Ana Delia Mejía Quiroga: Portal

La luna en lo alto ilumina a una mujer de negro que atraviesa la plaza cargando un pesado martillo de madera: Benedicta, la acabadora del pueblo. Su trabajo consiste en librar cuerpos del sufrimiento. Ahora mismo se dirige a cumplir su sagrada labor. No es mucho lo que tiene que recorrer, así que llega en menos de diez minutos a una casa, un tanto menos oscura que sus pares vecinas, pues una luz tenue proviene de una de las habitaciones. Al ver la puerta abierta, un extranjero podría juzgar de descuidada a la familia que allí reside, pero cualquier lugareño sabría que en esa casa hay un cuerpo esperando ser liberado.

Sigilosa, cruza el umbral y camina directamente hacia la luz. Sabe que ahí encontrará al hombre que ayudará a morir. También lo ayudó a nacer. Porque vida y muerte son fuerzas hermanas, la acabadora es, además, partera.

El hombre, que en realidad no llegará a serlo, está postrado en la cama, con la frente empapada de sudor y la respiración entrecortada. Su enfermedad no le da tregua. Ni siquiera le concede la gracia de acostumbrarse al dolor. La familia, previamente, ha retirado de la habitación crucifijos e imágenes religiosas, pues no quiere enojar a Dios. Costumbre esta que todos en el pueblo practican y cuyas causas nadie termina de entender. ¿Por qué, si a Dios no le molesta que a sus hijos les den una mano para venir a este mundo, habría de enfurecerle que se la den para irse de él?

—¡Mamá Benedicta!—, se escucha en medio de gemidos.

—Sí, hijo, soy yo. Tranquilo.

La acabadora se sienta en la cama, acaricia el rostro del muchacho, besa su frente.

—¿Estás listo?

—Sí—, contesta el chico al tiempo que se coloca de costado, con el oído derecho enterrado en el fardo que hace las veces de almohada y la mirada fija en su libertadora.

—Cierra los ojos.

—Quiero verla, madre, hasta el final.

La mujer le da otro beso, esta vez en la mejilla, toma el martillo, lo levanta con fuerza y lo deja caer en el lugar exacto. Un trabajo limpio.

Antes de desplegar los párpados, contempla los ojos que han de cubrir. Son hermosos aún sin vida. Oscuros. Hipnóticos. Profundos. Tanto, que no puede evitar caer en ellos como en un pozo.

Caer y caer.

Recorrer millones de kilómetros y cientos de años a lo largo del segundo que dura la caída.

Tocar fondo.

 

Una mujer en un cuarto de hospital, saliendo de las pupilas de un hombre en estado vegetativo, su hijo, un muchacho distinto de aquel que vivió en un pueblo europeo hace dos siglos y que fue extraído de la oscuridad y devuelto a ella por una acabadora llamada Benedicta. Más edad, aunque la mayoría de ella en una cama; otra lengua y otra piel.

Distinto en todo, menos en los ojos que son los mismos.

No obstante, es la mujer que ambos tienen al lado en sus últimos momentos de vida lo que en verdad los une a través del tiempo y la distancia.

—¿Estás listo?—, pregunta la madre, tras el último y más largo de los abrazos. Está segura de que, aunque no llegue a articularse, la respuesta es un sí.

Le da un beso en la frente y desconecta el respirador.

 

Ana Delia Mejía Quiroga. Soy peruana, maestra, feminista y escritora (en ese orden se dieron las cosas) . He publicado dos libros dirigidos al público infantil. Asimismo, hace cuatro años que preparo uno de narrativa breve.

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