Leticia Herrera: Thesis

Todo era familiar. El parrón, el gallinero, los muros antiguos. La casa en la que había sido feliz. Y él, con las manos en la espalda, mirando el paisaje a lo lejos, su larga cabellera al viento, tan guapo como la última vez que lo vio. Él ya estaba allí, esperándola.

Puso una mano en el hombro recio, sintiendo su calor a través de la blanca camisa. Él se volvió, sonriéndole. Sus ojos brillaron al recibirla. Su mano, renga y herida, le arregló un mechón de cabello oscuro detrás de la oreja y dibujó el contorno de su rostro. Un beso casto, acomodar su cabeza sobre el pecho del esposo y sentir su mentón barbado sobre la coronilla, entre un mar de cálida luz.

Y eso era todo. Fin. Corte a negro. Los créditos. Y la paz.

Los créditos retrocedieron, la luz se enfrió. Sopló un viento ominoso y su marido rompió el abrazo de la eternidad. Algo fuera de su pecho se iluminó. Algo al interior de su pecho se angostó. Algo que la llamaba y ella tenía que contestar. No quería dejarlo, pero mirando en sus ojos, él dio un cabeceo. Y todo volvió a irse a negro, en el vórtice en el que se apagaba el viejo televisor que tenían en esa casa.

Negro todo, excepto un punto de luz al centro de la pantalla. Se acercó, con esa angustia aún lastimándole el pecho.

Soy. Soy. Soy.

La voz que no era voz resonó en todos lados, la luz en su pecho vibró.

―¿Por qué…?

No te pusiste la reliquia para parir. Podríamos haber salido de esa, juntas. Pero aquí estás, muerta de parto, como tantas otras antes que tú.

―Si no llevaba la reliquia, ¿por qué hablas conmigo?

Tu hija te puso el relicario antes de que te llevaran a la casa de la muerte. Hubo viento y luz gris en tu partida.

―La vi.

Te necesitan aún.

El drama cósmico te necesita aún.

Los frutos de tu carne te necesitan aún.

Yo puedo llevarte de vuelta.

―No. No tienes ese poder. Eres pequeña, tan solo uno de los robles gemelos en el Santuario. Y yo me desangré hasta morir, mi corazón se detuvo, no puedo volver.

La luz que vibraba en su pecho dolió; un ruido omnipresente, como si el cielo chocara con la tierra con un rugido, la envolvió y el punto luminoso abrió sus fauces para tragársela.

Todo blanco.

Todo negro.

Y de pronto agua, olas embravecidas arriba y abajo, como en un túnel hecho de oscuridad, y agua, agua, agua, corriendo rápido a su alrededor. O quizá era ella la que volaba a través del túnel, sin control alguno. El agua se coló por sus ojos, sus oídos, su boca. Con un doloroso calambre en la cabeza, se dispuso a ahogarse. Luego recordó que no podía, que lo que dolía yacía muerto y tapado con una sábana en la solitaria sala de un hospital. Lo que ella era ahora no podía doler, ni combatir.

Solo entonces, cuando supo que no necesitaba respirar en el agua, fue que esta le proveyó de todo lo que necesitaba, como en la matriz, pero más frío, más turbulento y aún más oscuro.

Siempre se ha jactado de ser el primero de nosotros. De haber estado allí antes que todos. Pero ¿quieres adivinar quién estuvo antes?

No tuvo que formular una respuesta. Solo la sintió. En las caóticas aguas que la llenaban y la rodeaban sintió trazas de algo cálido, como una brisa, como una caricia, como una melodía. Una canción de cuna. Supo que, sin ello, el caos no habría despertado. Sin ello, la tierra no habría emergido de él, como ahora lo hacía, bajo sus pies, magma, roca, tierra, barro.

Los tres somos uno. El caos del que todo está hecho, la tierra que emerge de él y el amor que todo lo mueve. La tierra se dio un orden a sí misma para mantener a su hermano bajo control. Ustedes lo llaman el orden natural, y si es natural, ahí estoy yo, pequeña. Physis, Thesis, Metis, Dione, la Diosa, la astilla del roble que te colgaste al pecho para tener a tus hijos. Mis hijos.

Un día la tierra olvidará el orden que se había dado a sí misma, porque vosotros lo alteraréis. Te he traído al principio de todo, para que sepas cómo se oirá el final. Porque sin Cosmos, la tierra perderá el control sobre el Caos y entonces solo podrán ayudarla quienes puedan escuchar.

Mientras veía montañas y valles surgir, y elevarse la cúpula del cielo, llena de azul y estrellas, se preguntó si sería ella de quien la Diosa hablaba. Pues ella podía escuchar, ahora mismo estaba escuchando cómo había empezado todo.

La tierra aún caliente soltó vapor y éste bajó como lluvia: a sus pies surgió pasto y flores y árboles y selvas. Aspiró fuerte.

―No soy yo.                                                             No eres tú.

Nunca son los padres, sino los hijos. Ellos escucharán. Pero para que lo hagan, tienen que sobrevivir. Y sin ti no lo harán. Solo tú puedes enseñarlos a escuchar mi voz. Y si me escuchan, yo traduciré, para ellos y para sus hijos, por generaciones.

―Si no eres Metis, si no eres la primera esposa, la diosa menor, ¿entonces quién eres? ¿Cómo sabré que te escucho a ti y a nadie más, que es tu voz la que habla a mis hijos?

Todavía estoy allí, pequeña. Soy las caricias en la oscuridad. Soy las canciones de cuna, soy el entendimiento silencioso.

Suspiró, dejando que la tibieza de ese amor primitivo, el primero de todos le llenara el pecho. La tibieza se transformó en calor, allí donde solo había frío; en movimiento allí donde solo había quietud. Y en latidos.

Con un aspaviento, su cuerpo se sentó en la camilla, la sábana cayó frente a ella. Y, soltando un corto grito, el camillero que la llevaba se desplomó al piso.


Leticia Herrera es una escritora de fantasía, profesora de historia y nerd chilena. Fan de múltiples mundos de ficción, ha escrito fanfiction y fue incluida en Imaginarias: Antología de mujeres en mundos peligrosos (2018), la primera antología de ciencia ficción, fantasía y terror chilena 100% escrita y gestionada por mujeres. Posee además de otras menciones honrosas por cuento infantil. Actualmente se encuentra editando el tercer manuscrito de su primera novela de fantasía urbana.

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