En un lejano lugar de la ciudad de San Miguel existen un bosque en cuyo follaje reposaban muchas especies de animales como pericos, chiltotas, palomas, tortolitas rojas y entre otras muchas especies como guazalos, tigrillos, iguanas que hacían de aquel lugar un hermoso paraíso.
Un hermoso día, el Roble, el Conacaste y una docena de árboles de Neem, quienes habían venido desde la India, notaron que desde la tierra estaba brotando un pequeño y diminuto retoño que entre piedras y ramas secas se abría paso.
—¡Uuummm! —dijo el Roble con su roca —¿qué tipo de planta estará brotando allí?, ¿será algún pariente mío?
—No —replicó el Conacaste —seguro será un pariente mío y se parecerá a mí.
Ja, ja, ja, ja… rieron los Neem, quienes se habían multiplicado en aquellas tierras. —¿Por qué ríen? —preguntó en Roble molesto.
—Sí —dijo el Conacaste, a lo que los Neem respondieron:
—Ja, ja, ja, nos reímos de ustedes, porque es más que evidente que el árbol que nacerá allí es uno de nosotros, ja, ja, ja.
En ese instante cantó el cenzontle, avisando que el sol estaba por ocultarse. De repente sopló un viento cálido de verano envuelto un tenue fresco de la tarde que invitaba al descanso de la noche de la tierra migueleña, y entre celajes rosados y dorados el silencio calló y se escuchó la música acompasada de los grillos chi, chi chi.
A la mañana siguiente un golpe del sol despertó a todos en un solo instante. Las aves comenzaron a entonar melodiosos cantos de mil sinfonías. Al escuchar aquel concierto cualquiera se impactaba y extasiado en algarabía entraría en la más exquisita experiencia sin fin. De repente, se escuchó un ruido muy curioso proveniente del tronco del Roble, el cual resonó como un fuerte bostezo
—¡Ahhhh!
Era un hermoso tepezcuintle que estirando todo su cuerpo y se movía de un lado a otro, por tener una hambre voraz, por lo que dijo:
—Tengo tanta hambre que soy capaz de comerme esta plantita que está naciendo aquí.
El Roble escuchando aquella declaración dijo:
—Nooo… tú haces eso y yo te doy un leñazo con mis ramas
—Tranquilo, dijo el Tepezcuintle
—¿Por qué harías eso? —preguntó aquella creatura.
—¡Ah! —dijo el Roble —porque ese pequeño retoño seguro es pariente mío, que ha venido para hacerme compañía en este lugar.
—¡Ummm! —rezongo el Tepezcuintle observando detenidamente aquel pequeño brote que apenas asomaba del suelo.
—¡Claro que no! —replicó imprudente el Conacaste, que molesto declaró que ese brote era pariente de él y que lo estaba esperando con todo su corazón para darle la mejor de las bienvenidas, ya que juntos compartirían mil aventuras.
El Tepezcuintle se inclinó más sobre aquel brotecito que cuidadosa y silencioso apuntaba al cielo. Este no dijo nada, cuando de repente el silencio fue interrumpido por la risa contagiosa de la docena de Neem ja, ja , ja que entre aromas matutinos se burlaban de sus vecinos, asegurando que era evidente que ese brote era uno de ellos y que había venido desde la india para quedarse y ser una gran familia. Ja, ja, ja reían todos los Neem, pero el Tepezcuintle no decía nada y nuevamente el silencio se apoderó de aquellos árboles que cuidadosamente observaban aquel animal que pensativo se sentó y luego se acostó observando al pequeño y diminuto brotecito. De repente… dijo:
—¿Saben qué?, estoy seguro de que todos ustedes se equivocan, este pequeño brote no será como ustedes, pues sus hojas no se parecen en nada a las que ustedes tienen. Para saberlo es conveniente esperar que pase el tiempo y su espíritu se despierte y crezca. Pues nadie conoce el futuro de ningún ser sin que este lo elija.
Y así fue, nunca más volvieron a hablar del tema. Pasaron así ciento veinte días, donde todos colaboraron para que aquella plantita indefensa creciera segura.
Todo transcurría con total normalidad, hasta que una mañana, mientras el sol, despertaba a todos, especialmente al Roble, al Conacaste, a los Neem y al Tepezcuintle, quien había tomado por costumbre dormir en el tronco del Roble. Todos escucharon una diminuta vocecita que dijo:
—¡Aaaah! qué sueño tan largo he tenido —y estirando sus hojas en un abrir y cerrar de ojos creció como por encanto. Todos estaban felices por aquel nuevo miembro que, aunque no se miraba como ninguno de ellos, lo aceptaban y lo quería mucho. Fue así, que muchos se acercaron para darle la bienvenida, así lo hicieron los pájaros, las iguanas, uno que otro zorrillo, los zancudos y mosquitos, todos absolutamente todos lo fueron a saludar.
Pasaron los días y cada vez más el pequeño brote crecía, pero un día el Roble lo notó pensativo y le preguntó:
—¿Qué te preocupa pequeño?
—Nada
El Roble mirándolo le dijo:
—¡Ah, ya sé qué te pasa! Seguro, miras que eres muy pequeño a la par mía, te daré un secreto a ver, abre tus ramas y estírate, estírate, estírate, así crecerás grande y fuerte como yo.
El pequeño, que aún no tenía nombre, hacía lo que el Roble le decía, pero al darse cuenta de que no funcionaba y se cansaba, le dijo:
—Querido Roble, has visto que he hecho lo que tú me has dicho, pero… es evidente que soy diferente a ti… y por más que me estire siempre veo una sola hoja en mí y ni hablar de mi robustez, soy mil veces más delgado que tú. Así que lamento decirte que no puedo ser como tú.
—Así es —dijo el Conacaste —eso es porque eres pariente mío, mírate, solo te falta crecer más y echar más ramas. El pequeño respondió:
—No creo, mira, tu tronco es café y tus ramas se entienden por todas partes y en ellas se posan todos los pájaros que quieran. Ahora mírame a mí, mi tronco es delgado a tal punto que parece que me voy a quebrar, es gris y cada hoja que tengo al caerse me deja una herida en mi piel y con ustedes no pasa eso.
Los árboles de Neem no se atrevieron a opinar y sus risas contagiosas por primera vez no resonaron. Todos, absolutamente todos, guardaron silencio. El tiempo pasó, veranos, inviernos, días alegres, días tristes, todos fueron pasando y las diferencias de aquel brote eran más evidentes. Todos comenzaron a preguntarse qué tipo de árbol era aquel, pues no se parecía a nadie. ¿De dónde había venido? ¿Cómo llego allí? La verdad nadie la sabía, porque todo era un misterio.
Una noche de verano el arbolito sin nombre sintió tristeza en su corazón y gruesas gotas de rocío se deslizaban por sus hojas y caían a suelo empapándola, de repente una neblina comenzó a cubrirlo y pequeñas estrellas lo rodearon haciéndolo caer en un profundo sueño, y una poderosa magia se apoderó de su corazón destrozado. Sorprendido, sin saber qué hacer, de la nada una voz melodiosa y dulce le contó que desde el cielo lo habían sembrado y que por eso se conoce como el árbol del cielo en algunos lugares lejanos, pero que en San Miguel lo conocían como Palmera, y que su altura sobrepasaría a los otros árboles que estaban en aquel lugar y su delgadez era para que soportará las fuertes tormentas que vendrían en aquella región. Y también le dijo que no se preocupara, porque su familia eran todos los demás árboles y animalitos que lo habían cuidado y protegido para que creciera. Al escuchar aquellas palabras, la Palmera se sintió tan feliz que nos sabía si eso era un sueño o realmente estaba pasando, pero nuevamente, entre la neblina y las mil estrellas que lo rodearon, durmió profundamente.
A la mañana siguiente, cuando la aurora despertaba a todos, la Palmera sobresalía en altura y su esbeltez parecía tocar el cielo. Orgulloso y feliz, sus hojas hondeaban en una danza al ritmo del viento y los cantos armoniosos de los pájaros. Colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Ada Lucero Henríquez Molina, nacida el 15 de agosto de 1984 en Zacatecoluca, departamento de La Paz, El Salvador. Es una mujer apasionada y dinámica, Licenciada en Ciencias de la Educación e Investigadora Educativa con una gran trayectorial. Ha ejercido la docencia en diversos niveles educativos y a colaborado en el Proyecto que favorecen la mejora educativa de su país.

