Verónica Zamora: Querida Tali

Querida Tali:

Desperté recostada sobre la cobertura de gel blanco con la que rellenan el ataúd de criogenización, no fue diferente que en los ejercicios de simulación: te puedo confirmar que se siente lo mismo despertar de una suspensión de una semana, que más de cien años. Leíste bien: cien. Se lo escuché decir al general Hernández durante el proceso de descriogenización, mientras el doctor en jefe argumentaba en vano que yo servía más como experimento en laboratorio que en campo. Hernández se salió con la suya recordándole que eran ellos, los militares quienes tomaban las decisiones, no importando si yo era el último “soldado prototipo MX17”. Recordé a nuestro querido Ivo; el porte alemán del que se regodeaba, su sonrisa antes de entrar a la cápsula como “medida precautoria ante el bombardeo”.

Yo, la última.

Aquel dio instrucciones que los doctores llevaron a cabo al pie de la letra: me lavaron, me vistieron; solo faltaba llevarme al laboratorio para inyectarme “el suero” antes de dejarme a mi suerte para ver si me quemaba “como el güerito”, entonces abrí los ojos, me zafé del agarre de aquellos dos y salí corriendo. Conozco la base de Ahtonac como la palma de mi mano porque básicamente crecí allí, así que incluso confundida como estaba no fue difícil eludirlos: nos habían preparado para ser armas perfectas y lo consiguieron. Las alarmas sonaron casi un minuto luego de mi escape cuando ya corría por el andén doce rumbo a la escotilla vehicular, así que aceleré el paso hasta llegar al panel de acceso, frente a cuyo lector puse los tatuajes de la palma de mi mano para abrir la escotilla. Apenas había dado unos pasos en dirección a la libertad, cuando escuché los gritos de horror: los médicos detrás de mí se retorcían en el suelo, vociferaban, se quemaban en vida, reconocí los efectos de la radiación aguda carcomiendo su piel, pero al no sentirme afectada salí corriendo sin mirar atrás.

Me alejé corriendo a través del estacionamiento subterráneo parcialmente derruido, salí por un hueco en la pared de concreto y al hacerlo me paralicé: estaba en la ciudad de México, lo sabía; el Ingeniero Eduardo Molina, en el cuartel secreto bajo el Archivo General de la Nación, pero allí no había archivo, no había parque al frente, no había casas, la avenida frente a mis ojos sólo era reconocible en sitios puntuales porque yo sabía que había estado allí. El panorama no cambió mientras caminé hacia el norte; la una vez imponente ciudad se adivinaba debajo de una gruesa capa de viva naturaleza: moho, charcas, ríos… no reconocía edificios, no reconocía calles, los árboles se habían alzado ganando la batalla final a los altos edificios. Por allá un trozo de piedra colonial, una marquesina, botellas, piezas de plástico y carcazas de auto por doquier: eso era todo lo que había quedado de nosotros.

¿Quieres saber hasta dónde reconocí algo? A punto de caer la noche, subiendo lo que parecía una colina encontré un emplazamiento, dónde cinco moles de concreto de diversas alturas con los lados totalmente rectos, se alzaban desencajando con el paisaje circundante: las torres de satélite. A pie de una de ellas, me senté a sufrir mi noche triste: todo lo que conocía se había ido, apenas quedaba algo de la ciudad en la que crecimos así que rompí a llorar sintiéndome más desamparada que nunca. Tiempo después cuando abrí los ojos me di cuenta de que las copas de los árboles frente a mí desprendían un leve destello verde, los helechos también, incluso el musgo, que forraba la torre a mis espaldas, se iluminaba más intensamente con cada minuto que pasaba; como en un sueño, todo parecía brillar. No lo dudé, como pude me encaramé en el segmento de torre más alto que quedaba. Ojalá pudieras haberlo visto Tali: frente a mis ojos la ciudad completa emitía un sutil brillo verde, con esporádicas manchas turquesa brillantes que contrastaban de forma mágica contra el cielo. ¡Oh el cielo! Totalmente dominado por una suerte de cicatriz nebulosa que lo cruzaba salpicado de estrellas. Casi estoy segura de que era la vía láctea. Te juro que ni en nuestros sueños más maravillosos habríamos imaginado algo semejante.

No me quedé más de dos días en Satélite, intenté con todas mis fuerzas buscarte, sabía que estabas en la base principal, cerca del metro Camarones y aunque la encontré estabas fuera de mi alcance protegida bajo aquel nuevo mundo iridiscente. Determinada a llegar a ti, volví a Ahtonac solo para darme cuenta de que la puerta por la que huí seguía abierta. Llamé al general Hernández y entré con las manos en alto, pero nadie respondió. Los maté, Tali, sin querer los maté a todos. No pudieron cerrar la compuerta detrás de mí, los cuerpos carcomidos de los hombres, mujeres y niños con semblantes de horror y desolación idénticos a los de mis perseguidores, me confirmaron que yo había eliminado a los últimos sobrevivientes de la guerra nuclear. No había rastro de Ivo o de ninguno de los otros MX17, quizá, huyeron, quizá murieron. Devastada por lo ocurrido caminé hacia viaducto (Adivina ¡Es un río de verdad!) lista para acabar con mi vida para remediar mi pena, cuando encontré una huella humana grabada en el fango. La seguí hacia el sur y no me lo vas a creer; vi a una mujer en un espejo de agua sobre un cuadro de tierra húmeda, una chinampa hecha de tierra, madera, metal y plástico. Jamás me sentí tan contenta de ver a un extraño.

Ahora voy a la base Andrés Ucareo, luego la del cerro de la silla, después volveré aquí. Sé que si despiertas vendrás a Ahtonac, así que te dejo estas palabras por si no soy capaz de rescatarte y si después de salir, como yo pierdes la esperanza: donde hay vida hay una oportunidad.

¿Quién sabe? Quizá esta vez sí podamos construir un mundo mejor.

Te quiere siempre

Clara.

 


Verónica Zamora. Soy Verónica Zamora, nacida en Mayo de 1996 en Ciudad Nezahualcóyotl, habitante eterna de la del Estado de México, México. Descubrí mi pasión por la lectura desde muy temprana edad a través de los cuentos y la poesía, lo que inevitablemente me llevó a escribir los propios años más tarde principalmente a manera de pasatiempo. Así comencé con cuentos cortos publicados en convocatorias, plataformas online y concursos, mismos que a la fecha compagino con mis estudios.

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