Claudia Saraí Fernández López: María Engracia

La noche tiene un árbol, y en su fronda

se ensortija la luz desamparada;

el roce de la sombra es quieta espada

que vida y muerte con su filo ahonda

J.E. Pacheco, “Soneto para Lupita Dueñas”

 

El embarazo fue difícil. Mi cuerpo cambió de forma. Miraba mis venas hinchadas. Tenía las encías sensibles y sangre en los dientes. Cada día sentía las manos entumecidas y un dolor en la columna. Pasé meses con los senos abultados y con ganas de morir.

Miguel quiso llamarla María Engracia, como su madre. El nombre era demasiado largo y preferimos decirle Mariquita. Miguel era muy estricto. Exigía que la casa estuviera ordenada y la comida a la hora. Siempre revisaba que los mangos de las cucharas estuvieran limpios y que no hubiera marcas de café en las tazas.  Todos los días se levantaba temprano y asistía a la misa de las siete. Cuidaba su bigote y pasaba una navaja sobre su mentón limpio. Se aseaba dos veces al día. En ocasiones, tenía ganas de acariciarlo después del baño. Siempre olía a una loción que compraba en la Perfumería Parera. Al salir de casa, dejaba un aroma a madera y cuero. El olor me tranquilizaba, o tal vez la idea de tenerlo lejos de casa.

Yo pasaba toda la mañana en la cocina. Siempre cortaba los chiles a lo largo y los sumergía en agua caliente. Me gustaba quitar las semillas con una cucharita. Imaginaba que alguien me hacía lo mismo, me sacaba las semillas y me dejaba arder sobre el comal. Pensaba en un cuerpo ardiente que chillaba como un chile tatemado. Quería que me cortaran en tiras y me quitaran la piel.

La cocina era el único lugar que no pertenecía a Miguel. Allí podía destazar un pollo sin prisa. Disfrutaba de cortarlo y separar las piernas de los muslos. Me daba placer retirar las vísceras. Siempre me pregunté qué se sentiría ser un médico. Pensaba que acariciar el corazón de un animal era parecido a acariciar el de un hombre.

Por momentos me quedaba observando las cabezas de los pollos, su mirada perdida me recordaba a María Engracia, como si los pollos y la niña tuvieran algo que decir.

Me costaba llamarla Mariquita. Estuvo tan poco tiempo conmigo que no pude tomarle cariño. Cuando nació tenía un cuerpecito frágil y no pude sostenerla en mis brazos. Parecía un canario muerto, como esos que aparecen en el jardín. La miraba dormir sobre tules blancos mientras me goteaba el pecho. Durante meses soñé que hallaba pájaros muertos bajo la cama. Mi prima Isabel me dijo que eso era un mal augurio.

Miguel decidió guardarla en un frasco. Le dije que era mejor ir a la botica por formol, así no se le secarían las mejillas, pero quiso usar la misma sustancia que su madre. Después llegaron las otras niñas. Miguel nunca las miró como a Mariquita. Tal vez le tenía más afecto porque le recordaba a su madre.

Me cansé de tenerla en la habitación. Al principio pensaba que dormía junto a nosotros, pero después imaginaba que estaba atrapada en una jaula o en el limbo. Me entristecía saber que la niña nunca iría a la escuela o jugaría en el corredor.

A mis amigas les aterrorizaba la idea de tener a una niña guardada en un frasco. Mi familia dejó de frecuentarnos y mi madre siempre me reprochó el no poder visitarla en el panteón. Miguel no hacía tanto caso a las habladurías. A mí me avergonzaban las miradas de la gente, por esa razón nos mudábamos con frecuencia. Cuando notaba que los vecinos comenzaban a murmurar, le decía que no estaba a gusto con la casa o que había un detalle que la hacía inhabitable. Él sabía que era por la niña, pero esa era su manera de disculparse por la vergüenza que me causaba tener un frasco escondido en el ropero.

En ocasiones, la observo mientras duerme y olvido que descansa en un envase carmesí. Imagino que la llevo en mis brazos mientras escuchamos el arrullo de las palomas.

Claudia Saraí Fernández López (Toluca, México). Doctora en Humanidades por la Universidad Autónoma del Estado de México. Ha colaborado en revistas de crítica y creación literaria. Es autora de Tiricia (Plétora editorial, México), Nada eres (Ed. La Chifurnia, El Salvador) y Villada 436 (Grafógrafxs-UAEMéx, México).

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