Ángeles Sanlópez: Ordalía

Al bajar del autobús Luisa no pudo evitar llorar, pensaba que no regresaría al pueblo, pero ya estaba ahí. No podía evitar la idea de que en realidad su tía Angela, hermana de su madre, y su familia, no la querían ahí; entendía que ninguna familia recibiría con gusto a una adolescente con una madre muerta y un padre asesino. Al acercarse a ellos, su tío tomó la caja de huevo en la que llevaba su ropa y Nicol tomó su mano. Se fueron caminando a la casa. Luisa vio: el palacio municipal, las canchas, el cementerio, la primaria, la … Continúa leyendo Ángeles Sanlópez: Ordalía

Ana Laura Corga: Que alguien me ayude

¡Carajo! Ya no quiero seguir así, tantos días de vigilia me están avejentando el rostro. Cada que me observo detenidamente al espejo aprecio una arruga más, las ojeras marcadas, los ojos siempre rojos que trato de ocultar con gotas. Todas las noches como acto ritual y disciplinado, me aplico una crema para las ojeras, aunque para ser sincera, ya no sé si está valiendo la pena comprar. Hago todo lo que está en mis manos para que no se note que no estoy durmiendo bien. La exigencia es permanente, verte bien, lucir bien, no expresar enfermedad en el rostro, ocultar … Continúa leyendo Ana Laura Corga: Que alguien me ayude

Un cuarto propio: Jimena De los Santos

Había terminado de barrer el piso de abajo, lo que pareció una eternidad; días u horas, daba igual, porque el cansancio le pesaba sobre los hombros, ya que el trabajo para mantener la casa limpia nunca terminaba. Al fin, solo faltaba la cocina, el gran santuario de historias que entre hervores y especias se iban relatando. Antes de entrar, recordó muy bien la enseñanza de su padre, don Emigdio: “las viejas deben entrar a la cocina con los pies descalzos y muy calladitas, no quiero ruido de cacareos en la cocina, solo la música de los guisos y las ollas”. … Continúa leyendo Un cuarto propio: Jimena De los Santos

Ana Laura Corga: Altagracia

El día que la conocí me vio de reojo, apenas y me dirigió la mirada, como si no le importara verme o no quisiera hacerlo, como si al hacerlo algo le doliera y evitarme la hiciera sentirse un poco ajena; sentí que por alguna razón no quería aprenderse mi rostro. ― Isela, cámbiate y pásate por ahí, métete en el temazcal ―, me inquirió. Voltee a ver a mi mamá con mis ojos a punto del llanto, le pedí sollozando que no me dejara sola con esa señora, tenía pavor, las rodillas me empezaban a falsear; aunque ciertamente no sabía … Continúa leyendo Ana Laura Corga: Altagracia

Manuela Herazo Martínez: Tancredi

Yo soy Tancredi y esta es la historia de cómo me convertí en fuego. Fue en el año 2510, trescientos años antes de la Rebelión de las mujeres Taigú. Siempre estuve muy orgullosa de mi piel morada, la bruja que me crío me decía también que yo llevaba el fuego en el cabello, por eso siempre iba ensortijado, y su resplandor anaranjado bailaba salvaje con el viento. Yo hacía bailar a las flores, a los árboles y ellos me cantaban, me susurraban secretos, me compartían su alma, entonces yo podía construir un puente de energía entre la naturaleza y los … Continúa leyendo Manuela Herazo Martínez: Tancredi

Rakel Hoyos: El planeta de las brujas

De regreso a la nave, Ikber pensaba en lo que le diría a la capitana sobre el fracaso de su encomienda. No era el temor a ser reprendida lo que le preocupaba, sino la frustración por no haber logrado su cometido. La confundían también diversos sentimientos que le provocaron los terrestres. Sabía que el planeta era poco avanzado, pero nunca imaginó que en tales dimensiones como las que había tenido que presenciar. Cuando la tripulación arribó a la Tierra, se planteó que la misión duraría poco tiempo. Adaptaron sus comunicadores a los distintos idiomas que se hablaban en el planeta … Continúa leyendo Rakel Hoyos: El planeta de las brujas

Miranda Campos: Ojos violetas

Para Clau. Mi abuela tenía su casa llena de dos cosas: de libros y de vacas. Figuras, cuadros, pinturas, tapices, esculturas de diferentes tamaños, colores, y materiales. Visitar su hogar era llegar a un establo de vacas multicolor que olían a biblioteca. Ávida lectora desde joven, disfrutaba con pasión del té y nunca le conocí pareja. Poco sabía de mi abuelo quien la abandonó misteriosamente poco después de que nació mi madre, nunca hizo falta, ciertamente la calidez de mi abuela iluminaba todo, sus historias y saberes fueron mi mayor diversión al crecer y la duda más evidente se apoderó … Continúa leyendo Miranda Campos: Ojos violetas

María del Carmen Macedo: Oscura boca de lobo

Negro, color de la noche, color del miedo. Octubre: mes con la luna más grande, hermosa, y al mismo tiempo espeluznante. Sobre el catre de mi madre mi hermanito estaba envuelto en el rebozo. Yo debía vigilar su sueño: puse bajo la cama las tijeras que nos regaló la comadrona, abiertas, apuntando los filos hacia la puerta. Cada vez que agonizaba octubre y a principios de noviembre me daba la impresión de que el ambiente del cerro se volvía sulfuroso. También lo percibían los borregos que balaban como locos y me sentía nervioso. Mi papá tomó la escopeta y salió … Continúa leyendo María del Carmen Macedo: Oscura boca de lobo

Stephanie Burckhard: Dos lunas nuevas

«El tiempo era este día, este único día del año inmenso…» Úrsula K Le Guin Planeta de exilio (1966) Ningún pueblo nos vio nacer, pero somos brujas. Transcurridos mil años nuestra familia viajó en una nave interestelar y aparentamos ser humanas. Mi hija y yo nos abrazamos, pálidas, al enterarnos de la última noticia de la nave. El resto de la tripulación se abrazaban, gritaba y celebraba. Lloramos de felicidad y luego, incertidumbre y desesperación.  —¿A qué hora aterrizaremos? —preguntaban las personas en los pasillos. —¿Cómo sabremos? —Ningún habitante de la nave conocía el exterior. Aprendimos a navegar entre el … Continúa leyendo Stephanie Burckhard: Dos lunas nuevas

 Laura Elena Cáceres: La ruptura

Su teléfono suena constantemente. Procura ignorarlo, su cabeza está en muchas situaciones a la vez. Recibe mensajes, Franky le avisa que no puede impedirles el paso. No puede renegar, Astrid es el puente de comunicación con los dioses que les guían en las decisiones de Laguna Madre. Está vestida para el momento, cómoda pero ligera: un vestido rojo corte imperio porque sabe que es atrayente. Les hace creer que ellos tienen la ventaja, deja a la vista los tatuajes de su serpiente en el brazo izquierdo. Se suelta el cabello negro que llega a los hombros, se pinta los labios … Continúa leyendo  Laura Elena Cáceres: La ruptura