela Etchevarne: Atrapasueños

Ni bien asoma el sol comienza a bailar. Dentro de un círculo de piedras acomoda la osamenta de un lobo, su animal de poder frente a cualquier maleficio. Sacude un racimo de huesos de serpientes mientras sus manos trazan contornos de luz. Enciende la pipa tallada por algún antepasado y de una bocanada la ceremonia se perfuma a tabaco. En el centro de la choza, junto al crepitar de unos troncos azules, la maga urde telarañas y protege las noches de los mortales. 

Da saltos imperceptibles al son de su canto. Un enjambre de huesos mínimos traspasados por plumas y hojas cuelgan de su pecho y saltan más que ella. Asoma la cara detrás de hilachas plateadas como hebras de paja. Donde no la cubre la túnica se encienden infinidad de tatuajes. Son huellas de hechizos que brillan entre los surcos de la piel. Cada mañana reconoce que el lomo agreste del monte la ha zamarreado, resquebrajado y descoyuntado a su antojo.

Piensa en los primeros habitantes mientras sus dedos como garfios trenzan al cobijo heredado de los ancestros. Desde que los dioses la señalaron encantadora de sueños, no hizo más que columpiar con su trama visiones del futuro. Nunca cuestionó, ni se cansó.  Hasta que se cansó y cuestionó. De buenas a primeras cayó en la cuenta: la gente se había desparramado por las cuatro esquinas del mundo como agua de un cántaro roto. 

Murmuró una melodía a los vientos. Quiso que la trama llegara a todos los rincones del descanso ajeno y cantó hasta escurrirse por las hebras de su red. 

Los niños despertaban, cada vez más seguido, al sobresalto de visiones que tienen los que han vivido largo. Los habitantes del mundo no sabían qué hacer cuando los malos sueños se multiplicaron como la lluvia en verano. Recorrieron caminos, algunos escondidos en lo intrincado, otros abiertos como brotes debajo de gotas de rocío. Navegaron. Treparon. Cruzaron por las cuatro esquinas del mundo siguiendo diferentes cantos: ninguno de la atrapasueños. Exorcizaron espíritus del monte. Convocaron a las ánimas. Incensaron los caminos y poblaron los cielos y la cáscara de la tierra con ruegos de sol, noche, viento y lluvia.

Cansadas de la espera, las mujeres en los poblados, dejaron de esperar. Con tendones de los árboles fabricaron aros. Les entrelazaron hojas, plumas, cantos rodados del arroyo y astillas de madera sobadas por el rumor del agua. Y colgaron los amuletos antes de salir la luna. 

Las mujeres araña velaban la humedad de la noche en medio de los últimos llamados de los búhos. El resplandor de los sueños se detuvo sobre los catres ingenuos. La sangre de la guerra y el olor a masacre se atascaron en las piedras. Las maderas filtraron los rugidos de pumas que cayeron al suelo. La luz de la luna desfiló por los resquicios de la red y dibujó canoas que, impulsadas por una brisa de miel, bailaban sobre los durmientes. 

Ciertas noches, en las que el sabor húmedo del aire se enreda entre los árboles, se puede oír un murmullo. Pasa por los atrapasueños y se transforma en círculos de plata que relucen en medio del monte. 

María Graciela Etchevarne. Soy Profesora en lengua y literatura inglesa. Especialista de nivel superior en educación y TIC.
Publiqué en las antologías:
Plumas al viento. Brevedades escritas desde la Patagonia, Neuquén, Argentina.
77 Brujas, Luján, Argentina.
Gernika, Bilbao. España
Guerra y Paz, Letralia, Venezuela.
Metamorfosis, Revista Especulativas, México.
1° Antología de cuentos, Kamikaze Libros, Córdoba, Argentina.
Y en revistas de Argentina, Uruguay, Colombia, México y Venezuela.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s