Raquel Rodríguez: S-mother

Desde hace un tiempo sentía que mi abuela ya no estaba viva. La veía en la cama, en el cuarto del que no se había movido desde hace tres años, y pensaba: es imposible que siga viva. Pasaba horas en su cuarto, escuchando el murmullo del respirador, el zumbido de las moscas, apenas unos rayos de luz inundando la habitación, olía a encerrado, a humedad y a las decenas de velas que mi mamá encendía para la imagen de la virgen a la que cada día sin excepción le pedía por mi abuela.

Me le quedaba viendo, convencida de que ya estaba muerta, esperando a que diera alguna señal de vida aparte de su pecho levantándose al respirar. Mis papás no entendían qué hacía. Siempre trataban de que no entrara a su cuarto. —La vas a molestar—, me decían. Como si mi abuela diera alguna indicación de que estaba consciente de lo que pasaba a su alrededor. Como si, mágicamente, después de años, fuera a hablar. O moverse. O algo.


Hoy, mientras la miraba preguntándome por qué su cuerpo hacía el esfuerzo de mantenerla con vida. Si su vida era estar postrada en una cama; abrió los ojos.

Me quedé sin aliento.

Mi abue volteó lentamente y sin parpadear me miró. No dijo nada. Yo tampoco. Me sonrió, enseñando lo que quedaba de sus dientes. Por los huecos se escapó un olor pútrido. Algo dentro de mí se revolvió, se me puso la piel chinita y sin mirar atrás, escapé del cuarto.

—¿Qué te pasa a ti?—, me pregunta mi mamá. —Parece que viste un fantasma.

—Mi abue… mi abue… me sonrió.

—¡Ay!—, mi mamá me mira con lástima. —Qué bonito hija, ¿pensaste que se estaba despidiendo? ¿Por eso te asustaste?

—No. No entiendes. No fue bonito. Fue como… mamá, algo no está bien con ella.

Mi mamá me mira, extrañada. —Hija—, me dice, como si tuviera 5 años y no 16. —Tu abuela está enferma, por supuesto que no está bien. Pero no podemos hacer nada, mas que cuidarla y hacer lo que podamos para que pase el resto de sus días cómoda y feliz.

Pienso en cómo decirle lo que pasa por mi cabeza. Cómo hacerle entender los escalofríos que me recorren el cuerpo. La sensación que oprime mi pecho, porque sé con certeza que mi abuela… ¿cómo puedo decirle?

Mamá, mi abuela ya está muerta.

Mamá ¿cuánto tiempo lleva muerta mi abuela?

Al final no digo nada y solo me voy a mi cuarto. Por el resto de la tarde el pensamiento de mi abuela muerta sonriéndome me consume. Es imposible, me repito una y otra vez, es imposible. No puede estar muerta. Si estuviera muerta, no la tendríamos aquí. Si estuviera muerta, no tendría el respirador, ni los… De golpe, una certeza. El respirador, eso es. Eso que veía, su pecho levantándose, todo este tiempo ha sido el respirador. No sé qué hacer con este hecho. No sé cómo decirle a mi mamá. Siento algo en mi espalda al recordar que hace unos momentos mi abuela muerta abrió los ojos y me sonrió.

Trato de dormir, pero es inútil. No quiero abrir los ojos en la oscuridad. Siento que va a estar ahí. Ugh, deja de ser tan idiota. Me levanto, decidida y voy a su cuarto para asegurarme de una vez por todas si está viva o no. Pero al abrir la puerta no hay nada. No hay nadie en la cama de mi abuela.

Me quedo clavada al piso, mi mente al mil por hora tratando de asimilar lo que está pasando, tratando de encontrar una explicación racional. Los fantasmas no existen, me digo.

Un olor putrefacto inunda mi nariz.

Mi cuerpo reacciona antes que mi mente y volteo, demasiado rápido y mi cuello truena con dolor.

No hay nada.

No no no no no no, esto no puede estar pasando.

Quiero gritarle a mi mamá, pero no puedo hacer ningún sonido.

El olor cada vez es más fuerte.

Abro más los ojos, buscando algo en la oscuridad inútilmente. Todos mis sentidos se agudizan, pero no percibo nada.

Nada más que el maldito olor.

De la nada escucho algo arrastrándose. Arriba de mí.

Veo el techo.

Nada.

Mientras veo el techo algo —alguien— agarra mi tobillo y caigo de espaldas, sin aire por el impacto. No puedo ver qué —quién— me agarró, no me puedo mover, estoy tratando sin éxito de recuperar el aire. Se está arrastrando encima de mí, puedo sentir sus manos, heladas y rugosas, agarrándose a mi pijama, sus huesos encajándose en mi cintura, mi estómago, escalándome hasta que está casi totalmente encima de mí, comprimiéndome el pecho. Por fin, dejo de ver el techo y volteo. Es mi abuela. Con los ojos cerrados y sus manos en mi cara. Todo ella apesta. Apesta a muerte, a podrido, a que debía de estar enterrada desde hace días. Quiero quitar sus manos de mí, pero al tocarlas, abre los ojos.

Sonríe.

Grito y antes de que el sonido escape de mi garganta, mete su mano a mi boca, más y más profundo, hasta que no puedo respirar, me estoy ahogando, quiero gritar, estoy llorando, ¿por qué no me puedo mover? Quiero levantarme, quitármela de encima. Puedo saborear su mano, sentir sus uñas demasiado largas raspándome la garganta. Quiero vomitar, pero su mano es una presencia omnipotente que me impide hacer cualquier cosa. Mi vista se oscurece, y lo último que veo es su sonrisa, con apenas unos dientes, todos marchitos. Y el olor. El olor que nunca había percibido mientras pasaba horas viéndola.

El olor a muerte.

Mi nombre es Raquel Rodríguez, soy mexicana y vivo en la CDMX. Actualmente soy pasante de la carrera de Literatura Dramática y Teatro de la FFYL en la UNAM. Tengo 26 años y me encanta el género de terror, tanto para experimentarlo como para escribirlo. Me gusta mucho ver películas y jugar videojuegos. 

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