Ross Sotomayor: El vuelo

Julio César, gracias por tus obsesiones…

La noche del treinta de octubre, de esas rarezas de calendario que representan para muchas culturas rituales anules y la insistencia tonta por usar esos calcetines holgados, extraños y desgastados, como si fueran un par de costales que guardaban algo sucio en su interior, escondiendo tus pies, hizo que todas mis obsesiones comenzarán aquí. 

Recuerdo que hacía calor en la alcoba pero tú insistías en cubrir tus pies de mis inquisitivas miradas, mientras los acomodabas diciendo que el piso era frío. Te recuerdo hablándome con tono extraño: «el frío y la muerte llegaban por los pies», y yo reaccionaba haciendo una mueca de indiferencia. 

Esa noche, llegaste a la cama con esos adefesios puestos y caminaste impaciente alrededor mío, murmurando algo raro entre dientes. Con la costumbre de los días logré comprender que era como tu ritual nocturno: entrar en la habitación, mirar la ventana, sentir mi presencia, caminar alrededor, observarte en el espejo, ponerte ese raro ungüento en tus brazos y mirarme de reojo. 

A decir verdad yo siempre fui algo obstinado hacia los libros, de hecho tú sabías de esa tonta rutina mía al llegar a la cama, que como tú, la ejecutaba cada noche para liberarme de mis temores: entraba, me despojaba de la ropa de oficina, semidesnudo me echaba en la cama y tomaba uno de los libros junto a la cómoda. Me sentí siempre ofuscado hacia los rituales y las brujerías. Había leído a El abogado de las brujas de Gustav Heningseng y Las brujas y su mundo de Julio Caro Baroja, me atraía al famoso Martillo de las brujas, y otros tantos libros que formaban parte de mis obsesiones nocturnas. 

Después de todos esos actos cotidianos de ambos, me sumergía en la lectura. Eso provocaba, que por fuerza de la costumbre, noche a noche no pusiera mucha atención a tu extraña ceremonia. Sin embargo, esa noche sucedió otra cosa. 

Actuabas como si estuviera ausente y te noté con cierta inquietud. Seguías la misma rutina pero incorporabas cierta obsesión hacia la ventana: entrar en la habitación, mirarla, sentir mi presencia, dirigirte hacia la ventana, caminar alrededor, volver a mirar, observarte en el espejo, la ventana otra vez, ponerte ese raro ungüento, nuevamente, ver de reojo hacia ella, levantarte de la cama e ir a la ella. 

… 

No me pareció de tanto extraño, y me sumergí más en mi lectura. Leía algo sobre algunos ritos singulares que durante el medioevo se creyó que practicaron algunas personas, en ese instante comencé a sentir un letargo muy singular. Dejé el libro al lado y me dispuse a dormir plácidamente cuando te vi, al entrecerrar mis ojos, mirar por la pequeña ventana hacia la noche, de allí no supe más. 

Al día siguiente, la mañana del 31 de octubre, no recordaba mucho. Me dispuse a levantarme de cama y hacer lo de todos los días, procuraba siempre las mismas horas para las mismas cosas; como tú procuraba la exactitud.

El libro que leía la noche anterior, reposaba sobre el buró junto a la cama, entre cerrado con una pluma de un ave negra que la hacía de guarda hojas. Este pequeño artefacto había sido regalo de mi abuela, a quien le guardaba un profundo respeto, pues ella había alimentado esta ansia hacia lo extraño toda mi vida. 

Esa pluma de ave negra, tenía un efecto mágico y extraño en mí, lograba que aquello que leía, adquiriera significado más allá de la hoja, pues lo no conocido, cual epígrafe, se revelaba. 

Tal cual permanecía esta pluma, desde que la abuela la había sacado de ese ropero viejo que guardaba algo más que simples prendas. Un negro azulado como el de los cuervos, pero más grande que una pluma del ala de un águila y algo como un polvo seco en su interior. 

La parte del libro que leía me hizo volver de mis cavilaciones y recuerdos. Miré al lado de la cama y allí estabas entre las sábanas, de lado hacia la ventana. Busqué el instante perfecto para hacerte volver a la realidad, pero al disponerme a hacerlo, entre tu cuerpo y el colchón, vi una pluma exactamente igual a la que yo tenía en el libro. 

Mi cabeza dio mil vueltas antes de poder moverme nuevamente y, cual reflejo, quise tomarla y acercarla a mi cara para examinarla mejor. Lentamente mi mano la tomó y allí pude comprobar que el color, la forma, la textura e incluso el tamaño, eran similares. Las acerqué y las comparé, no había duda, eran el mismo ejemplar. 

Mientras hacía este minucioso examen, advertí que te movías para acomodarte en la cama, nunca dejando de inclinarte hacia la ventana. Temí que despertases y me vieras con mis locas obsesiones. 

Estirabas tus piernas delgadas y blancuscas, y se asomó tu pie cubierto de ese costal raro que usabas y lo odie más que antes. 

Me incorporé y te deje allí, mientras que en una mano llevaba esa extraña nueva pluma, en la otra mi viejo libro con ese otro separador. 

Durante todo el día examiné y observé este nuevo ejemplar, tratando de encontrar alguna, por mínima que fuera, diferencia. Por el momento, no pensaba en cómo había llegado a un lado tuyo, más bien, insistía en que había encontrado algo para mí. 

Regresé a casa de noche, con la cabeza sumida en ideas vagas sobre la pluma. Entré a la habitación y allí estabas, sólo nos hablamos con las miradas, pues sabíamos ese lenguaje sin palabras de los amantes que el tiempo vuelve ajenos. 

Miré tus pies que se movían impacientes entre esos calcetines sucios otra vez. Me deshice de la ropa. Puse el libro en la mesa de noche junto a las dos plumas y me recosté a tu lado. Traté de rodearte con mis brazos cuando te incorporaste de un salto y corriste a la ventana abriéndola. Una ráfaga entró e hizo volar las dos plumas y pasar intempestivamente las hojas de mi libro. 

Poco me ocupaba el libro, pues veía caer esas delgadas y hechizantes plumas negras. El viento las hacía volar y revolotear en la alcoba hasta que cayeron al piso. Me dispuse a levantarlas, cuando noté tu horrorizado rostro mirándome. Alargue la mano debajo de la cama y sentí una especie de frasco. 

Me asomé debajo y lo advertí, había algo oscuro y viscoso dentro, al mismo tiempo que un mareo me hacía querer volver a recostarme en la cama. Sentía ese líquido espeso en mis dedos, pues había logrado tocarlo. La cabeza me daba vueltas, mientras veía tiradas esas extrañas plumas negras en el piso. 

Me volví a mirarte y tus ojos se tornaron oscuros completamente. Todo me parecía un extraño sueño envuelto en humo. Vi acercar tus manos a tus pies y quitarte esos pequeños costales que tenías atados en cada uno, y me pareció que aparecían unas garras de un ave extraña, en lugar de ellos. 

El viento entraba insolente dentro de la habitación y hacía revolotear las cortinas. Reconocía la sombra, una sombra que no eras tú. Las cortinas se interponían no dejándome distinguir. Tus brazos se alargaron y de tus dedos salían plumas negras que llegaban a tu torso que era el de un humano. Tu cara se alargó y se revistió de pequeñas plumas negras dejándome notar que tu boca era el pico de un ave. 

Intenté hablar pero no lograba pronunciar algo, mientras distinguí que te incorporaste y sacudías el cuerpo como un ave, y entonces comprendí: un graznido salió de tu garganta; mitad ave, mitad humano. 

Tus obsesivas miradas a la ventana como pájaro enjaulado, tus pies siempre escondiendo las pequeñas garras, el color amarillento y excesivamente blanco de tu piel. Te acercabas… 

La extraña historia que leía la noche anterior emergió ante mí. Durante el medioevo, se creyó que muchas personas durante ciertas noches, al final del mes de octubre, se quitaban los pies, los cuales siempre debían estar ocultos de las miradas, y se transformaban en aves nocturnas. Los familiares de dichos seres, caían en letargos indescriptibles durante esas metamorfosis. Se creía que cuando esas aves eran descubiertas debían desaparecer al testigo llevándolo a una muerte segura en las alturas de alguna montaña…

María del Rosario Sotomayor Vázquez soy docente por vocación, escritora por afición. Tengo varias publicaciones en revistas de ciencia ficción y terror como Fantastique, Penumbria, Anapoyesis, Katabasis, Fobica Fest y Espculativas. Soy investigadora del AGN desde el 2004 en el ramo Inquisición novohispana, en Brujería, hechicería y pactos con el demonio.

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