Cecilia Mogollón Villar:  No eres tú, soy yo

Semanas hacía desde que su no fantasma, aburrido de ser invisible, buscaba hacerse notar. Empezó con el corcho arrojado hacia sus zapatos. Lo advirtió por el ruido en el cuarto de baño cuando el objeto fue lanzado con una fuerza y trayectoria aparentemente intencional.  Pese a los paseos que da su cordura, era demasiado como para imaginar cucarachas dedicadas a la halterofilia.

Lo cierto es que, mientras enjuagaba sus dientes, notó que el portacepillos adherido a la pared ya no estaba en su sitio, ahora decoraba el lavamanos. Sin ruidos, sin temblores, sin rajaduras, el objeto en cuestión había cambiado de lugar. Iwina vivía sola, sin mascotas ni más compañía que su alma y un bambú de la suerte. Sus ocupaciones la mantenían concentrada en el trabajo, con apenas tiempo para comer y limpiar. Eso de andar redecorando le parecía más fantasioso que lo de vivir con amistades invisibles.

Desde que se confinó, a la vivienda no entraba ni la luz. Por eso fue tan sorpresivo encontrar objetos cambiados de sitio, mariposas en la pared, grillos entre las ollas, bombillas que se encendían o apagaban a voluntad… Pero lo más asombroso fue cuando casi se incendia la casa. Iwina tenía por costumbre alumbrar con velas el altar de los santitos heredados de la abuela recién fallecida. Esa vez, mientras cocinaba, encendió la escuálida velita asegurada en un recipiente de barro y sobrepuesta en una plataforma también de barro. De pronto, algo la hizo girar la cabeza para darse cuenta del fuego esparcido por todo el altar. Mientras lo apagaba, solamente se le ocurrió agradecer el aviso y reponerse del susto.

Frente al espejo solo veía una sombra, el reflejo se había quedado afuera. A estas alturas ya dudaba de si ella era quien hacía las veces de fantasma o si en la casa deambulaba una entidad no reconocida por la física. Se negaba a llamarle espanto porque tantos años de encierro sin más compañía que la propia habían hecho lo suyo. No podría explicarlo al mundo exterior sin arriesgarse a ser considerada esquizofrénica o psicológicamente afectada por el confinamiento. Eso que definen como consecuencias normales de vivir en condiciones anormales.

Iwina vivía de asombro en asombro. No se atemorizaba, sino se llenaba de intriga. Hasta prefería que fueran espíritus y no intrusos humanos. Prefería convivir con energías incomprendidas, así como la suya, con quien solo su sombra parecía empatizar. Se había olvidado de cómo se sentía una caricia, del roce tibio de una piel contra la suya, de una sonrisa espontánea y sincera. El mundo exterior era cruel. Duro, frío, hostil.  Así, esa vez mientras buscaba su rostro en el espejo, exclamó:  ¡gracias, mi muerte fue como siempre quise, sin darme cuenta!

Cecilia Mogollón Villar. Nacida en Ciudad de Guatemala y criada en Panajachel, un pueblo de origen volcánico, habitado por personas mestizas, mayas y extranjeras. Crecí escuchando historias fantasmales y de terror que no siempre fueron sobrenaturales. En la actualidad, vivo en aislamiento voluntario desde hace más de 17 meses, debido a la pandemia por Covid-19; aunque cada cierto tiempo cambio de recinto, continúo aislada en la Ciudad de Guatemala.

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