Linda Acosta: Mudanza Verdemar

“La luz es la mano izquierda de la oscuridad,
y la oscuridad es la mano derecha de la luz;
las dos son una, vida y muerte, juntas como amantes.”
-Ursula K Le Guin, en La mano izquierda de la oscuridad-.

I.

De otras formas, que son otras vidas como camaleones venimos avanzando. Nos encontramos aquí, en este tiempo sin horas. Eternidad en las miradas. Cierro los ojos, es el único modo de volver al hogar. Y sin embargo, extraño tu voz, la imagino, sólo es real cuando me tocas. Caminamos. Hace frío, y la flama de tus pupilas me enciende. Hace calor, volamos con la imaginación, me sueltas y avanzamos. Descanso necesario, nos recostamos en silencio en un lugar cobijo con cubierta de roca, sigue lloviendo. Cierro los ojos.

Nuestra piel es verde, como el futuro que imaginamos, pintamos con estas manos, a través de nuestras huellas a grises, de la desesperanza por el miedo. Se fueron desvaneciendo. Volveremos a encontrarles, por eso las huellas, para reconocernos. Mismo origen, fractal. Guardamos silencio. Cierro los ojos. Me acaricias, has encendido una pequeña fogata, hemos encontrado una tetera, siempre llevo hojas de hierba para estos momentos.

— Un poco de té para ti—, me dices.

— Gracias, aún no recuerdo este sabor, parece que fue hace tres vidas, antes de la espiral Messier 88, o, después de vestirnos de luz en el Molinillo Astral-M83 en la constelación de Hydra. Quizá fue ayer, cuando escapamos de la inminente inundación en la Isla. Conservas el valor de tomar el timón, en momentos de angustia.

—Conservamos la memoria, a través de nuestros luceros, cuando me miras, siento ese impulso de cuidado.

—Bellos luceros, los tuyos, te digo. Sabes a menta con miel, te recuerdo, nos cuidamos.

Un sorbo de té, nos relaja. Nos falta el aire, sabemos que el planeta azul fue invadido por la desmemoria, en la diversidad de nuestros semejantes. Entonces es de gris que el cielo se fue cubriendo. La abuela lluvia, lloró, tal fue su llanto que inundó ciudades. La tristeza se volvió furia, la abuela en sus regaños nos recordaba volver a respetar a Tonantzin Omecíhuatl; Gaia. Madre-hermana dadora de frutos, flores, y demás seres que se posan en ella. Te honramos, fertilidad. Abuela llora, y en su rabia inunda ciudades, llora sobre Ixmukané, su hija.

Desde un risco, sentados, podemos oler incertidumbre. El olor se hace cada vez más fuerte. Siempre estuvo ese aroma, desde los inicios del proceso, en esta galaxia. Hoy es un perfume penetrante, esencia y dualidad.

—Tenemos maíz molido, hice unos bizcochos. No he podido encontrar plátanos, y sin embargo, la selva crece, y se devora a sí misma, el mar la atrapa; me dices.

—Ahorremos palabras, de igual modo escribir resultará inútil, todos los escritos serán ahogados en esta inmensidad, te respondo.

—Eso siempre, es mutuo—, te digo.

Antes jugábamos con vocablos, nos gustaba encontrar definiciones poéticas a sucesos o acciones;  más, tratábamos de evitar la palabra “amor”, no queríamos definir, ni etiquetar eso que nos va hilando, a dos. “Vuelo de águilas”, “fresas perennes”, “cacao con vainilla”. Hoy, es lo que nos une,  la conexión universal, eso en lo profundo y el tufo a incertidumbre en lo superficial. Una gran ola se ve a kilómetros, distante. Sabemos que debemos seguir subiendo, hacia las montañas. El deshielo es eminente. Me tomas de la mano, e inmediatamente pongo mi dedo índice sobre los labios.

Los bizcochos han sido lo mejor de esta interminable caminata. Un poco de maíz seco, fruta y agua, moldeados con tus manos, masa expuesta al sol, antes de que despertara. Agradezco tu compañía, te sonrío para expresarlo. Cierro los ojos y acaricio tus manos, ambas. Sé que si seguimos escalando, entonces las frutas irán desapareciendo. Quizá encontraremos otras opciones de alimento. ¿Hasta cuándo? ¿Hasta dónde? ¿Y por qué? Son estás preguntas que me hago en silencio, ya no buscamos con la razón, estamos vueltos instinto e intuición. Sobran las palabras entre nosotros. ¡Qué bien nos entendemos! Incluso en las inercias hay una chispa en nuestra reflexión ocular, mejorar.

Han mutado especies, debemos tener el corazón abierto, a todas las posibilidades. Tenemos toda la eternidad, sólo nos renovamos, quizá hemos aprendido en esta fase el color verdoso.

II.

Dos camaleones se miran, rodeados de lluvia, bajo un arcoíris tímido. Hay un olor a inquietud. Ellos se observan con verdad. Se tienen sin propiedad, al cerrar los ojos siguen estando en el hogar, no se pierden, se han encontrado. Se sueltan encontrando su lugar, examinan el cielo. Truena, y una ola enorme se nota tan cerca. Entra como un rugido a poca distancia, cerca del risco donde hay migas de cux’l, maíz.

—Veo a un grupo de decenas de personas caminando hacia el oeste, quizá, por ahí debemos continuar. En colectividad.

—¿Un grupo de personas que se juntan para un fin? ¿Cuál es el fin? ¿Qué fin? ¿Hay fin?

—Veo una luz, o luces en el firmamento, no son relámpagos, ni centellas. ¿Puedes verlas?

—Cierra los ojos—, te digo.

—Toma mi mano—, me respondes.

—Venimos de las estrellas, no temas. Es una transformación más, la materia, los elementos químicos, el misterio, es sólo una transformación más.

La luna se mira tan diosa, tan perfecta. Esta se acerca cada vez más, parece crecer y con ella el oleaje. Ella vivirá en nuestro próximo cambio, se presiente. Este lugar que se ha ido haciendo más a menos, es inevitable, ha sido solamente una experiencia. Nuestra madre, nuestra hermana, un hogar conteniendo una andanza general, aventuras espaciales. Gravedad, planeta azul y verde. Dadora de conciencia a inconscientes. Gratitud, gravitación, atracción, trascendencia.

Adoptamos ser verdes porque decidimos empatizar con otras misiones terrestres. ¿Qué es el verde para ti? ¿Por qué dejamos que se desvaneciera el verde por el gris? Nuestras huellas fueron semillas, brillantes en los luceros de grises, ellos desvanecieron cubriendo con asfalto este desenlace, solo un episodio. Nuestra semilla no ha sido en vano, ahí estaba en el plomizo como una flor, como un poema, como un silencio entre nota y nota en una melodía.

Pleamar, huele a sal, tenemos sed, nos vamos secando, marchitando. Vemos flotar a una multitud de cacharros: licuadoras, autos, muñecos de plástico, zapatos, pañales, paquetes de poliestireno, obras de arte, almohadas. La siguiente ola salpica nuestras espaldas. Con la orbe empezamos a verdemar.

Linda Acosta Rodríguez, de Villahermosa, Tabasco. Vivió 18 años en Madrid, algunos meses en Honduras, otros en Ecuador. Actualmente reside en Inglaterra. Nómada, cosmopolita. Maestra en Relaciones Internacionales Iberoamericanas por la URJC (Madrid), Socióloga por la UAM-X (CDMX). Feminista, taróloga, viajera, cocinera, sorora, anarquista. Amante de las letras y de la naturaleza.

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