Andrea Ortiz Morales: Los movimientos del núcleo interior

Eréndira se posó frente a mí, nos miramos y sonreímos, cerré los ojos y comencé a acercarme para besarla, sentí un soplido en mi rostro y al abrirlos de nuevo, se había desvanecido, dejando tras de sí un sonido débil, como el que hacía su nariz cuando tenía frío y buscaba calentarse. Quise gritar, aventarme en esa bruma, que era ella y que duró dos segundos suspendida, pero sabía por qué lo había hecho: para que yo pudiera huir.

Soy Irma, del elemento tierra. Trabajo en las minas con coordenadas planetarias 21°01′08″N 101°15′46″O. Toda mi vida he vivido aquí en esta ciudad subterránea y no me gustaría moverme; aquí están mis hermanas, mis madres, mis amigas, aquí también me he enamorado de otras terrestres, como nos llamamos. Aunque entre nosotras también hay tipos, están las que viven arriba: las que mantienen la organización agrícola, forestal y sus divisiones, y las que cuidan el nacimiento y crecimiento de las montañas, volcanes y otras formas de relieve.

Cada elemento tiene su función en la dinámica planetaria, trabajamos en conjunto todo el tiempo. Por ejemplo, aquí abajo creamos túneles por los que facilitamos el paso del fuego o de aguas subterráneas hacia la superficie; abrimos agujeros por donde los geisers se liberan y otros que permiten el tránsito del aire del núcleo interior hacia afuera y viceversa. Por esto último fungimos como medio de comunicación entre las aéreas internas y externas, pero tenemos casi prohibido entrar en sus terrenos.

Aunque hay días y momentos de descanso forzoso en los que se te exhorta a no hacer nada, esto no te invita a que puedas pasar de un área elemental a otra tan fácilmente, y no sólo porque podrías entorpecer el trabajo ahí, sino porque no sobrevivirías mucho tiempo. Cada uno tiene su propia atmósfera, y entre nosotras tenemos anatomías muy distintas. Las terrestres nos mantenemos vivas por el contacto constante con la tierra que nos da la energía esencial para el funcionamiento de todo nuestro cuerpo, podemos estar un tiempo relativo lejos, pero después de un rato necesitaremos volver a la tierra.

Eréndira me explicó que ellas tienen un sistema llamado “respiración por oxígeno”, pero que algunas aéreas han desarrollado también “por ozono”. Depende de qué tipo de aérea seas, será el tipo de respiración que desarrolles mejor, aunque si decidieras visitar las otras zonas, tendrías que estar unos cuantos días adaptándote al contexto. Nosotras, las terrestres, también debemos adaptarnos al tipo de tierra cuando visitamos otros espacios, cuando yo subí una vez a las minas de las coordenadas 28°48′51″N106°26′22″O a ver a mi tía Teresa, sólo tuve que estar acostada varios días en el suelo. No fue muy agradable porque también debí acostumbrarme al calor.

Mi mina no está muy lejos de mi casa, tengo que subir hacia una meseta por uno de los caminos empinados y llenos de piedras, y luego atravesar el jardín de lámparas horizontales que a esa hora de la tarde se preparan para irse a dormir: aunque las ciudades subterráneas están iluminadas siempre, las lámparas descansan, como nosotras, durante la noche, y alumbran más intensamente durante el día. Parece que referirse al día y la noche como momentos distintos es inútil, en un lugar donde siempre hay oscuridad e iluminaciones dependientes de las lámparas y focos (y a veces de su estado de humor), nos apegamos a cómo miden el tiempo en el exterior. Dicen que las luces que se vinieron a vivir a las ciudades subterráneas evolucionaron imitando la incandescencia del sol y la sutileza de la luna.

Un día, mientras pasaba por el puente que cruza de este jardín hacia el inicio de mi colonia, me encontré un orificio por el que casi me caigo. Me pareció raro no porque existiera, sino por su profundidad y porque, generalmente, las encargadas del espacio público de esta ciudad no dejan que estas cosas ocurran: no necesitas un gran equipo de trabajo, nosotras manipulamos la tierra. Me quedé observando el orificio e intentando analizar su estructura para poder taparlo, una vez entendido, puse manos a la obra. Quedé satisfecha con mi trabajo de mantenimiento. Cuando estaba por irme, escuché y sentí que la tierra, que acababa de poner, se movía y, al voltear a verla, observé cómo comenzaba a hacer un remolino, luego un agujero con forma cónica que no parecía tener fondo. Me hinqué para observar más de cerca lo que ocurría y estuve en esa misma posición, aun cuando la tierra ya había terminado de moverse.

Pasaron unos minutos hasta que volvió a suceder algo, un hilito de aire salió y me enfrió el rostro, jamás había sentido tanta frescura, mi piel reseca la absorbió rápidamente y sentí una especie de alivio. Tal vez es esto a lo que se refieren las acuáticas con “humectar”. Cerré los ojos. Cuando los volví a abrir, tenía ante mí la cara casi transparente de una aérea, era Eréndira. Nos quedamos viendo en silencio, ella tenía una mirada expectante y yo, creo que sólo tenía los ojos bien abiertos y procuraba no cerrarlos, como si al hacerlo me fuera a perder de un cachito de la oportunidad de verla y, con ello, de su cara, que desde ese momento me pareció hermosa.

A las terrestres usualmente nos gustan las mujeres como nosotras mismas: piel seca y morena, narices achatadas, ojos y bocas grandes, como soy yo; su piel era casi intangible, traslúcida, sus ojos, boca y nariz muy delgados, sus cabellos flotaban en el aire; y nosotras solemos traer el cabello recogido en una trenza o muy corto. No sé cómo explicarlo, pero me gustó. Sentí otro soplo, que esta vez no supe de dónde salió, del pecho hacia el final de mi cabeza. Me puse más tensa de lo que normalmente es mi cuerpo terrestre, y al mismo tiempo me sentí aturdida, tanto que no me percaté de que la tierra había cambiado físicamente y ahora, en vez de ser como un barro compacto, se había vuelto una arena sin anclaje y comenzaba a sumergirme en ella. Me di cuenta qué pasaba hasta que vi cómo sus ojos, que no había dejado de ver, ni ella los míos, ahora miraban hacia abajo.

Al descubrirme descendiendo, intenté volver a enderezarme, pero mis rodillas y mis manos sólo parecían anclarse más. Eréndira se alarmó y comenzó a crear remolinos que me levantaron, no sé por qué mis habilidades con la tierra no funcionaron, me quedé como paralizada. Hasta que sentí cómo me elevaba hacia afuera de la arena, es que comprendí lo que estaba sucediendo. Una aérea y una terrestre encontradas.

—Hola, terrestre —dijo. —Me llamo Eréndira, soy una aérea del núcleo interior. ¿Cómo te llamas?, ¿puedo tocar tu piel? —Sólo me quedé mirándola y, sin esperar respuesta, resbaló su dedo índice por mi mejilla, observando atenta cada uno de sus propios movimientos, sentí un aturdimiento que no había experimentado antes.

—Oh, discúlpame. No esperé a que contestaras, es que eres muy bonita. Nunca había visto tan de cerca a alguien como tú, sólo en ilustraciones —dijo, y apartó su mano. Me sonrojé, no me di cuenta que tenía la boca ligeramente abierta hasta que logré articular una palabra.

—Soy Irma —y me sonrojé más. —Yo tampoco conocía a tu gente de cerca. Ahora que me tocaste, te sentí como un soplo.

—Bueno, es porque soy muy ligera. Eso me permite volar, ¿sabes? Y hacer cosas como estas —En ese momento toda ella se volvió una ráfaga de aire que envolvió mi cuerpo. Entonces sentí la humectación de la primera vez, cuando recién me había asomado al orificio, pero en todo el cuerpo. Tal vez así se siente respirar.

Después de eso, salió disparada hacia las lámparas que la alumbraron asustadas, y todo su cuerpo se encendió. Quiso tocarlas, pero tan pronto como ella se acercó, corrieron a esconderse una detrás de otra. Son muy caprichosas. Eréndira les sonrió y sin abandonar su figura de ráfaga, acudió a mi lado, que seguía sin entender bien qué sucedía.

—¿Cómo llegaste aquí? No tenemos permitido estar en otro elemento —pregunté en voz baja.

—Ah, ya lo sé —suspiró. —Desde niña me han hablado del otro lado del núcleo, de lo que puede o no haber, sólo intercambiando ilustraciones. Nosotras nos mantenemos inmóviles en el corazón de la madre, como dice la poeta Jimena Jurado, y sin salir a comprobarlo. Unas cuantas lo han hecho, vuelven con noticias, escriben poemas, obras de teatro, pintan, graban, componen canciones, pero no a todas se nos permite observarlo para seguir creando. No podía mantenerme un momento más en ese hueco gigante, quería sentir cómo es al exterior del núcleo, y aquí estoy, fuera, por primera vez, frente a ti.

—Alguna vez también tuve curiosidad, pero no la he seguido, tal vez porque toda la vitalidad que necesito está aquí en la tierra.

—Ahora que me conoces, ¿te gustaría saber cómo es? —al decir esto, giró a mi alrededor y luego se elevó. La seguí con la mirada, intentaba descifrar cómo era. Me quedó claro desde entonces que no sería posible. Recorrió el parque, se elevó más. De pronto tuve miedo de que la descubrieran.

—¡Eréndira! —la llamé. Vino rápido a mi encuentro.

—¿Sí? —estaba demasiado cerca de mi rostro y de nuevo me aturdí al sentir su respiración de oxígeno.

—Recuerda que, aunque lograras entrar aquí, no podemos visitar otros elementos—. Frunció el ceño e hizo una mueca con la boca.

—Mmm, ¿qué tienes que hacer ahora?

—Voy a mi casa, no está muy lejos de aquí. Mañana es mi día de descanso y quiero comenzar desde ahora a hacerlo.

—¿Entonces no tienes nada qué hacer? —me rodeó.

—N… no —titubeé.

—Perfecto —sonrió. Hizo una inhalación profunda, me tomó de la muñeca y me jaló hacia el interior de la tierra a gran velocidad.

Cerré los ojos y no pude evitar gritar, aunque mi grito parecía ahogarse entre el barro. De repente, silencio, y una sensación de no estar en ninguna parte, pero estábamos en el núcleo interior. Nos encontrábamos en el límite entre el elemento tierra y el aire. Una vez ahí, y debido a mi peso, comenzamos a caer con mayor velocidad, se posó frente a mí, me tomó ambas manos y sentí su exhalación profunda en mi rostro. De pronto estaba envuelta en una especie de cápsula de aire y podía flotar como ella.

—¡No puedo creer que me trajeras aquí! ¡Yo sólo quería tapar ese maldito orificio! —le grité, ella se rio.

—Toma, no te enojes —amarró un gran pedazo de roca alargada a mi brazo. —He leído que ustedes obtienen su vitalidad de la tierra.

—Gracias, pero no hará falta porque me llevarás de regreso de inmediato.

—Claro, pero antes, ¿no quieres ver cómo es? Digo, ya te traje hasta acá. ¿Vas a desaprovechar la oportunidad?

—Eréndira, estoy asustada —y me di cuenta que estaba temblando. —¡Qué frío hace aquí!

—No te alejes de mí, así entrarás en calor. Prometo siempre llevarte de vuelta.

La dejé tomarme de la mano y flotamos hacia el interior. Al poco, se presentó ante mí una de las enigmáticas y harto poetizadas ciudades flotantes del elemento aire del interior. Observé cómo unos asteroides giraban alrededor de ella, conforme nos acercábamos más me di cuenta que eran aéreas, tomadas de la mano, y algunas aves, todas dando vueltas alrededor y en varias direcciones. Ellas son quienes mantienen la ciudad en movimiento y flotando. Eréndira me dijo después que algo similar hacen para mover el resto del planeta: las aéreas del núcleo lo mantienen suspendido en el espacio. Nunca pude verlas de cerca.

Me quedé paralizada ante la belleza del lugar. No hacía falta que Eréndira me preguntara si alguna vez había visto algo así, era obvio que no. Todo era oscuro, como el mío, pero parecía como si hubiera un montón de estrellas permanentemente titilando. Parece que esta iluminación, y por ende la concepción del paso del día a la noche, es similar a la que tenemos en las tierras subterráneas. Pero, evidentemente, son otra especie de lámparas y focos, son más animados y menos tímidos que en mi elemento.

Escuché un profundo suspiro de ella. Entonces volví en mí y la volteé a ver, me miró también. Nos quedamos así por un momento. Luego, me sonrió.

—¿Qué te parece, Irma?

—Gracias por traerme a la fuerza. No me hubiera perdonado saber que me perdí de algo así —Le sonreí, yo creo que era la primera vez que lo hacía desde nuestro encuentro. Ella esbozó la sonrisa más grande que le vi en todo ese pequeño viaje, también la más hermosa, y su traslucidez se volvió un poco rosada, algo similar a como se ve marte desde nuestro planeta.

Me regresó a la superficie. Cuando estábamos de vuelta en el parque, le pedí algo que no había hecho antes y no volví a hacer después con otra elementa: le hice prometer que volvería.

—Yo tampoco comprendo qué sucedió, Irma —respondió. —Quiero volverte a ver y averiguarlo.

A mí me quedó claro desde entonces que no sería posible comprendernos. Pero fuimos persistentes, y volvió siempre. Conocí su elemento desde la lejanía. Cuando iba, cuidábamos que nadie me descubriera, hasta que ya no pudimos más. Mientras tanto, en su ciudad flotante conocí los papalotes, son animales voladores, cada quien tiene el propio desde que nace: el primero que pase cerca de su lugar de nacimiento, y si no tiene aérea, la acompañará toda su vida. A la suya la llamó Linda, no tiene un significado tan profundo como esperé. Nunca la conocí, se resistió.

También conocí la flora, casi toda era rosa en diferentes tonalidades. Un día me llevó al jardín botánico flotante no. 0994. Llevábamos un año calendárico viéndonos casi todos nuestros días de descanso, que procurábamos coordinar, y quiso darme una sorpresa. Fuimos en un horario donde no hubiera más aéreas cerca. Nos elevamos. Las flores del núcleo interior bailan a escondidas por las noches y hacen figuras, como me han dicho que las acuáticas realizan algo llamado “nado sincronizado”. Me dijo Eréndira, quien las había visto antes a escondidas, que le parecía como si sonara el “Vals de las flores” del Cascanueces en una frecuencia que nosotras no podíamos percibir, sólo ellas. Las estábamos observando detrás de un palo de rosa cuando sentí una mirada. Me asusté, retrocedí un paso y me tropecé con una rama gigante.

—¿Quién anda ahí? Saben que no pueden estar en el jardín a estas hor… ¡Una terrestre!—gritó una aérea que vigilaba el lugar al verme. Un miedo atroz recorrió mi cuerpo. Entonces salió Eréndira y se puso frente a mí.

—Viene conmigo —dijo con una seriedad que no le había escuchado, siempre estaba tan alegre, la desconocí por un momento.

—No puede estar aquí, Eréndira. ¿Cómo entró? Para empezar… Las terrestres no pueden llegar aquí a menos que una aérea las traiga —la miró amenazadora, pero Eréndira no se doblegó.

En un segundo me tomó del brazo y salimos disparadas rumbo al límite entre la tierra y el aire. No se detuvo ni un minuto, ambas sabíamos que las aéreas vigilantes nos seguían y no se detendrían en castigar ninguna desobediencia. Estuve a punto de resbalarme, pero me aferré a su brazo que me sostenía, yo creo que la fuerza que me mantuvo a su lado y evitó que me cayera fue el miedo: como si supiera lo que vendría a continuación.

Cuando llegamos a la superficie del núcleo, ella se posó frente a mí, nos miramos y sonreímos a pesar de la agitación, cerré los ojos, comencé a acercarme para besarla, sentí un soplido en mi rostro y, al abrirlos de nuevo, ya se había desvanecido, dejando tras de sí un sonido débil, como el que hacía su nariz cuando tenía frío y buscaba calentarse. Quise gritar, aventarme en esa bruma, que era ella y que duró dos segundos suspendida, pero sabía qué había hecho y para qué: para que yo pudiera huir.

Me había anticipado algo así. Las aéreas pueden ser muy transgresoras, ir fuera de lo que normalmente se acepta entre las elementas, pero no permiten que nadie penetre en los límites de su espacio, a menos que ellas le inviten a estar ahí. Por eso casi ninguna elementa tenía certeza de cómo era ahí en el interior; nunca me había puesto a pensar cómo podría ser, tal vez porque hace mucho que, sobre todo las terrestres, habíamos abandonado toda posibilidad de conocer sus ciudades secretas.

Eréndira desapareció. Me dio toda su energía de aire para que yo pudiera salir sola de ahí, sin su ayuda. Me prometió que siempre me llevaría de vuelta, por una vez esperaba que no lo hiciera, porque eso significaba que faltaría a la promesa más importante: que volvería. Nuestro amor nunca lo pude comprender, desde que la vi la primera vez dar vueltas por el parque de las lámparas horizontales, supe que no podría hacerlo. Sólo la dejé enseñarme a respirar.

Andrea Ortiz Morales (Guanajuato, 1996). Soy restauradora y estudio letras. Me han publicado en Pensar lo doméstico, Página Salmón y Penumbria. Formo parte del comité editorial de la revista Página Salmón donde leo y cuido textos.

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