Andrea Madrueño: Santuario de luces

A donde en verdad iremos, que nunca tengamos que morir.”

Miccacuicatl, cantos mortuorios. 

En el campo los ciclos de la naturaleza se perciben precisos. Las repeticiones de la rueda del año nos avisan de los nacimientos, el declinar de la vida y las muertes. ¿Pero, qué sabemos del ritmo de las transformaciones? Aquí el aire se enrarece con la luz de los relámpagos. Cuando la chicharra canta y el día agoniza en tonos malva, sabemos que ha llegado la temporada de lluvias. Con su lenguaje secreto de fulgores y destellos, las tormentas dan la señal para que grandes bolas de fuego, brillantes como luceros, bajen brincando entre los cerros. En el pueblo las observan con recelo y cuando se oculta el sol, se encienden hogueras. Temerosos de cualquier ser sobrenatural que deambule entre las luminiscencias del bosque nocturno.  

Relámpagos, bolas de fuego y hogueras. Esos son los relojes que marcan el inicio del verano en estas tierras. Los mismos que desde hace generaciones eligen en su primera luna roja al menos a una niña de cada generación. Es un llamado remoto, que despierta con la pubertad. Las jóvenes no pueden resistirse y salen de sus casas, vagando como sonámbulas durante la luna llena de los meses de calor. Se les puede distinguir desde la lejanía por la fosforescencia que emana su piel. Mi tía dice que esa fue la invocación a la que atendieron mi hermana Luciana y mi prima Candela un agosto, en el que ambas se desvanecieron con el plenilunio. El único rastro que dejaron fue un aroma ahumado impregnando los alrededores de la casa. Era una mezcla herbal y terrosa, como de carbón, romero y salvia. 

La tía Ligia y yo somos lo único que queda de la familia. Entre las dos trabajamos nuestro terrenito y mantenemos en pie la casa que nos dejó mi abuela. Una década ha transcurrido desde la última vez que vimos a mi hermana y a mi prima. Ni siquiera nos animamos a levantar un acta. Aquí las autoridades no suelen mostrar interés por las adolescentes perdidas. Mi madre nunca se recuperó. La torturaba la incertidumbre de no saber si mi hermana se encontraba entre los vivos o descansando con los muertos. Al paso del tiempo se apagó entre suspiros. De mi padre hacía mucho que no sabíamos nada. Durante una tarde roja y sofocante, se perdió entre los maizales, delirante y balbuceando incoherencias. Lo recuerdo como un espectro triste, consumido por la vida de jornalero y el aguamiel que bebía desde el alba hasta el anochecer. 

Aquí se llora a puerta cerrada por las desaparecidas, pero se tiene horror por las aparecidas. Nadie parece reconocer a sus hijas, hermanas y sobrinas, en aquellas mujeres de humo y luz que cada año nos visitan. Nosotros encendemos fogatas para atraerlas, con la esperanza de tener alguna señal de Luciana y Candela. En cambio, en el poblado ya es costumbre prepararse para las noches lluviosas de luna llena o de eclipse, pues se cree que son fechas propicias para los ataques. Siguiendo el consejo de las abuelas, atrás de las puertas suelen colocarse navajas de piedra y cazuelas con agua en los patios de las casas.

Póngale el agua y el espejo paradito junto al niño se dice a las madres primerizas—. Hay que colgarles unas tijeras abiertas y unos dientes de ajo debajo de la cuna para protegerlos.

A las merodeadoras se les teme por ser sigilosas como depredadores. Se dice que son igual de traicioneras que el aire helado que se cuela por el resquicio de las puertas y ventanas en la madrugada. 

* * *

¿Cómo nos daremos cuenta si se acercan? le pregunté a la tía Ligia, mientras arrojaba una vara de ocote para avivar las llamas.

Aquella noche el agua recién había amainado y el frío arreciaba. Girones de nubes grises rasgaban el cielo negro y la luna pálida alumbraba la milpa, proyectando sombras como dedos alargados arañando los magueyes.

Por el batir de sus plumas al volar. En ocasiones ellas cambian las piernas por patas y las manos por alas explicó la tía frotándose las manos, en un vano intento por entrar en calor.

Ciñendo el jorongo de lana contra sus brazos, se afanaba en darle vueltas al café que hervía sobre el fuego. Los vapores de canela y piloncillo escapaban de la olla haciendo espirales. Su calor dulce flotando en el aire, nos daba un momentáneo sosiego en la soledad del monte. 

¿Es verdad que ellas se alimentan de la sangre de los niños? inquirí, nerviosa por lo indefensas que nos encontrábamos a la intemperie durante aquella noche sin estrellas.

Hija, esos son puros cuentos. Los recién nacidos siempre han sido frágiles y las comadres repiten eso de que les chupan la sangre por la mollera, para que no descuiden a las criaturas en la noche.

La tía trataba de aparentar serenidad y buen humor, pero su gesto era vigilante. Un crujido nos hizo enmudecer y fijar la mirada en la oscuridad. Entre los maizales se percibía el sonido de pasos cortos y rápidos. En las sombras se movilizaba una figura agazapada sacudiendo la hierba al aproximarse.  Primero asomó la cabeza pequeña, clavando el pico con cada pisada sobre la tierra. Después dejó ver su cuerpo bamboleante, avanzando trémulo, con un rastro de plumas y sangre.

¡Rápido, llévala hacia la casita! me indicó mi tía, señalando la covacha al fondo del jardín.

Yo indiqué el camino con el haz de luz de mi linterna y la totola se encaminó en esa dirección. La cabañita era oscura como madriguera. Junto a la pila de leña teníamos un petate cubierto con cobijas, el ave apenas tuvo fuerzas para desplomarse sobre ellas. En la penumbra, fui testigo de la más extraordinaria transformación. Del cráneo pelón brotaron unos mechones largos. La piel roja y azul se desplumó, revelando la carne desnuda surcada por golpes y magulladuras. Los huesos y articulaciones tronaron hasta romperse. Se hizo larga su figura y apareció una espalda humana. Creí reconocerla, esa maraña de rizos era muy parecida a la de Luciana. Pero la impresión se esfumó casi al instante. Era una desconocida, joven y menuda. Una más de tantas que aparecían en los alrededores, y eran recibidas con machetes o palos cuando se acercaban a las casas. Parecía inconsciente, pero su piel aún despedía un tenue resplandor. 

Ligia nos alcanzó agitada, cargando un cubo de agua y trapos. Con sus manos fuertes se dispuso a revisarla. Pronto descubrió una herida profunda, atravesando el pecho incipiente. La tía solo me miró y negó con la cabeza. Nada podíamos hacer para salvarla.

Solo podemos acompañarla para que siga su camino dijo resignada, limpiando con un paño húmedo el sudor y la mugre que cubrían su rostro—. La pobre no deja de temblar. Hay que traer más cobijas y unas veladoras.

Al escuchar esto, salí presurosa a conseguir lo necesario, sabiendo que la muchacha pronto completaría su transición. Pero todo ocurrió tan rápido, que ni siquiera tuvimos tiempo de encender la primera luz para despedirla. Cuando regresé un suave olor a tizne impregnaba la cabañita y una nube de lamparitas parpadeantes rodeaba a la tía. En el petate solo quedaba una mancha de hollín. Dejamos abierta la puerta para que las lucecillas volaran hacia la negrura, libres de dirigirse al bosque de encinos donde el resto de sus hermanas ya danzaban bajo el heno. 

* * *

Regresé a cuidar el fogón. Aún faltaban algunas horas para el amanecer y más valía seguir en vela. Azuzando las llamas, pensé en ellas. Donde aparecía una, era posible que le siguieran más. ¿A qué regresaban las desaparecidas? Aquellas mujeres iridiscentes que retornaban al florear las campanillas cuando los bichos de la noche se apareaban en el santuario de árboles.  Algo primordial y salvaje las sustraía de sus vidas y como insectos fatalmente atraídos por la electricidad, un instinto igual de poderoso las hacía buscar el camino de regreso. Ya no hablan el lenguaje de los humanos sino el de las luces. Pero una mujer que brilla es muy peligrosa, pues son portadoras de verdades que muchos preferirían sepultar varios metros bajo tierra. Con su resplandor provocan terror, porque señalan los sitios donde se encuentran enterradas. Son seres que no mueren. Solo se van transformando. En bruma, en animales o en fuego. Danzando salvajes entre los fantasmas de niebla del monte. Ellas siempre regresan durante la temporada de brujas y luciérnagas. 

Andrea Madrueño (CDMX, 1983). Licenciada en Psicología, con especialidad en psicoanálisis. Soy apasionada del quehacer clínico, he colaborado con instituciones de salud y desde hace más de 10 años recibo pacientes en mi consultorio particular. Soy devoradora de libros, mi obsesión es el terror y la literatura de lo extraño. A través de talleres he podido explorar la escritura y empezar a publicar textos: cuento y microficción en la antología Tejiendo historias (2022, por publicarse) y en la revista Penumbria (2022).

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