Karla Arroyo: La niña y la escoba

I.

A Zofí le causaba fascinación el cuadro, era el retrato de una niña con mirada melancólica, parecía desviarla para no encontrarse con ojos extraños, pero el capturador esencial confirmó que estaba concentrada en la idea de huir. La textura en la obra se mimetizaba con la pared que la sostenía, el realismo de la técnica daba la impresión de que era una ventana y que la muchachita simplemente se asomó aferrándose a su escoba.

Estaba apoyada en sus codos detrás de un palco apenas perceptible, en la lejanía parecía que el cuadro no estaba terminado, pues no se veían los pies.

Su nariz era chata, ojos pequeños, labios gruesos, mejillas regordetas y chapeadas. El cabello rojo y rizado estaba sujeto por una diadema plateada, llevaba puesto un delantal marrón encima de un abultado vestido blanco. En la composición había un balde de madera y una gran bolsa negra de piel muy desgastada. Estaba ante un hoyo que sugería gran profundidad, quizá de ahí dentro, se reflejaba una luz verdosa que el artista supo proyectar hábilmente en su piel.

II.

Úrsula se metió en el corral de los becerros para hacer un poco de aseo, mientras pensaba que la única manera de escapar, la tenía justo en sus manos y se afianzaba al palo de la vieja escoba de varas, a pesar de que las astillas le hicieran daño, aunado al dolor por las repetidas caídas.

—Si tan solo fuera de noche para que nadie me vea huir—. Le gustaba asomarse por el balcón tapiado con las tablas podridas que fácilmente deslizaba a un lado, ahí nadie la veía, excepto el campo, los árboles y la interminable mancha verde del bosque que le llamaba en susurros por su nombre.

Amaba a su abuela, y no quería causarle ningún pesar al desaparecer así, sin más. Y al estar ciega, ¿quién le ayudaría con las entregas de lana y ungüentos cuando no estuviera su tío?… A quien temía y odiaba por igual.

¿A quién iba a platicarle de las hierbas para curar, la diferencia entre bayas y hongos que se pueden comer, de los que no?

No a su propio hijo, el que quedaba vivo y tenía urgencia de que muriera para adueñarse de todo por cuanto había trabajado en años.

III.

Úrsula ensayó una y otra vez el procedimiento, untó su cuerpo con una sustancia especial, trataba zonas que no estuvieran expuestas a la luz del sol.

En un principio, un pequeño salpullido le brotó provocándole mucha comezón, se lavó y después aplicó árnica. Los síntomas fueron leves, solo fiebre y cólicos.

La segunda vez que se puso el menjurje, notó que su corazón latía como si hubiera corrido desde la casa, hasta donde estaban los robles guardianes. Para la tercera y cuarta vez, lo aplicó en casi todas partes, para ver qué reacción tendría, notó cierta luminiscencia bajo la luz de la luna. Como último paso, molió en su pócima, un manojo de romero para disimular el olor.

El fin de mes estaba cerca, la abuela se iría a tomar su baño medicinal y ella se tenía que quedar para cuidar a los animales, una vez más a solas con él.

IV.

Él había notado ciertos cambios en Úrsula, sus formas estaban creciendo, y ya no olía a niña. Esa noche, por alguna razón que desconocía, ella no le tenía miedo.

Úrsula se había cubierto con el preparado, le pareció que se convertía gradualmente en una coraza, esponjándose hasta hacerle perder la sensibilidad pues ya no percibía su tacto, para entonces, su asquerosa lengua habría recogido la dosis adecuada de veneno. Después de un rato, llegó a él un dolor abdominal intenso, se le cerraba la garganta impidiéndole respirar. Vinieron convulsiones violentas tras la sudoración. Sus ojos amarillentos pedían ayuda. Úrsula, inmutable, esperó a que la muerte los visitara, la vio llegar y miró con temor desde un rincón, tomó su escoba y la montó, deseó con todas sus fuerzas perderse en la inmensidad del cielo, esta vez se elevó lo suficiente para después precipitarse hacia donde él yacía, lanzó una risotada nerviosa que lo heló, él creyó ver que las piernas se le habían convertido en patas de ave con enormes garras, y al tenerla cara a cara, su corazón se detuvo dejándole una faz desencajada.

V.

El escáner confirmó un par de huellas digitales del gran pintor barroco del siglo XVII de la era pasada, además de unos desconcertantes trazos; esbozos de largas patas de gallina, detrás de la madera que ocultaba medio cuerpo de aquélla singular niña.

El hallazgo sorprendió a Zofí, sin embargo su labor como responsable de certificar las obras genuinas, le impedía ahondar en esos “detalles”. Tenía encima la premura de resguardar el arte que conformaría el patrimonio de la humanidad en la bóveda de “bienes materiales”, antes de la gran migración. Le era difícil aceptar que su hogar, el de los sobrevivientes de la última guerra bacteriológica, quedaría reducido a un museo.

Solicitó al organismo cibernético asistente que archivara la información esencial.

—¿Qué puedes decirme de este cuadro?

—Digitalizando…

Estilo: Barroco de la entonces conocida zona centro europea, ahora Z-2.

Técnica: óleo sobre lienzo…

—Ya tengo esa información. ¿Qué encuentras con espectroscopia infrarroja?

—Analizando…

Abstracción humana infantil con características antropo-zoomorfas.

—El capturador también dice que esta niña está a punto de volar hacia su libertad. El pintor plasmó con precisión extraordinaria la sensación de que la pequeña va saltar del cuadro.

—Los humanos de esa era, no eran capaces de volar por sí mismos.

—Ellas sí, las precursoras sabían cómo hacerlo, pero la mayoría fueron quemadas por eso. ¿Detectas luminiscencia sobrenatural? En el imaginario de la época las representaban con piel verde. Ese era un rasgo distintivo de aquéllas que descubrieron la antigravedad.

Karla Arroyo Calderón, nació en la Ciudad de México, actualmente radica en Cuernavaca, Morelos. Es diseñadora de la comunicación gráfica egresada de la UAM-A. Ha tomado diversos talleres y cursos de escritura, así como seminarios de literatura fantástica, sus textos se han publicado en antologías y revistas independientes, impresas y digitales, desde 2015. Disfruta contar historias de terror, fantasía y ciencia ficción.

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