Cristina Perbian: Yemayá

¡Yemayá! Eres hija de Yemayá. Un hombre al que llamaban el padrino me colgó un collar de cuentas blancas y azules, mientras me decía quién era mi madre. Y yo sólo miraba a mi madre, la que conocía, sentada en una silla en el rincón de ese lugar que olía a coco viejo y a algo que había olido antes, pero no recordaba a qué. La mirada de mi madre era creyente. En sus pupilas se reflejaba el asombro de ver caer cáscaras de coco en el piso, con símbolos tallados que aseguraban decir la verdad. Sus ojitos aceitunas no esperaban otra cosa que la certeza. Yo esperaba que ella me mirara. Mis ojos estupefactos creían haber escuchado lo que mis oídos no querían, la verdad y nada más que la verdad. Ese hombre te echó tierra de panteón mi´ja, si no te limpiamos te nos vas a quebrar. La verdad salió de la boca del padrino, la verdad llegó a los ojos de mi madre y ahora la verdad de mi madre Yemayá colgaba en mi cuello adornado. Mi verdad no encontraba oídos.

Salimos de la casa del padrino. Mi tía, hermana de mi madre, quien nos llevó a ese lugar, esperaba afuera. 

Se me va a morir mi hija

manita,

por culpa de ese cabrón.

Entre sollozos y desesperación, mi madre le explicaba todos los pormenores de la consulta al padrino de mi tía. Le decían así porque era el guía espiritual de su grupo. El cuello de mi tía estaba repleto de collares como si fueran insignias; me hacía pensar que tenía muchísimas madres, o padres, tal vez. Una religión, un culto. Todo lo que nos contaba describía una especie de consanguinidad entre los adoradores y unos dioses de nombres extraños. Como si una llegara huérfana, quizá ese era el sentimiento que me cargaba y no precisamente de la orfandad de madre ni padre, mi alma andaba suelta, perdida, buscando quién me cobijara del desconsuelo; para ser adoptada por una diosa protectora y por un padrino quien aseguraba limpiarme de todo mal. Entonces, mi madre le dió un papel. Aquí está lo que se necesita para la limpia. Mi tía asintió. Con esto verás que te sientes mejor, se te va a quitar lo pálida, mi´ja. A ese cabrón verás cómo nos lo chingamos. 

No debía quitarme el collar que me hacía digna de ser hija de Yemayá. Tenía quince años y dos madres. Desconfiaba de lo que me había prometido el padrino, no era el primer hombre que me hacía promesas, y si fallaba, tampoco sería el primero en romperlas. Así que preferí confiar en los poderes protectores de dos madres. Mi madre, que desesperadamente buscaba la cura para que yo tuviera mejor color. Mi otra madre, Yemayá, a quién no conocía pero su peso en mi cuello era suficiente para recordarme que había una mujer más grande que yo que pudiera defenderme. Investigué sobre ella en internet y encontré lo mismo que nos había dicho mi tía. Yemayá es una diosa orisha, una diosa del mar que protege, que nos mantiene con vida. Ambas querían protegerme de la muerte, aunque no entendía muy bien por qué un hombre me debía limpiar. Realmente no creía que el mal estuviera en mí, lo conocía y tenía nombre, pero no el mío. Esto le daba la razón a ese hombre del mal cuando me decía que yo tenía la culpa. Echarme tierra de panteón era lo menos malvado que pudo haberme hecho. Pero mi familia y el padrino pensaban que sí, tal vez suponían que los cambios de color en mi cara eran síntoma de una simple hechicería. El mal a veces me dejaba con manchitas moradas en los labios y otras tantas azulitas alrededor de los ojos. Una vez me ensució todita.

Después de unos días, mi tía llamó para avisarnos que el ritual de limpia se llevaría a cabo esa misma noche, que había conseguido todo lo necesario y que le había costado casi cuatro mil pesos. Vi la cara sorprendida de mi madre, un poco más por el dinero que tenía que desembolsar que por el aviso nada anticipado. Y todavía tenemos que pagar el trabajo del padrino. No imaginaba que la justicia de los dioses era igual de cara que la justicia de los hombres y ninguna culpaba a quien se debía culpar. Nos preparamos, tenía que llevar ropa que pudiera ensuciar. Me parecía muy extraño si a eso llamaban ritual de limpia. Llegamos a media noche; mi tía y mi madre me llevaron al mismo patio donde aventaban las cáscaras de coco, me dijeron que esperara la indicaciones del padrino mientras ellas acarreaban las cosas que les había pedido. Empezaron a meter pequeñas jaulas con aves. Un par de palomas, una negra y otra blanca. Un par de grisáceos y regordetes pajarillos. Una gallina roja. Un gallo negro. Ramilletes de hierbas. Un traje blanco. Una tina con agua. Botellas con líquidos extraños. Ya está todo padrino, en nombre de mi madre Yemayá, se la encargamos. Mi mamá me miró a los ojos, sin decir nada, me decía mucho. Te esperamos afuera hija, verás que con esto, borrón y cuenta nueva. 

Una mujer, ella es la madrina, esposa del padrino, se unió a la limpia de esa noche. Me dijo que pasara lo que pasara yo estaría bien. El padrino me pidió que me colocara en el centro del patio y cerrara los ojos. Enunciaron palabras que no entendía. Las únicas que distinguía eran Yemayá y mi nombre. Empezaron a gritar, una rara mezcla de reclamos y alabanzas. Tenía frío y miedo. Sus voces se revolvían con las exclamaciones de las aves, me revoloteaban en los oídos. Yo también quería gritar. Sentía cómo me aventaban los líquidos extraños de las botellas. Como cuando ese hombre me aventó una botella de cerveza porque no quise quedarme más tiempo con él. Estaba empapada. Te pedimos madre Yemayá, la sanación de tu hija, protégela del mal que le ha echado ese hombre. Los ramilletes inundaron el lugar de aromas. Olía a romero, ruda tal vez. Los sacudieron encima de mí, el ritmo de sus oraciones aumentaba y con ello la intensidad de los ramilletes sobre mi piel. Dolía. Como aquella vez que me restregó en la cara el regalo que le había hecho, destrozándolo. Voces pidiéndole a Yemayá que yo siguiera con vida. Gritaban y oraban. Me tocaban la frente, la espalda, los brazos, todito el cuerpo, yo no quería. Yo no quería, le dije esa noche. Todo me empezó a doler, otra vez. Entonces, los ramilletes dejaron de ser hierba y sonaron sobre mi cuerpo con voz de pajarito adolorido. Abrí poquito mis párpados. Los cerré fulminantemente, como esa noche. El miedo me dejó paralizada. Las pobres aves eran vapuleadas contra mí. Nos dolía. 

De pronto hubo un silencio. De fondo los gorjeos de las aves lastimadas. Un temblor me recorría. Un golpe que se llevó mi ropa. Sentía como la rasgaban y poco a poco me quedaba desnuda. Con los ojos cerrados, el ritual me devolvía a una noche del pasado. Desnuda y temblorosa. Me pusieron de rodillas y volvieron a gritar en su lengua insólita. El trino de las aves regresaba a mi cuerpo con más tormento. Sobre mi cabeza se escuchaba la resistencia de una de ellas, sujetándola. Esa noche yo también quería volar, huir. Otro silencio. Un crujido. De mi cabello escurría su sangre caliente. Sabía que ese olor ya lo había olido antes. La sangre disparada de un cuerpo en tremenda quietud. ¿Qué culpa tenían esas pequeñas aves?, ¿qué culpa tenía yo? No me quedaba mucha fuerza. El canto estremecedor que ahí se había conjurado se llevaba otra parte de mí. Me metieron a la tina para quitarme la ensangrentada. Abrí los ojos. La madrina me secaba con cierta ternura. Mi´ja, ya estás limpia. El mal que te haya hecho ese hombre se le regresará peor. Me vistió con un traje blanco y puso en mi cabeza una gorra. El padrino me tomó de los hombros y mirándome decía, con la bendición de mi madre, tu madre Yemayá, estás limpia, estás con vida. Nadie más te hará daño. Otra promesa rota. Otro hombre que pensaba que hacerme sentir miedo y dolor estaba bien. Su ritual inaudito me consagraba con vida. Una vida que ya conservaba después de haber resistido tanta maldad. El odio de un hombre malo en nombre del amor. Al salir, mi madre preguntó si me sentía bien y qué era lo que me había sucedido. Me tomó de las manos, me acurrucó en su pecho. Un ritual más parecido a lo que recordaba que hacía un madre en nombre del amor. El gorgorito de una avecilla con las alas rotas. Mamita, por aquí hubiéramos empezado. Estás aquí, conmigo. 

Nací en la Ciudad de México. Soy parte de la primera generación de la Escuela Feminista Comunitaria de Creación Literaria de Ingrávida. Soy madre, feminista, pedagoga, escritora. He publicado un texto breve en Enpoli y colaboro con Tallercitas Feministas por el gusto de estar en relación. Recientemente gané el premio nacional para Mujeres Cuentistas de Ciencia Ficción de Imaginarias Premio.

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