Andrea Danae Ramírez Rivera: Frío en Acapulco

Cambiar el traje de baño por el suéter, pero ¡por diosa, es plena primavera!

¿Cómo llegamos a esto?

Ya hasta parece estúpido preguntarlo.

¿Realmente no vimos las señales que anunciaban este final?

Morir congeladxs, ¡valgame diosa!

Claro que lo vimos, ¿verdad?, ¿verdad?

*

Me encuentro sentada frente a mi computadora, platicando, quejándome, buscando consuelo, todo eso y más, por videollamada con mi novia, Verónica.

Ella, en cambio, se encuentra viendo la vida derretirse.

—No pensé que fuera tan rápido.

—Yo sí, pero negación, negación

—¡¡¡Es que somos unxs bestias!!!

—Si, así es. Pero, oye, ni pensar en que vengas a visitarme, ¿cierto?

—Pues esta cabrón, que más quisiera yo un descanso de este friazo.

—Si, neta que esta muy muy cabrón.

—Ya ni veo las noticias, ¡que depresión! Escuchar que estamos al borde de un ataque zombie.

—¿Leíste eso de la mutación del virus?

—¡Sí! De película de terror.

—Bueno, bueno, no todo es malo.

—Ah, ¿no?

—¿Viste que abrieron las fronteras y ya no necesitamos pasaporte/visa para vivir en otro lugar del mundo?

—Pues sí, que chingón, pero es porque ya no hay nada por imponer, ni hacer, ni nada, de nada.

—Ya sé, pero estoy tratando de alegrar un poquititito nuestra conversación.

—Lo sé, lo sé, pero me agarraste en un día cien por ciento fatalista.

—¿Cuándo no? JAJAJA

—Bueno pues, habrá que pensar a dónde queremos ir a… ¡morir!

¡AAAAAAAAAAAHHH!

Un grito de ambas hace que mi computadora se apague abruptamente (obviamente no fue por el grito de desolación). Se fue la luz. Los apagones cada vez son más frecuentes. Empezó como un suceso aislado y ahora, en promedio, diez veces a la semana nos quedamos sin electricidad.

Le escribo un SMS a Verónica:

Otra vez se fue la luz, hablamos pronto.

Piensa en qué lugar quieres ir a …¡vivir! 🙂 ❤

                                                            Enviar->

Respuesta casi instantánea de Verónica:

 Vivir, morir

¡Ya que más da!

Solo quiero verte

TQ ❤

Río fuerte y me llevo el celular al pecho, como si fuera un abrazo a Vero que extraño tanto, que más quisiera tenerla cerca de mí.

Ya nada tiene sentido, todo me da risa.

Mejor reír que llorar.

Esta tragicomedia que me ha tocado vivir, que ni mis madres, ni mis abuelxs, pensaron que fuera a suceder tan pronto.

Y estoy aquí, frente al mar, en este lugar que había sido tan bochornosamente caluroso, tantos años atrás.

Hoy, apenas y salgo al balcón con solo un suéter encima.

Todo cambia y nada permanece, pero, ¿tanto así?

Me levanto de la silla, pienso en cuanto tiempo quedará, nos quedará.

Poco, muy poco.

Tengo apenas treinta y ocho años, pienso en cuanto miedo le tenía a llegar a los cuarenta y ahora solo quisiera sí llegar a tenerlos.

Pero parece que dos años en este mundo, acabado, arrasado, por todxs nosotrxs, no serán posibles.

¿Cómo me despido del mar?, ¿del cielo?, de mirar la belleza que aún queda en el notorio desastre.

Recuento:

38 años

0 hijxs

1 madre

0 abuelxs

1 novia

7 amigues

0 casa

1 coche

Regresa la luz, enciendo la tv, noticias, se avecina una tormenta en dos días. Pronostican que no podremos salir hasta después de dos meses.

¡NO! ¿cómo? ¿Qué hago aquí tan lejos de Vero?

Me dirijo al cuarto, agarro la maleta más grande y echó toda la ropa posible.

Me espera un viaje de aproximadamente 10 horas, me preparo para ver todo en ruinas, irreconocible. Tiene poco menos de un mes que esto se puso así, de la chingada.

Llevo comida, agua, cobijas, ropa, todo listo. Allá voy.

*

Llevo ya más de cinco horas al volante, trato de distraerme con el playlist que escogí, We can do this, ay que vergüenza, no sé ni porque le puse un nombre tan pop y fresa. Pero la verdad es que funciona, dos veces en el camino se me atravesó gente para pedirme comida, les di un poco, con miedo, la inseguridad, me siento frágil en un mundo tan desolado, tan tirado a la mierda. Vero me marca cada hora para saber cómo voy y por donde, para hacerme compañía. Solo quiero llegar y abrazarla, tirarme a llorar por todo lo que he visto en estas siete horas de camino. 

*

Ya estoy muy cerca, más me acerco y más siento un calor intenso, que no había sentido nunca, me voy quitando la chamarra, el suéter, incluso hasta paré para cambiarme el pantalón y ponerme un vestido. Había estado en San Luis Potosí, varias veces, justo porque aquí nació Verónica, pero justo cuando todo se puso mal, ella se vino a vivir acá y yo me quedé en aquel departamento que ella y yo habíamos rentado solo por un par de semanas, antes de que todo se paralizará, antes de que el tiempo se transformará en algo que ya no tenía caso contar, más que verlo pasar, antes de que todo diera un giro de 180 grados.

*

Lo logré. Apenas y reconozco la calle, pero sé que aquí es donde está la casa de la familia de Vero, la alcanzo a ver a lo lejos, el corazón late, late.

Y ahora, ¿a dónde vamos?


Andrea Danae Ramírez Rivera. Escritora, editora y fotógrafa mexicana. Egresada de la carrera de Comunicación Social de la UAM- X. Desde hace 6 años trabaja en el Centro de Cultura Digital en el área de Narrativas y Divulgación. Ha colaborado con distintas editoriales en la edición de manuscritos. Interesada en el videoarte, la poesía, las escrituras disidentes y las distintas maneras de creación.

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