Diana Edith Gómez: Otra oportunidad de comer tacos árabes

Flora siente que es un fantasma volando entre océanos, añorando comer tacos árabes, mientras ignora el ruido de idiomas extranjeros. A veces tiembla y se hincha hasta explotar de confusión. A veces se atiborra la boca de pommes y cervezas en la estación de tren que no sabe pronunciar.

Pero anoche estaba en Atlixco. En ese cuarto que huele a viejo y que la cobija en las noches cuando los perros ladran. Llora porque ya no pertenece a nada, porque cuando vuelve a comer mucho chile, su panza se descompone. Ahí está, en esa camita que abraza su desbarajuste.

Flora se alivió de su congestión y siguió las buganvilias junto a su madre. Tenía el mismo miedo que tuvo la última vez, pero su emoción por sentir esa salsa de los tacos árabes desvanecerse por su lengua era más grande.

Sabe que su hogar es el mole poblano, las tortillas a mano, el pipían de su madre, el mezcal que su padre trae del Popocatépetl… y los tacos árabes, esos que no se comió la última vez, porque no le alcanzó el tiempo, porque entre la euforia de tanta comida no se detuvo a dedicarles una tarde junto a un agua de horchata. 

Mientras caminaba por Puebla, vio esos trompos de carne que ve en Berlín a diario, pero sus ojos sólo querían devorarse todo lo que no ven. 

Ayer Flora tampoco comió tacos árabes. Estaba descalza en la calle con su hermana, compraron cecina y vieron una serpiente en el cielo. Y ella volvió a ser neblina. 

Flora despertó en su cama de Neükolln sin tacos árabes y con el mismo desasosiego.

Comunicadora y migrante, interesada en el trabajo social, la música y la lectura. Escribo y resisto.

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