Vanessa Becerra: Maternidad artificial

Durante años fungí como una curiosa prueba de Turing, llegaban los entes y los cuidaba cierto tiempo. Supervisaba que se desarrollaran dentro de los protocolos que durante décadas habían existido, sin mayor cambio, pese a que el mundo cambió. La naturaleza por fin tomó revancha de lo que habíamos hecho con ella a partir de la Revolución de las primigenias, aquello que llamaban revolución industrial los seres inferiores, arremetió en el clima, en el surgimiento de nuevos virus y plagas, después una lluvia de meteoritos terminó por rematar con buena parte de lo conocido.

Ahora en este nuevo mundo regido por nosotros, yo tenía una labor curiosa pero sumamente importante: cuidar a los recién fabricados desde su nacimiento hasta la edad de cuatro años, para después ser llevados a las diversas comunidades de los positrónicos. Mi función era simple, evitar que se apagaran por algún descuido o desperfecto y estudiarles para evitar cualquier error de fabricación, ya fuese en su hardware o software. En los veinticinco años que se me había programado para esto, no había tenido ningún ente con errores.  Llevaba tiempo en mi actividad, los cuidados y mimos estaban adscritos a mi código fuente, no era una relación de madre a hijo sino una sucesión de protocolos y diagramas de flujo y era eficiente y eficaz… como todo autómata.

La sucesión de días con ellos era afanosa y satisfactoria; veía la enorme aportación que estaba haciendo a mis iguales: las máquinas, proveyéndoles de pequeños entes para su regocijo y entretenimiento. Poblábamos la nueva tierra y teníamos tiempo de cuidar de estas pequeñas máquinas disfrazadas de humanos.

A finales del año 2060 arribó un nuevo proyecto,  pero solamente con un ente, generalmente eran dos o hasta tres. Pero en esa ocasión solo era uno ligeramente más liviano que la norma, con enormes ojos azules y mirada penetrante, el nivel de cuidado desde el primer día fue más demandante, las atenciones se duplicaron por tiempo y esfuerzo, lloraba y después podía estar horas mirando fijamente a cualquier punto del salón. Los primeros meses me era difícil evaluar si fue un buen día o un mal día, podría estar horas a su cuidado y no ver muestra de apego (muy necesaria en los cánones establecidos), se hicieron todas las pruebas necesarias para saber que los sentidos se apegaban a lo normal y en todo salió perfecto. Conforme crecía era más curioso —complicado— su cuidado. No interaccionaba, su balbuceo no llegaba a ninguna palabra, las máquinas somos perfectas, pero hay puntos en los que tal vez algo en nuestro sistema provoca cierto nivel de cansancio, me negaba a eso, por lo que era más el empeño para que la criatura estuviera cada vez mejor, hubo un par de ocasiones que reestructuré algunos de mis códigos básicos porque sentía algo similar al desánimo; a estas alturas debería nombrarme bajo la función primaria y básica, debería decirme “mamá”.

Sus rutinas me intrigaban y requerían de un nivel más alto de estudio: observaba por horas las ruedas de los carritos de madera, repetía continuamente alguna situación en su dispositivo multimedia, comenzaba a hablar en una ecolalia que no comprendía, en una ocasión recitó toda una serie de versos complicados que yo escuchaba sin poner mayor atención sobre un ser inferior llamado Dylan, al final de cuentas nosotros podemos memorizar todo pero un ente de tan pocos días de fabricación no. Después de esa “proeza” al siguiente día era lo contrario, tratando de hacerme descifrar con pujidos y manoteos que necesitaba una manzana. No toleraba que tocase su cabeza, pero era feliz cuando hacia círculos con mi dedo índice alrededor de su cicatriz redonda justo en medio del estómago por horas. El desgaste cognitivo y en mis partes fue más notorio al estar cuidando de él pero mis niveles de satisfacción eran más altos, mi código aun no podía descifrar porque me causaba más satisfacción que solo formulara un par de palabras cuando otros que estuvieron a mi cuidado anteriormente ya hablaban lo necesario como para solicitar ayuda en caso de perderse, o para gritar improperios cuando algo no estuviera a su gusto y alcance. Necesito una renovación de software, terminando este proyecto la solicitaré. Los niveles de interacción eran preocupantemente bajos, pero aun así sentía… ¿sentía? Una necesidad cada vez más imperante de obtener el bienestar completo del ente, y con estos dilemas y satisfacciones pasaron tres años, largos, complicados pero gratificantes.

Ahora escribo mi bitácora cerebral desde un escenario diferente, el ente colapsó cuando su cuello terminó envuelto en una sábana que el mismo anudó, solo fueron dos minutos que no estuvo bajo mi estudio para el suceso, al dar parte a mis superiores contrariada pero tranquila, observé un tanto intrigada cómo el cuidado al ente fue desproporcionado cuando fueron a recogerle.

Pero lo peor vendría después, cuando me sacaron de mi centro de control y estudio.

Entré a un mundo que me desconcertó: no había máquinas. Eran humanos quienes ahora me estudiaban y hablaban de lo que podría haber fallado conmigo. No era yo la que evaluaba máquinas pequeñas pero  perennes, eran humanos en sus primeros años de vida tan frágiles, tan inferiores, tan transitorios en su existencia, y el objeto de estudio era yo: un proyecto multimillonario de inteligencia artificial al cuidado de lo más preciado del ser humano: sus niños. El ente era un pequeño que mostraba rasgos de un espectro llamado autismo, algo que aún en este mundo avanzado en la tecnología seguía llenando de dudas a la ciencia.

Mi destino es negro pero breve, me llevarán a las calderas, ahí aún con mi conciencia encendida, me desmantelarán parte por parte, para finalmente fundirme, pese a que soy un proyecto valioso, tuve a mal terminar con mi descuido la vida del hijo menor del máximo dueño de este mundo, alguien que también sugirieron que era diferente, alguien que gobierna a la humanidad entera aún siendo —también—, autista.

 

Vanessa Becerra. Madre de dos entes, lectora de ciencia ficción desde siempre, docente en función y en espera de volver a mi aula. Feminista tipo Roxane Gay: con mis contradicciones, mexicana y residente del estado de Jalisco.

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