Anali Lagunas: Graniceras

Subimos a las faldas de la volcana, enfiladas y en silencio. La alegría no cabía en las mochilas que nos servían para cargar los platos, los vasos, las cucharas que usábamos para servir el mole. Subimos con el corazón latiéndonos en los oídos, con la respiración sonando en el pecho igual que el sonido del caracol conchero. La muerte nos seguía los pasos y era necesario posar los pies en el santuario antes que ella. 

Las manos de mi madre y mi abuela me acunaron con la misma ternura con la que cuidaron de mi cuerpo recién nacido que ahora, muchos años después, era un cuerpo oscilando con celeridad entre el mundo de los vivos y los muertos. Por eso la prisa, porque la muerte tenía mi nombre grabado en su frente. Yo no sabía, yo creía que me moría, pero mi abuela entendía que aquello era señal de un nuevo ciclo, del paso del tiempo, del legado. 

Las faldas de la volcana se abrían a nuestro paso, recibiendo con ternura la ofrenda que era mi sangre, mi cuerpo tatemado por el fulgor del rayo. 

Apenas las mujeres pusieron un pie en Alcalican, el silencio de la muerte se convirtió en viento, que levantó las faldas y los cabellos de todas y silbó con fuerza a lo largo de la montaña.

Está aquí —pude escuchar que dijo alguna.

El ruido de cacerolas y cucharas acompañó el canto grave que de mi abuela nacía. Más como un lamento gutural que una canción, sabía que aquella era la forma de llamar al espíritu, que pronto vendría a mi encuentro para mirar en el fondo de mi corazón de niña dócil, para infundirme el aliento de bravura que necesita una granicera. 

Lo sabía, pero también me moría. 

Ni las gárgaras de aguardiente que me escupían las otras mujeres podían con el dolor que provoca el rezumo. Nada me había preparado para el toque del rayo, ni las historias que contaba la abuela junto al fogón, ni los consejos que mi madre compartió conmigo apenas empezó el temporal.

No aprietes los dientes hija —me dijo una tarde de lluvia—. Cuando te toca el rezumo solo queda respirar en calmita pensando en cosas bonitas, pensando en las flores que crecen junto al río.

El rezumo es un momento nada más, el instante que la eternidad nos regala como despedida; nos despedimos del dolor, del miedo, de la incertidumbre. 

Yo, en el centro del ritual, colocada sobre una cama de jarillas. Mi cuerpo rezumante. Mi cuerpo en transformación, adquiriendo la naturaleza del relámpago, abriéndose al leguaje del tiempo, del granizo; bebiendo del río que le escurre de entre las piernas a la volcana.

Sé como el oyamel —me dijo un día la abuela—. Que tu madera no pierda nunca la suavidad y la ligereza necesarias para cobijar a tantas otras especies. 

La sonajera de niebla se agitó en un espasmo final: la ofrenda había sido bien recibida. El rezumo había terminado y el nombre de este cuerpo, que alguna vez fue mío, se inscribió con lluvia y sangre en los muros de Alcalican, templo de la lluvia, del agua que fluye. 

—A partir de ahora —dijo la abuela con el rostro cubierto de lodo y ceniza—, usarás tu regalo para el bien común, pondrás tu don al servicio de la siembra, del campo y entenderás tu naturaleza con agrado y respeto, eres una granicera y a ti el secreto de la lluvia ya te fue revelado. 

Anali Laguna. Soy una escritora apasionada por el terror, lo sobrenatural y lo especulativo. Mi trabajo literario ha merecido distintos premios, becas y menciones en los estados de Guerrero y Morelos. Antes que escritora, me siento una gran lectora: de las que rastrean, siguen pistas y dibujan mapas de lecturas.

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