Bertha Serrano: Almuerzo

Mi hermano estaba parado frente a la puerta del estudio. Sólo podía ver su mano sobre la manija y cómo ésta se movía mientras él intentaba girarla; cubría la mitad de su cara con su playera. Yo estaba parada a unos cuantos metros de él, con la quijada apretada y la respiración acelerada.

Ya…ya… te ibas… ¿no? —dije, jalando aire como si hubiera corrido un maratón.

Dio media vuelta; tenía el ceño fruncido y la boca medio abierta.

—¿Qué guardas ahí? —preguntó.

—Nada —respondí. 

—¿Nada? —Alzó las cejas—. Entonces huele tan mal ¿por…?

—Nada…no… no hay nada —repetí. 

—Dios… Después del entierro… Es la primera vez que te veo y, ¿así me recibes? Digo, acabo de llegar y… 

—No te pedí que vinieras —lo interrumpí. 

Di media vuelta y caminé hacia la sala sin esperar a ver si mi hermano me seguía o no.

—¿Qué pasa? ¿Por qué te comportas así? —preguntó detrás de mí.

No le hice caso. Abrí la puerta de la casa y me quedé viendo al suelo. Sentí su mano sobre mi hombro; suspiró. Vi cómo salió hacia las escaleritas de la entrada y cerré la puerta. Me recargué sobre ésta y exhalé.

Once y media. La hora del almuerzo había empezado hace treinta minutos, seguro estabas molesto por el retraso. Me dirigí al estudio, me quité el collar que tenía la llave con la que podía abrir la puerta. Media vuelta a la derecha, un empujón y me recibió el hedor; siguieron las moscas que volaban por todo el lugar. Al otro lado había una ventana que iba del techo al suelo, toda cubierta con papel periódico; en la esquina, había un aromatizante para interiores con olor a lavanda; crucé la habitación, cubriendo mi rostro como había hecho mi hermano unos segundos antes, tomé el frasco, lo agité y vacié su contenido en la habitación.

—Increíble, ¿no? Aún no me acostumbro al olor —comenté.

Volteé hacia mi derecha; había un librero que casi cubría la pared. Frente a éste, sentado detrás de un escritorio de madera, estaba papá.

Fui a la cocina por la comida. Tenía todo preparado.

—Traje tu pan tostado con mantequilla y mermelada de zarzamora. Ah y la mitad de una toronja —arrimé los platos hacia ti—. Lo que tanto te gusta comer. Y para mí, sólo será una naranja.

Las moscas empezaron a revolotear cerca de los alimentos. Coloqué tus manos a cada lado de los platos; tu piel estaba muy pegada a los huesos y su color era entre azul y negro; dos moscas que estaban en el dorso de tu mano empezaron a caminar por la mía. Moví la mano para alejarlas.

—Disculpa la tardanza, pa —me senté frente a ti—. Supongo que, eh, escuchaste, ¿verdad?

No respondiste.

—Mi hermano estuvo aquí hace unos segundos… —comenté. 

Las moscas empezaban a caminar encima de la toronja y del pan. Se veían como unos grandes puntos negros con sus alas transparentes devorando el color morado de la mermelada y el rosa de la toronja; algunas volaban rápidamente alrededor y se paraban unos segundos para volver a despegar vuelo; otras caminaban por el plato. Algunas volaban hacia tu cara.

Tu rostro. Estaba en las mismas condiciones que tus manos, la única diferencia es que las cuencas de los ojos ya estaban vacías y tus dientes se veían muy negros; apenas tenías dos o tres cabellos.

—No puedo decir que te mandó saludar… no… no hablamos —empecé a pelar mi naranja—. Él… ¿sabes? No lo esperaba… Llegó de la nada, sin avisar —solté una risita—. Dios… desde ése día nos distanciamos —encontré una parte de la cáscara que se me dificultaba pelar—. No sé si quiero que te vea o no… No me atrevería a abrir la puerta… No…No dejaría que él abriera —seguía intentando quitar la cubierta—. Nos alejaríamos más… y…y… eso me aterra —enterré mi uña en parte de la fruta y jalé, arrancando algunos gajos; algo de jugo escurrió por mi dedo pulgar.

Ahora las moscas se arremolinaban en tu boca.

—¿Recuerdas cuando te visitábamos mi hermano y yo? —sonreí.

Suspiré. —Mamá siempre nos regañaba. Si estabas en el estudio, con la puerta cerrada, significaba que no podíamos pasar o en palabras de ella, teníamos prohibido molestarte —sonreí—. Y mi hermano y yo siempre abríamos la puerta y nos parábamos frente al escritorio y te hacíamos caras chistosas, según nosotros, y siempre sonreías.

Terminé de pelar la naranja, me comí un gajo. Me quedé en silencio por un rato.

—Es bueno hablar contigo… en físico, o sea que estés aquí —me mordí el labio—. Tal vez… Tal vez no debería decirte esto —tragué saliva—. Ah… bueno, mi hermano y yo vivíamos, eh… cada quien en su casa. Después de tu… después, mamá se fue a vivir con mi hermano. Yo regresé. Todo estaba bien.

Vino a mi cabeza la imagen de la pantalla de mi celular prendida con el nombre de mi hermano en el centro; el círculo verde a la izquierda y el rojo a la derecha y cómo presioné el de la derecha.

—Hasta que dejé de hablar con la familia; ya no salía de aquí… y de pronto me inventé la idea de que tu espíritu estaba aquí conmigo. Así que… empecé a hablar contigo o tu espíritu o lo que fuera. Al levantarme de la cama te daba los buenos días aunque sólo me respondiera el silencio —dejé la naranja sobre el escritorio—. Empecé a cocinar para dos… todas las recetas que alguna vez me enseñaste y que llegamos a preparar juntos. A veces te leía en voz alta los primeros capítulos de tus libros favoritos. Imaginaba que veíamos películas en la sala, hacía comentarios y chistes pero sólo escuchaba los ecos de mi risa —tuve que alejar varias moscas que me volaban cerca— y me cansé. Todo lo hice a espaldas de la familia. Tuve que dar dinero a los sepultureros para que te sacaran del cajón y para que no dijeran nada a las autoridades —las moscas ya estaban sobre la naranja—. Era Diciembre —sonreí—. Una noche antes de tu cumpleaños ya estabas en casa. Al fin… estabas aquí. Ya no tenía que fingir. Estaba feliz. Aún estoy feliz de que estés conmigo— comenté después de un rato.

Comenzaba a levantar los platos del escritorio cuando escuché que tocaron el timbre. Regresé todo a su lugar y cerré la puerta procurando no hacer tanto ruido. Me dirigí a la sala, quitando una que otra mosca de mi camino y matando algunas que ya estaban en el piso. Ahogué un grito cuando abrí la puerta y vi a mi hermano en la entrada de la casa. Estaba a punto de correrlo cuando preguntó:

—¿Qué carajos guardas en el estudio?

Bertha Serrano. Nací en la Ciudad de México allá por 1993. Estudié la carrera de Letras Inglesas en la UNAM. En alguna parte de internet hay dos cuentitos míos. Me encanta escribir.

Una respuesta a “Bertha Serrano: Almuerzo”

  1. Hola Bertha, me gusto tu cuento, solo que me quede picada y con duda de que seguia……

    Felicidades y continua escribiendo….

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