Adriana Jonie: No supliques

El sudor en mis manos,

el tambaleo en mis piernas,

y el miedo paralizante,

se ha quedado atrapado en mi ser.

Débil y cansado me dejo caer,

deseo ansiosamente que ellas no me encuentren.

 

Este inhóspito, lúgubre e incierto lugar,

es todo lo que nos queda después del desastre.

Los gritos desgarradores se oyen en la lejanía,

mi limitada visión solo me permite percibir siluetas de animales.

El miedo corre por mis venas como elixir putrefacto.

¡Ay! Me han encontrado.

 

Mi respiración se acelera al compás de aquellas bestias,

cabríos negros semejantes al tamaño de un toro adulto:

treinta y seis de ellos siendo conducidos por aquella mujer,

engarzados por cadenas de cobre desgastados.

Me estremecí cuando la vi tocar el suelo con sus pies descalzos.

Estoy lleno de angustia, miedos y el pánico se adueña de mí.

 

Salió de algún sitio infernal,

me generaba repulsión, su aroma era nauseabundo,

los cuernos iguales a las de sus bestias eran visibles en su cabeza.

Atisbado en medio de aquella oscuridad me quedé ensimismado.

Ella sonrió siniestramente y ordenó a sus cabríos ponerse detrás de ella,

Aquellos balaban débilmente y obedecieron a sus órdenes.

 

Alzó su mirada hacia un costado, noté la presencia de alguien más:

(la muerte) cadavérica y con la guadaña brillante en su espalda,

Ambas me observaron con detenimiento y un sollozo salió de mi interior.

Después de la guerra nuclear que devastó a ciudades enteras,

dejando al humano como un insecto buscando un escondite,

ellas han sido el verdugo común de los días posteriores al desastre.

 

He perdido la noción del tiempo,

huyendo hacia algún lugar.

Aquel instinto básico de supervivencia sin razón alguna,

es demasiado pueril, vano y sin sentido.

De igual manera la radiación terminará matándonos a todos,

como ya lo había hecho con más de la mitad de la tierra.

 

Una reclamó mi vida y la otra mi conciencia,

entre risas y el cruce de palabras entre ellas,

disputaron sobre mi destino.

No pudieron ponerse de acuerdo inmediatamente,

una de ellas siseo incesantemente de forma fastidiosa,

no quería darle el privilegio a la muerte de tomar mi vida.

 

Prefería cavar el suelo sobre mis pies,

enterrarme en ella y que la tierra inunde mis pulmones.

Que la tétrica oscuridad y las tinieblas en la que el mundo está sumergido

sea la última vista hacia el fin de nuestra existencia.

Hemos vivido todo este tiempo solo con miedo,

la desesperación haciéndose eco en la nada.

 

No recuerdo la última vez que vi los rayos del sol,

lo único que se respira es oxígeno que va a matarnos,

la vegetación ha desaparecido.

Nunca creí que el humano se reduciría a ser inservible,

ser los primeros y últimos en sufrir las consecuencias,

nuestro propio egoísmo y ese banal egocentrismo nos condenó al fin.

 

El destello de algo denominado instinto innato se adueñó de mí,

me permitió por lo menos una vez suplicar por mi vida,

era absurdo sabiendo que me sería negado.

Supliqué con el hálito impregnado de desesperación,

la muerte emitió una sonrisa diminuta en comparación de la otra,

que estalló en carcajadas y mencionó: “No supliques, es patético”.

 

Una de sus bestias sostenía un saco gris,

ella lo tomó, lo abrió y empezó a sacar cráneos humanos,

sentenció que el mío tomaría un lugar ahí dentro de poco.

Ella extrae la conciencia de cada ser humano que deambula,

haciéndose dueña de las impurezas de cada hombre,

se alimenta de ello desde que fue desterrada de su sitio.

 

La muerte me resulta más piadosa, fría y rápida,

demasiado permisiva para que la otra reclamé por mi conciencia.

No me equivoqué, ganó ella y prometió ser lo más sanguinaria posible,

desollar mi piel hasta encontrar mis huesos,

extrañamente mi carne serviría de alimento para sus bestias,

Aseguró que yo me mordería la lengua antes que me lo arranqué.

 

Con la resignación ante mi temible final,

y la muerte observando con detenimiento aquel espectáculo.

Mis últimos pensamientos quedaron atrapados junto con ella,

mi voz agónica se quemó en mi garganta.

No somos nada ante el inmensurable paraje.

El gorgoteo de la sangre salpicó mis pies, caí ante ella.

Adriana Jonie.– Nació en la ciudad de La Paz – Bolivia es feminista y escribe poesía, ensayos, terror y ciencia ficción. Apasionada por las letras y la literatura, escribe reseñas y análisis de libros en su blog: Aquelarre Literario.
Empezó escribiendo fanfics en la plataforma digital Wattpad donde tiene publicado su primera novela “Talking To The Moon” (2015), ganadora del concurso de microrrelatos de terror otorgado por Meraki Book Club Bolivia
“Últimos Minutos” (2019), su último escrito “Catarsis” (2020) ha sido seleccionado para ser parte de una antología de relatos de mujeres para mujeres: “A través de la Herida y la Sanación”.

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