Carmen Macedo Odilón: El temblor

La cama se está sacudiendo y me levanto de golpe, mis pies no se deciden si inclinarse a la izquierda o a la derecha y aunque me sostengo a la cómoda, ésta parece también bailar conmigo. Resbalo y me agarro al cajón como si en el suelo se abriera un hoyo al infierno, pero voy a parar al piso, pese a haberme enganchado de la perilla que me siguió con todo y madera. La ropa sale volando y el despertador que tenía encima me golpea la frente, también se estrella mi florero, pero no para de temblar.

Presentía que algo así iba a pasar, porque había estado temblando seguido: de una sacudida momentánea a esos estremecimientos que algunas noches me impidieron volver a dormir, pero nada como esto. Ni los padres nuestros o aves Marías pueden calmar una desgracia, y es en momentos así en que me arrepiento de no haber vivido más: haberme arrojado a los brazos del placer y la libertad sin atormentarme con el trabajo y las responsabilidades; desgracias que resumen a nada una vida entera dedicada a lo que parecía ser importante. Lloro tanto que creo, las lágrimas me han empapado hasta los calzones…

La alarma sísmica de mi boca, y mi cuerpo, ya más líquido que sólido, se agita como olas contra la escollera. Me arrastro por el pasillo tratando de llegar a la puerta para pedir ayuda a los vecinos, pero tiembla: abajo mi estómago; arriba la cabeza; en medio el pecho. “Por favor, detente”, digo más con la mente que con unos labios que no emiten ya sonido. La imagen de mi madre asalta lo que conservo de pensamiento y recreo su cara cuando se entere que no pude escapar de esto: sus cabellos revueltos y el rostro descompuesto, maldiciendo no haber estado en mi lugar, reducida en pedazos. Me llevo las manos al cuello y desciendo los dedos por la clavícula: allí está el temblor, dentro de mi pecho, el terremoto que derrumba todo lo que me rodea.

Palpo el seno y éste se mueve, telúrico, bajo mis dedos, las placas musculares se sacuden y creo anticipar una erupción. El pecho maldito crece ante el horror de mi vista y desgarra mi piel hasta volverme cráter, del que en vez de magma no brota sino ardiente sangre que, al paso por los restos de mi cuerpo, se transforma en un magma podrido que busca carbonizar el sobrante de mi humanidad.

Cuando abren la puerta de mi departamento, a medio pasillo encuentran un volcán extinto, en cuyas faldas a penas si se distinguen mis pies, y cual tesoro encerrado en ámbar, un ojo cristalizado en piedra de sangre que brilla como el rubí.

Carmen Macedo Odilón es oriunda de la Ciudad de México. Estudiante de letras y bibliotecaria de la vida. Loca de los gatos, huidiza por convicción y clienta del insomnio por afición.

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