Dora Parra: Los tiempos de la vida

—Figúrate que uno de ellos dijo una vez “el tiempo es vida”, muy enojado por cierto, pues reclamaba que al quitarle su tiempo, era como estarlo matando lentamente. ¡Vaya drama! —Dijo una de las entidades, con tono de desprecio y después soltó una carcajada espontánea.

—No, espera… si te vas a reír con ganas, ríete de esto: “el tiempo es dinero”. —Ambas entidades inconmensurables lloraban de la risa y se sujetaban sus cósmicos estómagos.

—Pues, ¿qué te puedo decir? Me han llamado de tantas maneras, que ya estoy olvidando yo mismo mi propio nombre. Los griegos me llamaron “Cronos”. Se escucha muy rimbombante en otros idiomas diferentes al griego, pero es tan común como el nombre de “Tiempo” o “Time”, o “Temps”… etcétera. Cada idioma humano traduce mi nombre como le da la gana. —Puntualizó con su ronca voz añeja, muy pero muy añeja.

—A mí también me ponen el nombre que se les antoja, incluso me cambian de género. Hay grupos de humanos que aseguran que soy un hombre catrín vestido de smoking y que siempre está fumando un cigarrillo, mientras que otros me consideran “una diosa” y me ponen nombres chistosos en sus dialectos. Lo más gracioso, es que me consideran como lo antagónico a “la” vida, que parecen tener muy bien definida como mujer. ¡Me causan tanta ternura! —Y volvieron a reír como si les hicieran cosquillas.

No muy lejos, por así decirlo, se escuchó una especie de alarma, que también se sentía. Una de las figuras sin género se puso de pie, o lo equivalente a eso en su etéreo existir.

—Me voy a trabajar, pero continuaremos esta conversación tan hilarante.

—Anda, no te entretengas o pensarán que fue mi culpa. —Una última carcajada y después de eso, literalmente NADA. Vacío, oscuridad… silencio.

En nuestro humilde y diminuto mundo, se escucharon las noticias y se leyeron las publicaciones en las redes sociales: una nueva enfermedad apareció, como de la nada. Teorías conspirativas acerca de si se trataba de un arma química que alguien diseñó en el laboratorio y dejó en libertad, como a un león enjaulado que sí conoció la libertad antes de los cazadores. Desatando a la bestia salvaje, saldrá con su ira sin límite buscando a quién devorar y con quién desquitar su incontrolable enojo y “salvajosidad”, que guardó en su cautiverio. Otras ideas establecieron que se trataba de un castigo divino, por tanta perversidad, como cuando las llamas consumieron las ciudades de Sodoma y Gomorra, por su pecado. Sin embargo, siempre hay una “verdad histórica” o una “verdad oficial” y ésta dijo que se trató de un descuido, como siempre, de alguien que egoístamente se ocupó de sus propios deseos, sin al menos pensar un poco en las consecuencias.

La historia seguramente dobló de la risa a nuestros personajes y sus semejantes. Supuestamente, un par de turistas en una ciudad pequeña se atrevieron a probar un platillo exótico, que “normalmente” nadie se comería, pero ¡qué más dá! En pro de la aventura y la excursión culinaria, una sopa de murciélago no le haría daño a nadie, excepto tal vez una diarrea al comensal. Mal augurio, error… hipótesis no aceptada. Ese “inocente” plato de sopa de murciélago, según la verdad oficial, causó una mutación inexplicable genéticamente (ni matemáticamente) y produjo un virus con forma de tiara de princesa. La ironía presente: ¿será EL virus, con LA corona de rey, o de reina, o de princesa? Desde ahí el problema de la terminología, no se deciden si ha de llamarse “la COVID” o “el COVID”, mientras tanto, la entidad agénero, se apodera del mundo y encierra a la humanidad en sus casas.

—¿Y cómo te fue? —Pregunta retórica, pues el universo entero se percató de los resultados de la pandemia.

—No me quejo. Recogí primero a los de edades avanzadas, les toca por derecho de antigüedad, como dicen ellos mismos. —Más carcajadas, porque lo prometido es deuda.

—Yo observé todo desde todos los ángulos posibles. No tienen idea. Hay noticias infladas, desinformación a morir… lo digo con todo respeto a usted. —Y sueltan la risa, pero discretamente.

—Creo que más que ser mis víctimas o de alguien de nuestra estirpe, primero son víctimas de sí mismos. Les gusta culparnos de sus males, no dimensionan la futilidad de su pobre y demasiado corta existencia. Se preocupan demasiado por todo, sin darse cuenta de lo que dejan pasar. Si estuvieran un poco, tan solo un poco más conscientes de sus propias células, como les llaman, sabrían que ellos mismos son células de “alguien”, que las va desechando cada día, 80% del polvo de su sala, como está calculado por sus propios científicos. No hay balance. Pueden intentarlo, casi conseguirlo, pero irremediablemente volverán a caer en el caos. Inamovible. Son caos, que tienden al caos. Nuestra especie, también en peligro de extinción, con todo y nuestra conciencia de lo que somos y para qué estamos puestos en este escenario, no tratamos de evitarlo. Jugamos el papel, no queda de otra. —Declaró “la muerte” con mucha serenidad y ahora sí, sin al menos una vaga sonrisa.

—Vaya discurso, creo que si fuera humano, lloraría. Bueno no, en realidad no me tocaste las fibras más sensibles del corazón.

—Tú no tienes corazón.

—Es un decir, no creas que cuando los humanos lo usan se refieren a su bomba de sangre, sólo es un dicho. Igual tú tampoco tienes corazón, eso quisieran para que no terminaras con sus existencias, pero no puede un martillo dejar de golpear al clavo, ese es su trabajo. ¿Qué se dirá del martillo?… Supongo que es un buleador. —Volvieron a reír, al identificarse con la metáfora.

Tiempo y muerte, martillos de la humanidad que ponen todo en su sitio y construyen los pilares en los que se sustenta la humanidad. Faltó la vida, no estaba en la reunión. La vida está por encima de ellos, cuando tiempo y muerte se enfrenten a su irremediable extinción, la vida seguirá con vida.

Dora Parra nació en Guadalajara, Jalisco el 18-1-81; fecha capicúa que la marcó para toda la vida con un amor inconmensurable por las matemáticas. Al ser éste el año del gallo en China, salió buena para madrugar y cantar. Como era domingo a las 3 de la mañana, también adquirió habilidades como escritora y parlanchina, con una imaginación incontenible. Amante de la naturaleza, docente y escritora por convicción, vocación y pasión respectivamente, Dora está siempre en búsqueda de algo productivo para hacer y de lo cual escribir.

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