Majo Soto: Memoria

A mi Poppy.

La magia tiene memoria, como el cuerpo.

Escucho sus pisadas, nos busca, se acerca. Dafne está escondida detrás de un bote de basura y un carrito de compras repleto de cartón y plástico; Poppy está enfrente del bote, sentado, su pelaje y sus ojos negros se pierden en la noche, sus orejas y bigotes atentos y me mira, me cuida.

Tengo un palo de escoba que saqué del carrito, me aferro a él con mi mano derecha, en mi mano izquierda tengo una llama, apenas se vislumbra, apenas y siento su calor. Las pisadas se detienen.

Por favor que se vaya, por favor que se vaya, por favor.

Quiero que esto termine, quiero llevar a Dafne a su casa, con su madre. Y después, Poppy y yo podremos largarnos para siempre, a cualquier lugar lejos de este infierno. Me olvidaré de todo, de él, de su voz de cigarro, de los clientes.

La noche es silenciosa y eso me altera más. Vuelvo a escuchar las pisadas, Poppy se para en sus cuatro patas. No se va a ir, no va a dejarnos ir.

—Dálila— odio cómo pronuncia mi nombre—, linda, yo sé que no era tu intención escapar de casa, volvamos y arreglemos todo.

No escapé de casa, escapé de él. Escapamos, Poppy y yo, y salvamos a Dafne, tenemos que salvarla.

—¡Dálila, por favor! — grita, desesperado. Lo escucho tan cerca. Tomo aire, tomo valor; pienso en Dafne, en sus ojos asustados, en sus bracitos extrañando a su mamá.

Enciendo la llama en mi mano izquierda y el callejón se alumbra.

—¡Ahí, estás!— dice él y veo su sombra venir hacia mí. Toco el palo con la llama y se llena de fuego.

Cuando lo veo enfrente de mí, doy dos pasos hacia atrás, no es un hombre alto y tampoco es fuerte, pero él me secuestró desde niña y me vendió una y otra vez.

—Vamos, mi niña— su voz me revuelve el estómago—, trae a Dafne y al perro, volvamos a casa— me ve con ternura.

—No soy tu niña— se está acercando a mí, me hace caminar hacia atrás, Poppy empieza a gruñir. No, no voy a dejar que me acorrale.

—Dálila, no te castigaré por esto si vuelves conmigo ahora.

“No te castigaré por esto”, es su frase favorita, siempre que la dice me encierra en el sótano una semana o no me alimenta o me golpea. Una vez pateó a Poppy.

—No me castigarás porque aquí se termina todo.

Lo golpeo con el palo de escoba, le quemo la muñeca y la camisa; retrocede hasta el principio del callejón y lo sigo golpeando.

Si lo golpeara por cada cosa que me hizo, por robarme de mi mamá, por forzarme a dormir con él, por prostituir mi magia, por golpearme, escupirme, humillarme. ¡Maldita memoria!

Lo golpeé en la entrepierna dos veces. Mi fuego crecía, el miedo se disipaba.

—¡Puta! ¡Maldita! — empieza a gritar— ¡A ti nadie te quiere, no eres nada, una puta bruja que me pertenece! — mi fuego se calma. Maldita memoria— ¡Me perteneces, eres mía!

Me paralizo, mi fuego se apaga y no sé qué hacer, me siento tan indefensa y pequeña como cuando era una niña, su niña… Poppy aparece y salta entre nosotros, comienza a morderle la pierna y a intentar tirarlo al suelo. Yo reacciono, corro hacia Dafne, la saco de su escondite y sus manitas se aferran a mí. Somos pequeñas, pero no indefensas y nos tenemos una a la otra.

—¡Poppy! — lo llamo para que corra con nosotras, es el momento que tanto esperamos, por fin escapamos.

Giro mi cabeza y veo que Poppy sigue forcejeando con él, le muerde la mano derecha, pero la mano izquierda queda libre y saca algo del pantalón. Una navaja. No. Suelto a Dafne y corro en su dirección. ¡Enciéndete, llama, enciéndete ya!

La clava en el pecho de Poppy.

¡No!

Siento que el callejón es eterno y cuando por fin llego, él está de pie. No sé en qué momento solté el palo, mis manos arden, queman, le arrojo fuego, lo hago correr a la calle y rodar por el pavimento. Dafne llora y empieza a gritar, a pedir ayuda. Oh, nena, nadie va a salir a ayudarnos, no nos quieren, lo van a salvar a él y nos van a culpar a nosotras.

Me hinco y coloco a Poppy en mis muslos, su pecho desborda sangre y veo sus ojitos, negros, grandes, me miran y brillan. Percibo cómo fuerza sus pulmones, su corazoncito lucha para seguir latiendo, pero yo siento cómo se le va la vida. Mi compañerito, diez años no han sido suficientes, no.

—Poppy— le digo—, está bien, mi amor, está bien— le acaricio la cabecita, las orejitas. Es tan pequeño, tan frágil, tan bueno, tan mío y yo tan suya. Se va.

Y grito. Mis brazos lo rodean y grito. La tierra tiembla, mi cabello arde, veo borroso y es como si estuviéramos en un tren a máxima velocidad, las maldiciones que él grita se evaporan en la distancia y solo siento el calor de Poppy abandonando su cuerpo.

Me aferro al cuerpo de Poppy y no levanto la mirada hasta que Dafne me toca el hombro, entonces doy cuenta de que estoy hincada en pasto. Miro a mi alrededor, estamos en el bosque.

La magia tiene memoria, como el cuerpo. Sabe dónde nació, recuerda dónde es su hogar y por eso la envidio. Estamos rodeadas de árboles y mujeres. Brujas. Las miro, son los mitos, las leyendas de terror. Los ojos de Poppy siguen abiertos, pero ya no puede mirar esto. Me duele el corazón y odio, odio mucho

Observo su cabello teñido de magia, sus ojos que me miran con compasión, me reconozco en ellas, somos brujas. Mi miedo se transforma en rabia y sé que ya no estoy sola, que no he encontrado a mi madre, pero sí a mis hermanas.

Poppy, lo logramos.

Majo Soto vive en Querétaro, México; es estudiante de Comunicación y Periodismo, bailarina principiante, feminista, ávida lectora, sobreviviente de abuso y escritora de cuentos, ensayos, reseñas, artículos y (borradores de) novelas. Corrige textos, rescata perritos y escribe para sobrevivir.

Twitter: @TristezaFeliz29

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