Mayra Escamilla: Escisión

Las náuseas matutinas habían empezado algunas semanas antes de mi siguiente cumpleaños y se intensificaron paulatinamente. Despertaba con un sabor agrio en la boca, me incorporaba y de inmediato venía ese conato de vómito que me arqueaba el cuerpo hacia el frente. Algo no andaba bien. Esa náusea incómoda era mi compañera invariable en la soledad instalada en mi vida en aquellos días. 

Dicen que una llega a acostumbrarse a todo pero yo no pude con mi mal de cada día así que fui al médico. Lo primero que descartó fue un embarazo. ¿Cómo le explicaba que llevaba años sin sexo ni conmigo misma? ¿Cómo le explicaba que mi apatía se había llevado incluso esa parte del disfrute de la vida?

—Lo que usted tiene es deficiencia vitamínica. ¿Come bien? ¿Come a sus horas? He ahí el problema —dijo el doctor con contundencia sin esperar mis respuestas. —Vaya a la farmacia y compre estos suplementos alimenticios: vitaminas por la mañana, omegas por la tarde y ácido fólico por la noche y verá que en unos días se siente mejor. El tratamiento es por tres meses, sea constante.

Nada mejoró. Seguí con esas náuseas que hacían de mi cuerpo una especie de curvatura incontrolable que me oprimía el abdomen con fuerza. Hasta que un día ese esfuerzo me superó en abundante vómito. Sentí un líquido tibio y amargo pasar por mi esófago y luego una especie de bulto se abrió paso. Unas lágrimas gruesas y pesadas salieron de mis ojos al instante. En la alfombra de mi habitación quedó un charco verdoso con aquel ovillo al centro, de tonalidad un tanto más oscura.

Mi dedo índice advirtió una inexorable necesidad de tocar aquello. Al primer contacto, el bulto empezó a desenroscarse con la lentitud de un ser recién nacido. Entonces vislumbré lo que eran unos brazos y luego, lo que eran unas piernas. El cabello pegado a la frágil nuca por la viscosidad de aquel líquido empezó a tomar forma después. Cuando por fin ese amasijo terminó de concretarse, vi que era un cuerpecito de mujer que lentamente se iba desperezando hasta ponerse de pie. Medía unos diez centímetros. En cuanto tuvo conciencia de sí misma, se dirigió al baño y con destreza trepó al lavabo. Abrió la llave y se duchó eliminando todo residuo que le cubría la piel. No hubo necesidad de palabras ni entonces ni después. La pequeña mujer se instaló en mi departamento y parecía conocerlo a la perfección. 

Los días subsecuentes noté que las náuseas se habían ido y una incipiente debilidad muscular tomaba de a poco su lugar. Me dediqué a hacer mi vida como hasta antes de la llegada de mi singular inquilina. Sin embargo, ya no tomaba ni las vitaminas, ni los omegas, ni el ácido fólico. Nunca creí que me hubiesen servido para nada. Ella, por su parte, se la pasaba tomando el sol desde el alféizar de la ventana. A veces, se ponía a leer los libros que yo había dejado a medias y en otras ocasiones la encontraba tomando siestas vespertinas. En algún momento la sorprendí masturbándose y gimiendo con un volumen que, de haber sido ella de mayores dimensiones, hubiese escandalizado a mis sensibles vecinas. 

Fue en uno de sus descansos cuando noté que ella había crecido algunos centímetros, quizá cinco. Noté también que su rostro se iba pareciendo más y más al mío. Pude percatarme además de que su piel estaba adquiriendo una lozanía que jamás imaginé ver en alguien. Yo, en cambio, me sentía cansada, mis manos estaban resecas y no atendían a las plastas de crema que ponía sobre ellas cada noche antes de dormir. Mis dientes se hicieron transparentes de los bordes inferiores y tuve la impresión de que en poco tiempo empezarían a desaparecer. Mi cabello se caía por madejas al pasar el cepillo y mis uñas dejaron de crecer. Mis movimientos se alentaban cada día y los de ella eran más ágiles. Una transición misteriosa había empezado.

***

Han pasado algunos meses desde que mi peculiar doble llegó. Hoy ya no he podido levantarme de la cama y ella ya mide un metro y cincuenta y siete centímetros. Vino a verme a la habitación y me habló. Dijo que era tiempo de la siguiente etapa, que ella era lo que vendría y yo, lo que había sido. Me dijo que ella era la oportunidad y sonrió. Más tarde la escuché cantar en la regadera y supe que se preparaba para salir por primera vez.

Mayra Escamilla. Egresada de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Docente de profesión y entusiasta del cuento. Coleccionista de anécdotas, enamoradiza de la vida.

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