Irene González: Luz Nuestra

“Hay una grieta escondida entre la maleza y el follaje, al fondo de un barranco en el Bosque Los Colomos. Allí vive él, mucho más viejo que los árboles, hambriento como las hienas. Y allí es donde lo alimentamos, para apaciguar las ansias que le recorren las entrañas secas, la lengua arenosa y negra. A cambio, nos bendice. 

Puede bastar con dejarle mamar la sangre del dedo gordo del pie, que se volverá oscuro y maloliente, pero no se caerá ni se expandirá la podredumbre. Otras veces es más difícil saciarle. Nunca se sabe con cuál de sus tres estómagos comerá; si tendrá apetito de carne o bilis, de alma o energía, espíritu o materia. Una vez quedó contento con ingerir una trenza de cabello…”

—A ti te exigió más.

Lourdes miraba los dos muñones que asomaban bajo la falda de Patricia, embutidos en una malla oscura que tapaba de la vista la piel gangrenada. 

Se suponía que únicamente debía escuchar, jamás interrumpir. El último del círculo en dar de comer a Luz Nuestra instruía, de ser capaz, al siguiente en presentar el alimento: tal enseñanza ameritaba respeto. Patricia apretó los labios, pero lo dejó pasar. 

—Siempre compensa de forma proporcional a lo que toma —aseguró, sin bajarse el dobladillo para ocultar las piernas amputadas, como a veces hacía. 

—¿Fuiste recompensada tú, o el círculo? 

Lulú insistía en analizar los muñones; parecía tratar de recrear en su imaginación el momento en el que Luz Nuestra abrió el hoyo a mitad del cráneo que tenía por boca, se arrastró hacia ella en medio de la grieta, chupó el dedo gordo de su pie… Probablemente en ese instante, Patricia pensó que sería todo. Mamaría líquido rojo de entre sus dedos, por un orificio tan pequeño que ni siquiera lo notaría. Se necrosaría y moriría, caminaría con un dedo negro cual obsidiana por el resto de sus días. Pero andaría. Entonces Luz Nuestra ensanchó el agujero. Los dientes se clavaron en su pie y devoró vicioso la pierna entera, hasta más arriba de la rodilla. Ella suspiraría, entre temblores, pensando que se había acabado; el momento de la recompensa habría llegado. Luz Nuestra, sin embargo, seguiría hambrienta.

—Lo que da fuerza al círculo, da fuerza a todas —respondió Patricia con frialdad. Le tembló la comisura del labio y finalmente se bajó la falda.

Lourdes parpadeó, la miró a los ojos y sonrió. 

—Lo que da fuerza al círculo, fortalece a todas —repitió. 

 

La noche en que Luz Nuestra requería alimento, se presentaban en la grieta los miembros del círculo convocados para servirle. Únicamente a ellos se les revelaba la ubicación y la forma de acceder hasta él. Llegaban a través de los túneles ocultos en el Bosque, que conectaban con otros sitios de la ciudad de Guadalajara. Patricia era la encargada de preparar a Lourdes, un ritual que iniciaba desde el alba; el cabello trenzado tras las orejas, parpados pintados con la ceniza de una hoja obsequiada por el árbol más viejo del Bosque. Tierra de la orilla del lago formando en su frente el símbolo que el círculo atribuía a Luz Nuestra. El cuerpo limpio, la boca embarrada con miel de agave. 

Luz Nuestra apareció de lo más profundo, cantando. Lulú estaba de pie, rodeada del círculo. Aguardaba conocerle con paciencia, desde que Patricia la entregó a la ceremonia, y a la grieta, al mismo tiempo que el sol se ponía sobre la ciudad. Él cantaba como cantan las cigarras, se movía con el bamboleo de la mantis religiosa. Emergió de la oscuridad con tanta naturalidad que a Lourdes le pareció que lo hubiese parido; la grieta le alumbraba y ella nutriría a ese ser con la devoción de una nodriza. 

La canción de la cigarra resonó más y más alto, incrementando de volumen al mismo tiempo que los cánticos del círculo. Los cuerpos bailaron alrededor de Lulú, el frenesí se apoderó de los miembros y Patricia, sentada en su silla de ruedas, olvidó cualquier duda que hubiese surgido en su mente ante la capacidad de la joven para servir al rito. Incluso se atrevió a enorgullecerse del temple que demostraba, parada sin titubear frente a la boca que se abría, el cráneo que se transformaba en embudo. 

La sangre de Lourdes manchó el suelo y el canto de la cigarra se transformó en un sonido agudo, desgarrador e insoportable. Luz Nuestra se retorció, cayó y se convirtió en puro espasmo, contracción y ángulos imposibles. Del cráter que era su boca emergió un lodo viscoso, hediondo. Las hileras de dientes empezaron a chocar entre sí y a destrozarse. Los miembros del círculo tuvieron tiempo para gritar, antes de que unas figuras negras saltaran desde las sombras. Fueron tan certeras en sus movimientos que la mayoría de las gargantas se abrieron en cortes limpios. 

—¡¿Qué hiciste?! —Patricia vio a Lulú, inclinada sobre la cabeza de Luz Nuestra. Le obligaba a tragarse la sangre que fluía de su brazo desnudo, donde la mordió cuando todavía cantaba. Comprendió que era un caballo de Troya; había emponzoñado su sangre y carne de forma deliberada, descompuesto su alma, arruinado su espíritu para envenenar los tres estómagos de Luz Nuestra.

—Nunca fueron suyos los dones otorgados —dijo Lourdes, sin apartar los grandes ojos de la criatura que acunaba. Se veía exactamente como una madre alimentando a su bebé: sostenía firmemente la cabeza del ser contra ella, depositaba el líquido directo en su boca, apaciguaba sus berrinches con tolerancia infinita—. Antes solía bendecirnos a nosotros. Cuando tu círculo atacó a mi congregación para robarse el favor de Luz Nuestra y atestiguamos lo rápido que nos olvidó, a sus primogénitos, entendimos que más valía regresárselo a la tierra. A fin que viene del interior; si tanto los ama a ustedes, pues que queden aquí, enterrados juntos. 

Patricia iba a responderle que no fuera estúpida; Luz Nuestra podía ser herida pero nunca erradicada, alguien tenía que vivir para alimentarle, mantenerle saciado y cómodo. La congregación de Lourdes jamás había sabido cumplir sus necesidades, por eso les fue arrebatado su cuidado. Había mucho más latiendo en lo profundo de la piedra, algo muy vivo en las entrañas del Bosque que respiraba a través de cada cueva, de cada túnel y madriguera. Se cobraba vidas de cuando en cuando, pero únicamente por aburrimiento, no por hambre. Luz Negra era tan solo una de sus falanges. Antes de poder advertirle, Patricia entendió que ahora veía su propio cuerpo desde el suelo, y que era cierto que el cerebro se apaga instantes después de ser decapitado. 

La congregación de Lourdes arrastró lo que quedaba de los cuerpos a través de los senderos del Bosque, para terminar de marcar en su sangre el nuevo legado: el círculo predominante. Abandonaron algunos restos en el lago, donde se los comieron los peces y las tortugas, otros fueron alcanzados por las ardillas y las ratas. Antes de que amaneciera, una tormenta se llevó con el agua los sellos de sangre, enterró en el fango los pocos trozos de carne que quedaban expuestos, el resto se lo tragó la grieta. 

Treinta y dos años después, el 25 de noviembre del 2022, los visitantes reportaron un fuerte hedor impregnando cada rincón del Bosque, y de cada una de las cuevas emergieron los horrores muertos de hambre.

Irene González. De Guadalajara, Jalisco. Graduada en Arte y Animación Digital, soy autora de la novela juvenil de fantasía En Busca de Itzel (premio Alas de Lagartija 2021), columnista y miembro de La Coyol Revista, publicada en la antología de horror cósmico Xalisco Inefable (Mandrágora Ediciones 2022) y la antología de cuentos infantiles Sobre la tela de una araña (Momo Ediciones 2022), entre otros medios digitales e impresos.

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