Laura Evangelista Chacón: Una segunda oportunidad

Abrió los ojos con dificultad. Todo dolía. Intentó respirar pero un dolor punzante le cortó el aliento sin piedad. Tosió y notó la sangre que había salido desde su boca hasta el volante del carro. Detrás del volante había restos de cristal roto. Miró a su alrededor. Mover la cabeza le dolía y la hacía sentir increíblemente mareada. Toda superficie que podía ver estaba cubierta de vidrios rotos.

Solo entonces comprendió, con horror, su situación.

Por eso respirar dolía. No podía mover el cuello hacia abajo sin sentir como si la estuvieran golpeando con un martillo, pero se esforzó para verlo. Un trozo de cristal clavado en sus costillas. El puñal le dolía, pero sacarlo la mataría. Decidió mantenerse con respiraciones cortas para evitar empeorar la herida.

Estaba en un accidente automovilístico. El carro estaba inclinado hacia adelante y el tren delantero estaba machucado. Delante del carro sólo había bosque. A los costados igual. Seguramente se cayó barranco abajo cuando tomó una de las curvas en el camino de regreso a su ciudad natal.

Hacia allá iba, ¿no? Trató de hacer memoria. Era viernes por la noche. Estaba manejando de regreso a su hogar por el cumpleaños de una tía. ¿Cuánto había recorrido? No estaba segura de nada. El dolor nublaba todos sus recuerdos. ¿Habrían notado ya el accidente? ¿Estaría emergencias en camino? Buscó calmarse. Estaba oscuro afuera y en las noches esta carretera siempre era solitaria. Tenía que mantener la cabeza fría. No tenía tiempo para esperar un milagro.

Luchó contra el dolor que trataba de hacerla rendirse para pensar qué hacer. Tenía que llamar a emergencias. Necesitaba su teléfono. Siempre lo ponía en la consola, pero estaba vacía. El teléfono se debió haber caído durante el accidente. Tendría que moverse para encontrarlo. Dolería mucho pero valdría la pena. Su salvación dependía de encontrar el teléfono, el dolor actual era lo de menos.

Respiró profundamente, ignorando el cristal se hundía en su pulmón; necesitaba el aire para mantener su cerebro funcionando. Reunió la fuerza que le quedaba. Se preparó para el dolor y se separó del asiento. Maldijo. Cada movimiento enviaba olas de dolor por todo su cuerpo. Pero no fue hasta que se intentó estirarse sobre la consola que sintió el latigazo de un dolor cegador. Gritó. Regresó de golpe a la posición original.

¿Qué diablos fue eso?

Cuando el impacto bajó de intensidad se dio cuenta: El dolor venía de sus piernas. No había mirado sus piernas. Inclinó el torso con cuidado para poder mirar debajo del volante qué clase de herida le había provocado ese dolor. Se le trancó la respiración. El estómago le dio un vuelco y sintió el corazón retumbarle en el pecho. La poca calma que había logrado acumular se esfumó sin dejar rastro.

Sus piernas estaban totalmente masacradas entre el asiento y piezas que solían pertenecer al tren delantero.

Ahogó un grito. Estaba completamente aprisionada. Ni siquiera podía ver mucho más allá de la rodilla. Contuvo las ganas de llorar que comenzaron a acumulársele en la garganta. No podía moverse. No podía buscar su teléfono. No llegaría la ayuda. Sin ayuda, se quedaría aquí, agonizando hasta su muerte. Las lágrimas le ardían en los ojos. Solo le quedaba esperar un milagro.

Sollozó. Se ahogó por el dolor y tosió. Levantó la mano para quitarse la sangre que le había caído en la barbilla y se dio cuenta que temblaba violentamente. Miró su mano. Su costilla. Sus piernas. Rompió a llorar. Las lágrimas caían sin control. Su respiración se descontroló y la hizo comenzar a sacudirse, empeorando el dolor. Pero ya no le importaba ser cuidadosa. Ya no tenía nada a lo que aferrarse. Ya no tenía calma, cordura, ni siquiera esperanza. Dentro de sí solo quedaba miedo. Un miedo gélido y paralizador que agregaba dolor a su lenta muerte con cada imagen de su vida que proyectaba cabeza.

Pensó en su madre, que la estaba esperando en la casa en la que creció. Pensó en sus amigas, a quienes vio en la mañana. Pensó en la película que dijo que vería la próxima semana. Pensó en el proyecto que dijo que iniciaría cuando tuviera tiempo. Pensó en ese sueño en el que no había comenzado a trabajar porque tenía tiempo aún. Porque estaba joven y la vida era larga. Porque tenía veintitrés apenas. Porque había tenido miedo de intentarlo y fallar.

Los sollozos venían cada vez más violentos. Su mente la estaba torturando. La paseaba por sus recuerdos y lo único que veía era una vida miserable que nunca podría redimir porque estaba a punto de morir. Maldijo cada “siempre puedo comenzar después”. Maldijo su cobardía. No solo estaba a punto de morir, sino que moriría con cada uno de sus sueños truncados porque toda su vida la había dominado las dudas. Maldijo cada momento que desperdició y le pidió perdón a la niña pequeña de sueños grandes que alguna vez había sido. Le había fallado.

Con el arrepentimiento doloroso desbordándosele en cada gemido roto y cada lágrima amarga, rezó que terminara su agonía.

Y todo se apagó.

Despertó de golpe. Se sentó con el corazón golpeándole el pecho y un sudor frío cubriéndole el cuerpo entero. Temblaba de pies a cabeza.

Pero nada le dolía.

En medio de la oscuridad de la madrugada logró ver que se hallaba en su habitación. Sana y sin una sola herida.

Viva.

Suspiró, aliviada de saber que había sido sólo una pesadilla. Se puso de pie, un té de manzanilla la ayudaría a calmarse. Entonces, algo brillante en el suelo llamó su atención. Soltó un grito rebosante de terror. Era un pedazo de vidrio roto en forma de puñal. Ensangrentado. Se tocó la costilla en busca de la herida en la que había estado ese cristal, pero estaba intacta. Corrió a ver su teléfono. Era la madrugada del viernes.

Sólo entonces, con gran horror, se dio cuenta.

No había sido una pesadilla.

Era una segunda oportunidad.

Laura Evangelista Chacón es una venezolana de 21 años, estudiante de Comunicación Social. Conoció los libros a los 6 años y desde entonces los volvió sus mejores amigos. Adora la fantasía y la ciencia ficción, géneros que más ha disfrutado leer desde la infancia y escribir desde la adolescencia. Pasa sus días leyendo lo que encuentre, creando historias que a veces termina, estudiando letras y producción audiovisual, y buscando cosas moradas qué admirar.

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