Belem Eslava: Recuerdo rojo

Aún recuerdo el último día que estuvimos juntos, fue el día de mi muerte. Cuando te fuiste, se quedaron conmigo las preguntas y una pelota roja y sucia que todavía guarda tu aroma, al que me he aferrado en este infierno porque pensar en ti le da propósito a mis días.

Ese día, en el bosque que tantas veces visitamos, lanzaste la pelota roja más lejos que de costumbre, yo corrí tras ella, feliz por sentir la potencia del movimiento en mis piernas, anticipaba tu sonrisa cuando me vieras de regreso con la pelota en el hocico, pero esta vez no sonreíste, cada lanzada era más brutal que la anterior, cada retorno era un rechazo y tu mirada, como la tarde, se iba haciendo cada vez más oscura.

Me pateaste. Sentí el impacto de tu ira en mi hocico, vi la sangre regarse sobre la hierba y confundirse con la pelota roja, otra patada en el estómago, lloré, me hice un ovillo, me reduje tanto como pude con la esperanza de que mi sumisión te calmara. Más que el cuerpo, me dolía no saber por qué estabas enojado conmigo, más que el hambre y la sed, me dolía no poder hacerte feliz.

Tirado en el lodo te vi alejarte, no sabía cómo vivir sin ti, así que corrí para alcanzarte, ibas tan rápido que me asustaste, corrí con más fuerza, tú gritabas, yo aullaba, giraste hacía mí, me amenazaste con otra patada, reculé, pero luego te seguí de nuevo. Te confundías con la hierba, yo trataba de alcanzarte.

El coche estaba cerca, pensé que te alcanzaría, me lanzaste una piedra, la esquivé. Huiste de mí como si yo fuera un monstruo ¿era eso? ¿me había convertido en una bestia? Llegaste al carro, te detuviste a recoger las llaves que se te cayeron en un descuido, en mi mente, una súplica se repetía sin parar “no te vayas”. Vi cómo peleabas con las llaves, con la puerta del carro, apenas alcancé a rozar el metal frío del auto cuando el humo negro que expulsó la maldita máquina que me trajo aquí, me llenó los pulmones.

El peso inaguantable de la soledad me venció, le aullé a los dioses del bosque, les supliqué que sanaran ese terrible dolor y los dioses atendieron mi llamada, los sentí materializarse a mi alrededor en forma de una manada de perros sucios y hambrientos, bestias oscuras de hocicos babeantes, de dientes afilados y amarillos que me olían con urgencia y con hambre. No opuse resistencia, preferí el dolor de sus dentelladas al de tu ausencia. Sentí cómo me arrancaban el alma a pedazos, sus gruñidos llenaron mis orejas con un sonido de motores diabólicos, el frío de la noche, de la muerte, hizo temblar todo mi cuerpo, pero el olor metálico de la sangre me hizo sentir un extraño consuelo. “Ya eres uno de los nuestros” dijo la bestia más grande y más negra de la manada mientras me miraba desde arriba, con una corona de luna en su cabeza. Luego vino la oscuridad.

No sé si esto es el infierno o solo otro fragmento del mundo en que viví contigo, pero sé que andamos en la orilla de las cosas, somos legión, nos alimentamos del miedo de los otros y recorremos el mundo en su búsqueda. Los más viejos dicen que antes la gente se aterraba al vernos, ahora ni siquiera nos miran, aunque a veces, cuando nos acercamos demasiado a ellos, nos golpean y nos amenazan, algunos nos cazan solo para divertirse torturándonos. No siempre podemos defendernos, pero siempre esperamos, pacientes, nuestro momento de venganza.

Las peleas son parte de nuestra rutina, somos tantos que hay que ganarse un lugar en la manada, cada día llega un nuevo miembro, algunos por su cuenta, aunque la mayoría llegan aquí sin imaginar que vienen a encontrarse con la muerte.

Los ladridos de un perro abandonado son tan lastimeros que es imposible confundirlos, los reconocemos de inmediato y vamos a su encuentro expectantes: si el visitante supera la bienvenida puede ser parte de la manada, si no, hacemos fiesta con su sangre y su miedo.

Aún tengo la pelota roja que usaste como anzuelo para dejar que el bosque me atrapara. No sé cuánto tiempo ha pasado, pero conserva tu aroma con la misma fuerza de aquel día, o quizá no, quizá el aroma está solo en mi memoria. Esa pequeña esfera color sangre es lo único que conservo de mi vida anterior, no sé porque la guardo, pero sé que no es en este claro del bosque donde la enterré ¿qué hace aquí esta pelota roja y por qué huele a ti?

Los ladridos lastimeros de un cachorro blanco inundan el bosque, tiembla al buscar la pelota roja. Escucho el rumor de las ramas moviéndose con la fuerza de la manada que viene a recibir a su nuevo miembro, o su nueva víctima. Los aullidos del pequeño me duelen, como navajas atravesando mi cabeza, siento una urgencia terrible por acallarlos, pero una urgencia más grande me domina.

Te busco, sabía que volverías, huelo tu miedo salado y corro a encontrarte. La luz azul de la tarde comienza a ocultar el mundo, pero el perfume del alcohol te delata. Me presientes, giras hacia mí, no me recuerdas, me lo dice tu mirada sorprendida. Apresuro el paso, te vuelves de nuevo, me amenazas, pero esta vez no reculo, corro hacia ti y te muestro cuánto he crecido. Acelero el trote, a lo lejos, los aullidos del cachorro se van haciendo más fuertes y un coro de gruñidos y golpes completa la sinfonía de bienvenida, la emoción de alcanzarte me hace aullar con todas mis fuerzas. Estoy tan cerca que te respiro, tu corazón y el mío palpitando en sincronía. Tropiezas, me detengo, solo para darte ventaja. Gritas hasta perder la voz. Deja vú, tiras las llaves del carro, tiemblas mientras te agachas para buscarlas. Yo, paciente, me alisto para dar la última zancada.

Belem Eslava, México (1977), es ingeniera en Robótica Industrial por el Instituto Politécnico Nacional y fotógrafa por el Instituto Potosino Bellas A de San Luis Potosí. Ha incursionado en la literatura con cuentos en la sección «Universo de Letras» de El Universal de SLP, La antología Laboratorio de Letras Vol. 2 de Capicúa y auto publicó, junto con otros escritores, el Fanzine Literario «Doble Perséfone».

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