Melanie Márquez Adams: Gente civilizada

Si quieren que les cuente mi historia, debo comenzar con aquella que nos enseñan desde niños.

Cuando todo empezó a cambiar, cuando el mundo empezó a tambalearse, tres familias supieron que era el principio del fin. No estaban dispuestas a esperar a que desastres y nuevos gobiernos les arrebataran el legado de sus ancestros y entonces reunieron sus recursos y se prepararon. Compraron una montaña y construyeron allí su nuevo hogar.

Llenaron el refugio con cosas que les permitirían mantener la vida a la que estaban acostumbradas y llegado el momento, las tres familias se encerraron con sus sirvientes y su oro y pagaron para que un ejército privado vigilara perpetuamente la puerta.

Antes de seguir, quisiera preguntarles… luego de que acabe mi historia, van a llevarme a casa, ¿cierto? Es que tengo mucha hambre…

Muy bien, continúo.

Por mi parte, crecí pensando que aquellos soldados eran lo único que me protegía del mundo de afuera y de toda su oscuridad. Algunas noches me quedaba despierta, metida en el estrecho cajón de la litera que compartía, imaginando el caos total de ese otro mundo. Imaginaba criaturas grotescas de dos cabezas, destrozándose unas a otras, y entonces agradecía a la montaña por nuestras paredes firmes y nuestra puerta cerrada.

En estos días he aprendido que las cosas que tengo para contar acerca de la vida en el refugio parecen causarles gran sorpresa. Incluso miedo. Por eso, antes de continuar, quiero dejarles algo muy claro. Nosotros somos gente civilizada. Nos vestimos para la cena todas las noches con vestimentas delicadas, tan suaves como nuestra mantequilla, cosida con las mejores y más grandes agujas que pueden haber visto. Usamos tenedores de plata y copas de cristal y comemos nuestra carne en porcelana fina.

Ahora sé que mientras varias generaciones de mis ancestros vivieron en el refugio, en el mundo de afuera ocurrieron terribles guerras y epidemias y que, durante un tiempo, la vida humana pendió de un hilo. Durante todas esas décadas, los descendientes de las familias tuvieron la suerte de permanecer seguros, gozando de una salud tan robusta como nuestra montaña.

Estábamos tan bien escondidos que tuvieron que pasar casi dos siglos para que alguien tropezara con nuestra puerta. Durante meses los escuchamos tratar de entrar y cuando finalmente lograron cruzar nuestro umbral, su sorpresa fue mayor que la nuestra. Nosotros sabíamos muy bien que ustedes estaban allá afuera. En cambio, ustedes pensaban que estaban abriendo una tumba.

Pero sí hubo otras cosas que nos sorprendieron. El sol era algo que tan solo existía en nuestros libros y jamás habíamos visto otro tipo de criatura que no fuera un ser humano. No teníamos fruta o verduras más allá de las pocas que podíamos cultivar bajo la luz de las lámparas de aceite.

Ya sé que justamente por ese detalle, nos trajeron aquí. Por la respuesta que les dimos cuando nos preguntaron de dónde venía nuestro aceite. Y ahora ustedes me piden que les cuente mi historia para ayudarlos a comprender. No sé si en realidad lo podrán hacer, pero acá va mi intento.

Por cierto, no olviden su promesa de llevarme a casa. Porque ya pronto acaba mi historia y en verdad tengo mucha hambre…

De acuerdo. Nos acercamos al final.

Son tres los principios que guían la vida en el refugio: nosotros somos nuestro mayor recurso, la familia sustenta y nada es desperdiciado.

Nos horroriza ver el gran desperdicio que existe en su mundo. Todo un cuaderno para escribir un par de párrafos. Frente a mí, un cerro de comida. (No, no es esa la comida que quiero). Incluso tenerme a mí en este lugar, una mujer ocupando una habitación en la que cabrían perfectamente decenas de personas es un desperdicio incalculable.

Pero ya veo que así funciona su mundo. Ustedes no valoran absolutamente nada.

En nuestro refugio, todo, absolutamente todo es precioso. Especialmente, las personas.

No desperdiciamos nada, ni a nadie. Los bebés que nacen con problemas y los ancianos bendicen nuestra comunidad. Cualquiera que sea demasiado débil para la vida, sea cual sea el motivo, nos sustenta.

Vivimos en un mundo encerrado, de concreto. ¿Comprenden lo que les estoy diciendo? No podemos cavar. No podemos incinerar. Incluso si quisiéramos desperdiciar a nuestros muertos como ustedes lo hacen, simplemente no podríamos.

Es por eso que esta comida que ustedes me ofrecen y me quieren obligar a comer no es reconocible para mí. Esta carne huele mal. Me sabe mal. No se parece en nada a la carne que ha nutrido a mi gente durante generaciones. Hay algo profundamente perturbador en este alimento que a ustedes les gusta tanto.

Se acerca el final de mi historia. ¿Me van a llevar de vuelta al refugio, cierto? Por favor, tengo hambre, mucha hambre. Tan solo quiero volver a casa.

Melanie Márquez Adams (Ecuador/EE. UU.) es la autora de Querencia: Crónicas de una latinoamericana en USA (Katakana 2020) y Mariposas negras: cuentos extraños (Eskeletra 2017). Máster en Escritura Creativa por la Universidad de Iowa, su obra en inglés y en español aparece en varias antologías y revistas literarias. Recientemente tradujo al español Yo y la supremacía blanca, un libro de trabajo antirracista por Layla F. Saad (Penguin Random House Español, 2020). 

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