Eugenia Nájera Verástegui: Almas

La científica Kadri bajó del transporte privado, sola, con su maleta negra. Fueron varias horas lo que el viaje duró. El lugar donde llevaría a cabo su experimento estaba algo alejado de la ciudad. Más bien muy alejado, era recóndito. «No permitiré que me controlen». Un gran vaho salió de sus labios escarlata. Caminó con pasos firmes. No había marcha atrás, estaba decidido. Apretó con fuerza su maleta. Nunca la volverían a utilizar. Ahora ella decidiría su destino. Entró en la pequeña cabaña, fue directo a la recámara y cerró con llave. Miró por el gran ventanal. La vista era hermosa, llena de árboles escarchados de añiles cristales. 

Aquella naturaleza era propicia para darle el ambiente perfecto y con la ayuda del implante psíquico,  entrar en aquel trance prohibido de alto nivel que los estrictos cánones de su raza, calik de claustro, le imponían a su ser. Sin embargo, su traslado a ese nuevo mundo y convivir con Zerp cambiaron su vida. El olor a madera era refrescante y el crepitar de los leños en la chimenea daban una calidez a aquellas rústicas paredes. Sus claros ojos se clavaron en su sortija de matrimonio, colocada sobre sus aterciopelados guantes negros, esos chispeantes cristales mayrs que le evocaban los ojos de Zerp. 

Sacó dos botellas de vinos especiales, una de Ñolek y otra de Hoq. Sirvió dos copas. Bebió la primera. Luego tomó y degustó el de la otra. Comprobó que poseían sabores abismales, uno afrutado, el otro brillante, pero exquisitos. Después procedió a buscar en su maleta, con solemnidad agarró un paquete de papel crujiente. Lo puso sobre la cama, con cuatro movimientos lo desdobló. Sacó  y colocó con perfección el contenido  sobre el edredón. Regresó a la oscura maleta. Con mucho cuidado extrajo otro paquete de entre la demás ropa. Lo abrió y con mucho cuidado tomo el pequeño libro negro con adornos en plata, era el diario secreto de Zerp. 

Lo acarició, al abrirlo reconoció su aroma. Cerró los ojos, respiró profundo aquel olor a lavanda y pudo visualizarlo con claridad. Lo abrazó con gran alegría. «Debo tener mucho cuidado con él o Zerp podría sospechar que lo tomamos. Quisiera leerlo todo, pero no, no me será posible, sería muy tardado disolver mi rastro psiónico del diario y él regresa mañana. ¿Tendrá índice?». Lo ojeó. «Si no está en la primera… debe estar al final». Movió las gruesas páginas. «¡Sí, aquí está!, él es muy metódico.  A ver veamos… Mar, Almas, Mar de estrellas, Oscuridad, Te veo, Zatrinas, Portadores, Camaleón, Ámame

Leyó y leyó. Pasaron las páginas una a una, con lentitud congelada, pero el tiempo se fue muy rápido. La noche cayó. Las luces argento de las lunas llenas del lobo yurok de invierno, traspasaron los vidrios de aquella recámara semi iluminada por carmesí y plata.

«Nunca pensé que siendo un famoso estratega militar escribiera algo más que no fueran planes de guerra, informes de muerte, sangre y destrucción. Así que esto hace en secreto, me escribe poemas». Cerró una vez más sus ojos para tratar de encontrar respuestas. 

En pocos minutos una distorsión apareció frente a sus ojos. Se asustó al sentirlo y hasta los abrió de golpe. «Así que esto es lo que sienten algunas de las razas como la domelae kelón, los kalem, los domelae inder». Un estremecimiento envolvió su cuerpo. «Creo que fue muy rápido, quizás no debí de juntar varios métodos, pero ya no quiero evitarlo, ya no quiero seguir sin poder tocar su piel». Se levantó y se colocó frente al espejo, retiró su anillo, luego sus guantes, sus elegantes ropas para ver su reflejo en la luna de plata. Seda y encajes en tono azul realzaba su blanca piel, pero algo faltaba, de inmediato volvió a colocar su anillo, posó su mano sobre su pecho y con la otra lo acarició.

Después se dirigió hacia la enorme cama. Se recostó y abrazó la gabardina de Zerp. Un impulso eléctrico picoteó su piel. Su respiración comenzó a cambiar, sintió sus ojos pesados, poco a poco la oscuridad llegó. Escuchó la perilla de la puerta, luego nada, hasta que sintió un leve movimiento en la cama y un relajante aroma a lavanda. 

Algo cálido acarició su pierna izquierda, con sedosidad subió, poco a poco sobre su perfecta silueta. Cuando llegó a su cintura su piel se erizó, luego siguió hasta el cuello. Su corazón se aceleró, su pecho subía, bajaba y reaccionaba. Sus labios se movieron silentes, recitaban uno de los textos secretos del diario de Zerp, sin embargo, ella oía que era su ronca voz la que le susurraba al oído.

Almas 

Tú y yo 

almas conectadas

vino y seda arrebujados.

Traspasaron los límites 

del cronos y espacio 

en las noches sin tiempo.

Desata los listones de mi alma

con tus dos soles 

derrite la nieve  

escarchada en mi cuerpo.

Tú alma y la mía 

se entrelazan con

el universo.

Explosion cósmica de esencias,

fusión en un solo ser.

Almas abrazadas 

en épocas eternas.

Fuimos parte del pasado

en un tiempo incierto.

Trascendimos. 

Ahora somos parte del presente 

para construir un futuro 

donde florezcan

girasoles carmesí. 

Eugenia Nájera Verástegui. Nací en Tampico, Tamaulipas. México. Soy Técnico en computación, serigrafista y estudiante de violín. Mí pasión por la música fue la principal inspiración para comenzar a escribir el proyecto multidisciplinario “Los Portadores”. Tengo un Diplomado en Literaturas Mexicanas en Lenguas Indígenas por el INBAL. Curso talleres de literatura, lectura y creación literaria. He publicado en antologías y revistas literarias a nivel local, nacional e internacional.

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