Miranda Campos: El hogar al que nos dirigimos – Ojos Violetas

“El auto da vuelta a la izquierda y…se fue, listo”, pensó Minoa mientras se aseguraba que ninguna presencia, humana o sobrenatural, estuviera cerca. A esa distancia, podía ver descansando a la vaca café que estaba bajo su cuidado y sería capaz de protegerla si algún granjero pretencioso deseaba llevársela.

“En qué bella vaca te has convertido, Delia, siempre te reías imaginando que las diosas te harían un mohicano gracioso, pero no, gran señora, te dejaron un copetito normal. Aun así, te reirías…” una voz pequeña y vivaz interfirió con los pensamientos de Minoa: 

—¿Ya la llamo?—, susurró inquieta, la joven Lina, revelando su ubicación tras un arbusto. De talle alto y recién cumplidos los 16 años, Lina, era una mujer morena bajo la tutela de Minoa. De cabello corto café, piernas fuertes y caderas anchas.

—No se está moviendo, yo digo que es momento. Mi canto ya mejoró, puedo hacerlo. No pasará como con Matilde.

Minoa sonrío al recordar cómo la pobre Matilde, una vaca color blanco con manchas negras, caminaba confundida en círculos hasta que rendida, se echó sobre el pasto. Dirigirla hacia un camino seguro para comenzar su viaje fue una aventura. Sin embargo, no era momento para cantarle a Delia, debía acostumbrarse a su nuevo cuerpo o podría perder su conciencia. Minoa se llevó un dedo a su boca en ademán de silencio; Lina, respondió con un puchero:

—Tú, ya no confías en mí, seguro ni te disculpaste de mi parte con Matilde en la ceremonia de Octubre—, dijo en un susurro molesto.

-Claro que sí, me dijo que ni humana se había mareado tanto.

—¡Qué cruel eres, Minoa! Si tu cuerpo no fuera tan fuerte y fueras la mejor ganadera a kilómetros, créeme que te empujaría y me marcharía de aquí. 

—No miento, fue lo primero que recordó—, dijo Minoa entre risas y continúo. —Intenta empujarme, hace falta fortalecer tu cuerpo, caminarás mucho en este oficio.

Lina se puso frente a Minoa, subió ambos brazos a la altura de su cabeza en un ángulo de noventa grados, rodillas dobladas, lista para embestir. La gran ganadera, liberó el cabello negro ondulado que escondía bajo su sombrero vaquero. Minoa era una mujer de tez morena, 1.72 de altura. Los rayos del sol sobre su figura destacaban sus músculos, imposible no describirla como una bella escultura color caoba. Al sentir su imponente presencia, Lina sin pensar mucho, embistió con toda la fuerza que pudo. Sostuvo a Minoa del cuello como le había enseñado, pero, no pudo moverla. La experta ganadera, agarró su brazo derecho y con su mano libre dirigió el cuello de Lina hacia abajo. Abrió su pierna hacia un costado, dio un paso hacia delante para desequilibrar a su aprendiz y colocarla sobre su espalda; el camino por los aires hacia el suelo fue inevitable. El cuerpo de Lina impactó en el suelo removiendo las hojas a su alrededor.

—No es justo—, musitó Lina intentando recuperar el aire. —¡Y todavía bailas!

Minoa estiró su ropa mientras avanzaba unos pasos balanceando sus caderas, estirando sus brazos hacia el cielo.

—¿Bailas así para las vacas?—, preguntó su adolorida aprendiz.

—¡Claro que sí!—, dijo emocionada mientras meneaba un poco más las caderas para sentir la carne de sus nalgas y piernas moverse.

—No se trata sólo de arrearlas y cantarles, hay que acompañarlas, estar para ellas, hablarles, ser amorosas, aunque sólo nos crucemos por un instante. Ser ganadera, Lina, es cuidar, acompañar, amar. Es estar ahí e incluso hacer cosas que tal vez creíste imposible realizar, ser más fuerte, más empática. Cuidar es un proceso en el que te encuentras a ti misma, eres reflejo, guía y remanso. No lo das todo o te ignoras a ti misma priorizando las necesidades del otro, se trata de construir una red de amor que hay que nutrir constantemente. Cuidar a otros es procurarnos nosotras mismas, Lina, no olvides eso.

—Pero, ¿y si no las conoces?, creo que tú las cuidas más que ellas a ti—, intervino Lina, mientras se incorporaba desde el suelo.

—¿Entonces para cuidar y procurar a alguien les tengo que conocer a profundidad? Ni me respondas. El mundo te ha enseñado a ser así, a ver los cuidados como una moneda de cambio. Parte de los conocimientos que me encomendaron transmitirte es hablarte del mundo posible, del que ya existe bajo la dirección de las mujeres. Espacios en donde colocan en el centro su energía para que todas podamos sentirla, sin jerarquías, sumando saberes. Esta energía es capaz de abrir puertas a otros mundos, crear espacios seguros, abrazar corazones y hacen que hasta una mujer seria como yo, baile en medio del bosque. Cuidados materiales sí recibo, si a eso te refieres, al fin y al cabo, necesitamos medios para movernos en el mundo común. Pero me cuidan de mil maneras más.

Minoa recuperó su sombrero vaquero del suelo, lo colocó sobre su cabeza sin ocultar su cabello y continuó hablando:

—Nuestro trabajo encomendado por las diosas y por nuestras ancestras ganaderas, es el de cuidar a nuestras hermanas. ¿Tú crees que andar errante por la vida es fácil? No, somos una comunidad fuerte que ha resistido por siglos. Nosotros respetamos la valentía de las mujeres que purifican las almas renunciando a su cuerpo mortal; y ellas la nuestra, al elegir una vida de ganaderas. Valoramos nuestro ser individual en igualdad y lo transformamos en energía colectiva para cuidarnos. Si nuestras hermanas se lastiman, desorientan o se sienten solas, estaremos ahí para ellas…

—Gracias al Kulning—, completó Lina.

—Así es, gracias a la técnica de nuestras hermanas escandinavas para llamar al ganado, que, en voces de mujeres como nosotras, nos permite conectar con ellas en su forma sagrada y cuidarlas hasta Octubre.

—¿Entonces a dónde las llevamos exactamente?

—A su nuevo hogar, el que ojalá reinara sobre esta Tierra—. Minoa le regaló una sonrisa a su aprendiz. —Un espacio seguro, de cuidados, donde se respetan voluntades, se exponen sentimientos sin encasillarlos entre “buenos y malos”, se descansa, aprende, podemos ser una misma y regocijarnos, porque ante todo, tendremos la compañía y el amor de nuestras hermanas.

—Y yo aún no puedo entrar, me falta mucho por aprender, me dirás, ¿qué sigue entonces?—, preguntó Lina mirando a su maestra.

Minoa extendió su brazo para levantar a Lina del suelo. Una vez de pie, le dio un fuerte abrazo.

—Seguirnos cuidando, porque tú mi aprendiz, también me cuidas—, sostuvo con sus manos ásperas la piel tersa del rostro de Lina un momento, después, comenzó a retirar las hojas que se habían quedado pegadas en su cabello—. Además de eso, tenemos que recuperar un par de cosas de la casa de Delia. Me dijo que quería que nos quedáramos hasta que su nieta volviera, estaba segura de que lo haría.

—¿Su nieta?

—Sí, Dalia—, respondió Minoa—. Creo que le tendremos que explicar todo nosotras. Por ahora, Delia está bien, sigue vigilando mientras me comunico.

Minoa se internó varios metros en el bosque, Lina la perdió de vista, pero, después de 3 años acompañándola pudo imaginar cómo cantaría con sus ojos cerrados, en conexión total con su intuición y el poder en ella. Sus manos alrededor de su boca para amplificar las notas convertidas en un embellecedor sonido que llevaría por el aire hasta sus hermanas, el siguiente mensaje: “Aquí estoy si me necesitan, el hogar al que nos dirigimos, el que merecemos, se presentará ante nosotras mientras avancemos en este camino juntas”.

Miranda Campos. Amazona de titanio. Feminista. Comunicóloga Social mexicana que radica en Cancún y se dedica al marketing digital. Escribir es un gusto que está retomando y en el que ha encontrado un espacio para compartir sus experiencias en torno al dolor, cuerpo, cáncer, discapacidad y lo que guarda su imaginación.

@titaniumamazon

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