Fernanda Andablo: Mientras caminaba

Estaba parada frente a aquella casa; el viento soplaba contra mi cara y sentía cómo mis pómulos, mi nariz y mis labios comenzaban a helarse. No sentía el resto del cuerpo. Tampoco quería llegar a casa. En realidad, me sentía bien ahí, aunque estuviera sola. Puse mis manos en mi rostro pero el frío no se iba. Seguía observando la casa de mi amiga desde el otro extremo. Alguna vez la había visitado; estoy segura, pero no recordaba mucho. Recordaba a su mamá. A mí se me había hecho muy agradable, pero mi mamá decía que debía tener cuidado con ella. Me quedé mirando fijamente la ventana. ¿En qué momento apagarían la luz y se irían a dormir?

Me parecía increíble poder observarlas desde aquí: el llano que nos separaba era grande y tenía mucho pasto sin cortar. Verlas era como poder recordar aquella tarde que pasamos juntas. O más bien, era como si pudiera ver lo que estaba pasando. Como aquella vez, estaban cenando algo que habían comprado en la tienda más cercana, casi cruzando la esquina, que estaban tranquilas. Sentía que mientras las observara estarían seguras. Era de noche. Pronto se irían a dormir.

Cuando apagaron la luz, ya no sentía mis mejillas ni mi nariz. O más bien, debería decir que las sentía demasiado. Estaban heladas. Pero yo no tenía frío. Seguía ahí, fija, mirando. Sabía que tenía que volver a casa, aunque me daba miedo volver. Pero cada segundo que pasaba se hacía más tarde. Tenía que regresar, pero en casa no me esperaba nada bueno. Mis ojos seguían fijos en la luz de la ventana. Por fin, apagaron la luz. Se habían ido a dormir.

Comencé a caminar. La carretera seguía vacía. Ni un carro se había atravesado. —¡Qué bueno!pensé. La oscuridad ya reinaba y sólo alumbraban los postes de luz. Tenía miedo de que algún carro pasara a mi lado. Tenía miedo por todo lo que pasaba. Tenía miedo porque me podían arrollar. Tenía miedo porque la banqueta era muy delgada. Pero tenía que seguir caminando.

Mientras caminaba, volteé a ver aquella casa. Ahora parecía como si la distancia se hubiera multiplicado. Las yerbas del llano parecían ser mucho más altas. La cubrían casi por completo. Solo veía la ventana, ahora con la luz apagada. Su mamá no era nada de lo que decían. O sí. Jamás lo iba a poder saber. Pero me había invitado a cenar. Me preguntó por su hija. Estuvimos platicando y nos dejó ser. Sin decir nada extraño. Nos dejó jugar con su ropa. Los trajes sastre para el trabajo, los pantalones flojos y abombados. Todo me parecía una fantasía. Nos enseñó sus aretes. Tenía muchísimos porque su cabello era corto y podía lucirlos todos. Nos enseñó a hacernos crepé en el cabello. Tenía un estilo rockero, muy masculino que me encantaba. Yo estaba fascinada.

La distancia volvió a parecer infinita. Cada paso que daba parecía duplicarla. La ventana seguía apagada, pero vi una luz iluminar el llano. Algo había destellado. Volteé la vista y seguí caminando. Ya casi llegaba a la zona iluminada. Sabía que la carretera era larga, pero que si seguía llegaría al cruce. Había una gasolinera. Tenía que seguir. Seguir. Seguir. Seguir. No quería voltear. Lo hice de cualquier manera. El destello me observaba. Era una mirada. Parecía estar tan lejos y a la vez tan cerca.

Llegué al primer poste de luz. La bodega estaba cerrada. Ya era demasiado noche. El siguiente local contrastaba con su resplandor blanco en medio de todas las luces amarillas de los postes. Se veía un interior frío, vacío. Era la funeraria. Pasé corriendo. Volteé a ver al llano de nuevo. La mirada destellante ya tenía forma. Me veía. Me perseguía. Su capa negra flotaba como si fuera a evaporarse. Sus ojos estaban fijos en mí. Al menos así no miraba a aquella ventana.

En cualquier momento iba a alcanzarme. Seguía caminando. El llano parecía alejarse pero todo lo demás no parecía acercarse a mí. Me iba a atrapar. Estaba segura que, en el momento en que dejara de moverme, me iba a matar. Ahí estaba ella: con su capa, con su mirada brillante en medio de la oscuridad. No podía detenerme.

Volteé una vez más. Volteé a verla y su mirada seguía fija en mí. Brillaba cada vez más. Los carros comenzaron a pasar. La gasolinera me parecía inalcanzable. El llano estaba a millas ya. Tropecé con un borde en la banqueta. Cerré los ojos. Sentí una sensación de vacío. Estaba cayendo pero a la vez no.

Cuando los abrí vi a mi prima sentada y hablando por teléfono. Parecía no verme. Era mucho mayor que yo. Había una brecha de edad enorme entre ambas. La escuché hablar; tenía una foto de la mamá de mi amiga.

—Fue muy fácil hacer que me dijera todo. La verdad es que compadezco mucho a su hija. Mira que vivir con una tortillera ha de hacer que crezcas desviada. Los problemas que va a tener la pobre. Pero ojalá le sirva para no volver a andar abriendo la boca a la primera muestra de afecto. Pensar que tuve que soportarla, pero mira, les das un abrazo y ya caen. Ojalá la directora sí expulse a su hija. No me gustaba para nada la amistad que mi primita tenía con ella…

La voz se detuvo. Una capa flotante cruzó la habitación. Sentí el pánico invadirme. Me había alcanzado. Sus ojos me voltearon a ver cuando cruzó mi camino. Brillaban mucho más que antes. Volteó su cabeza, como si me estuviera ignorando, como si lo que menos le importara fuera mi presencia. Dirigió sus ojos destellantes hacia mi prima. La hoz apareció y desapareció en un instante. El teléfono se quedó colgando. Sonaba y sonaba.

La llamada había entrado. Mi mamá estaba escuchando al otro lado de la línea. De repente sólo hubo silencio.

Estaba de vuelta. Ya no tenía miedo. Estaba despierta al fin.

Fernanda Andablo. Nació en la ciudad de México en 1996. Sigue viviendo ahí. Estudió Letras y Literatura Inglesas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Se especializó en traducción y ha trabajado como correctora de estilo y traductora freelance. Actualmente es directora del proyecto Aquelarre de tinta: editorial web con enfoque LGBTQ+ y feminista. Entre sus intereses están la literatura gótica, la ficción especulativa y las historias de mujeres. Sus autoras favoritas son Carmen María Machado, Margaret Atwood, Carson McCullers y Amparo Dávila. En su tiempo libre toca el violonchelo y el ukelele.

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