Itzel Espinosa: Aún estaban resplandeciendo

Apenas el agua tibia tocó la punta de su pie, el calor reconfortante comenzó a invadirla, hasta que quedó sumergida por completo en aquella tina. Con la mano tomó una de las florecillas que nadaban a su alrededor. No se parecía a ninguna que hubiera visto antes, pensó que quizá solo crecía en las montañas verdosas de esa región. De pronto, alguien entró en la habitación. ¿Cada día vendría una distinta? No lo sabía, ni entendía muy bien ese lugar al que sus padres la llevaron como último recurso.

Esta mujer le era conocida: la notó por ser una de las más jóvenes que asistía a las pacientes. La mayoría de las encargadas era de edad avanzada, pero todas lucían más llenas de vida que las que estaban ahí para recuperarse. Además de la juventud, habían llamado su atención los tatuajes que tenía en cada muñeca. Mientras caminaba hacia la tina, fue difícil concentrar la vista en otra cosa que no fueran esos dos círculos que le recordaban sus propias marcas.

—Hola Amanda, mi nombre es Susana—, dijo la mujer.

Amanda respondió con un saludo tímido.

—Me da gusto que al fin nos presentemos. Hoy tendremos nuestra primera sesión—, le explicó.

Susana irradiaba un entusiasmo agradable, contagioso por su tono de voz, sus gestos amables. En pocas clínicas Amanda había sido tratada así.

—Te ayudaré a tomar el baño para iniciar, ¿de acuerdo? 

Amanda asintió. Susana recogió agua con sus manos y la dejó caer sobre la cabeza de la joven. Le extendió una piedra lisa para que tallara su cuerpo. Luego Susana frotó la piedra por la espalda, la nuca y el cabello largo de Amanda.

—¿Qué clase de florecilla es esta?—, se decidió a preguntar.

—Es una que ya solo crece en este rincón del mundo. Le llamamos hierba de San Juan.

Al terminar el baño, Amanda se secó y se colocó el camisón. Susana la condujo a la habitación contigua, iluminada con velas, se sentó en un taburete y le pidió que se colocara en otro frente a ella. Estiró los brazos, con las palmas hacia arriba, y le solicitó a Amanda que hiciera lo mismo, poniendo sus muñecas a la altura de las suyas. Quedaron descubiertas las heridas que la joven se había hecho con una navaja de afeitar tres días atrás, antes de llegar al sanatorio. Eran similares a las que Susana tuvo hace años, cubiertas ahora bajo sus tatuajes.

—Haremos tres respiraciones profundas para iniciar, después voy a tomar tus manos y comenzará la sesión.

Ambas inhalaron con un poco de nerviosismo, Amanda porque no tenía idea de lo que debía esperar; Susi porque era la primera vez que como aprendiz de sanadora utilizaría esta terapia. Aunque había estudiado por meses la técnica con las mayores, temía causar daño en vez de ayudar.

Las manos de las dos mujeres se sostuvieron, Amanda percibió la suavidad de la piel de la aprendiz, que ya tenía los ojos cerrados. Los tatuajes comenzaron a emitir una especie de brillo en el contorno, una luz que se encendía más y más. Amanda estaba confundida; pronto escuchó en su mente la voz de Susana pidiéndole que no tuviera miedo.

—Estoy contigo, vamos a tranquilizarnos.

Susana sabía que debía calmarse a sí misma para transmitirle esa sensación y continuar.

—Si tú me lo permites, podré ver qué es lo que te ha hecho daño, Amanda. Juntas lo veremos. ¿Te gustaría mostrármelo?

Amanda accedió. Susana tuvo suerte de que su primera paciente intuyera de manera tan sencilla el proceso. Usualmente tomaba más de una sesión entenderlo.

Pronto Susana presenció las imágenes que Amanda traía a su memoria. Al inicio eran escenas felices caminando con un muchacho por la ciudad, abrazándose antes de dormir, él cumpliendo los caprichos de Amanda, llenándola de besos y cariño. Después esa alegría que sentía Susi como si fuera suya se convirtió en una gran ansiedad, pues Amanda comenzó a recordar cuando él le gritaba por celos, cuando se fue de su casa molesto porque ella no tenía ganas de complacerlo o aquella vez que en un restaurante le insinuó, frente a sus amigos, que no era muy lista.

Amanda revivió las peleas interminables, el sentimiento de culpa por creer que no era lo suficiente amorosa, guapa o buena para él, a pesar de que su vida giraba en torno a la relación y los planes que compartían. Tener una casa, un perro, tal vez un hijo. Irse muy lejos, juntos. Todo se esfumó cuando él decidió terminar.

Una tristeza honda, profunda, cayó sobre el pecho de Susi. Eso era lo que había quebrado a Amanda, la pérdida del amor que había puesto solo en él, y que había olvidado para sí misma.

Susi tuvo que sobreponerse al sentimiento que le transmitía Amanda. Sabía que podía perderse en aquel estado porque se entrenó para recibir todo lo que la otra quisiera compartir y lo sentiría como si hubiera experimentado en sí misma cada cosa. Aunque las emociones eran fuertes, Susana deseaba sanarla, así como a ella la habían sanado las mujeres de las que aprendía ahora. Entonces le habló.

—Te entiendo, Amanda. Lo he sentido contigo mientras lo recordabas. También me perdí en la pena por un daño terrible que no sabía cómo remediar. Ahora te contemplo y percibo tu bondad, tu inteligencia, tu entereza. Serás feliz, solo debes aprender una forma distinta, comprender que lo que necesitas está aquí dentro. Te acompañaré en ese camino hasta que lo logremos.

Susana aspiró el olor a romero que desprendían las macetas de la habitación y comenzó a transferir hacia Amanda la claridad que le ayudaría a confiar en sí misma, a reconocerse de nuevo. Fue abandonando la mente de Amanda, quien se sintió cansada al terminar. Abrieron los ojos. Sus dedos las mantenían sujetas la una a la otra. Se soltaron las manos y notaron que, a pesar de haberse separado, los tatuajes aún estaban resplandeciendo.

Itzel Espinosa Fuentes (Ciudad de México, 1995). Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Aprendió a imaginar mundos posibles y ahora los escribe. Textos suyos aparecen en el blog Pensar lo doméstico y la revista Punto en línea.

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