Patricia Juárez Vázquez: A donde quiera, solo que no a casa

Esta mañana no fue como la de todos los días, esta era más fría de lo habitual: en el rostro de mi hermana y madre podía leer su tristeza y derrota. Era natural, era nuestra “última noche” en casa y sé lo difícil que es despedirse de lo que alguna vez llamamos nuestro hogar. Mi madre, como todos los días, preparó un poco de café acompañado de nuestro pastel favorito; trató de regalarnos una sonrisa que respondimos de inmediato. Las labores matutinas fueron completamente diferentes: como el llenar la casa con flores de Azahar, todos los jarrones y habitaciones debían estar inundadas de su aroma. Evité preguntarle a mi madre el porqué de su petición, sabía que estaría fuera de lugar mi pregunta, no quería verla romper en llanto y mucho menos escuchar la explicación sobre este “ultimo día”.

En casa nadie estaba lista para la noche, con los protocolos usuales. Ir con gracia y delicadeza no era lo adecuado, sabía que al final solo deseábamos un abrazo entre nosotras. En esta ocasión, no había algún culpable que señalar por lo estaba por suceder, tampoco vivíamos entre la inocencia. Todos de alguna manera formábamos parte de este triste y penoso funeral; aunque nadie maldecía algún nombre, veía millones de lágrimas contenidas que no podían rebotar. No era el momento, pero cómo aferrarnos a la vida cuando se apagaría en unas cuantas horas.

No era un meteorito, ni el mar mostrándonos su furia o el viento arrastrándonos a  la muerte, era nuestra propia naturaleza buscando un poco de paz un poco de cordura ante nuestra propia destrucción, era la promesa de hacer algo bien por alguien, era lo que nos mantenía con la esperanza de que nada será en vano

El deseo de ser una sobreviviente se había disipado hace unos días, aunque la esperanza seguía viva como una pequeña flama dentro de mi corazón. No era lo suficiente  para gritar al cielo que esperaba esta noche ser salvada, cuando en realidad esperaba que el final fuera tan rápido, como pasar las páginas de mi libro favorito antes de guardarlo debajo de mi almohada mientras evitaba dejar caer mis lágrimas abrazada de las letras que escribo ahora y antes.

No tengo nada más a qué aferrarme, nada más que a la tinta y el papel antes del final. Aunque no sabemos con exactitud cómo será, estoy segura que no será fácil para nadie. Y es que ahora mismo siento cómo me convierto en mis peores temores, escribiendo en medio de la angustia; podría estar evadiendo el dolor y todo este miedo con alcohol, pero escribir me tiene cuerda y con la fe de que alguien me comprenderá o que algún sobreviviente sabrá quela mala época pasó. Estoy segura que este no es mi peor día en medio del infierno al que sobreviví: sentir el viento en mi cara por la ventana es recibir un poco de paz antes del final. Es irónico como mucho tiempo me la pasé corriendo hacia un hogar. Esta noche podríamos correr pero no a casa.

El final se acercaba cada vez más y la hoguera a fuera de nuestra puerta se encendía. Me despedí con un pestañeo de todo lo que estaba a mi alrededor, de mis momentos, pero no de mis sueños; porque en ellos mismos me disiparé de este gran funeral de la humanidad, donde las flores sirven para adornar el fuego, para anunciarlo, y el sol estaba apagándose lentamente que parece desconcertado, tanto como todos preguntándose cómo será el final.

Seguí el camino hacia la puerta, de la mano de mi hermana y madre; parecíamos un poco más aliviadas, no podría decir que listas para el final si no para la eternidad. Nos reunimos, alineándonos entre la hoguera que era todo lo que nos iluminaba a nuestro alrededor; las lágrimas entre las presentes comenzaron a caer y rebotar entre sus mejillas y el suelo. Y es que estábamos seguras que esté no era nuestro peor día, ni tampoco era lo que esperábamos porque el infierno comenzaría a consumirnos de alguna manera y es que en el momento en que las llamas se consumieran todos formarían parte de la cenizas, de los momentos vividos en la tierra. Nos despediríamos seguras de no ser solo el humo obscuro que cubre alguna calle, si no el fuego que ahora el viento busca apagar en éste, nuestro último día para abrazar a nuestra madre tierra.


Patricia Juárez Vázquez. Mi nombre es Patricia Juárez Vázquez, Mexicana. Compartir mis escritos en Especulativas, este maravilloso y seguro espacio para expresarte, colaborar y enviar mis participaciones; es para mi un gusto enorme, gracias por siempre alimentar el alma y el amor por la escritura para nosotras las mujeres.

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