Una voz

Por Ivanka Romero, Jimena de los Santos y Miranda Campos

Auri

Llevaba tiempo teniendo un sueño que le hacía amanecer tensa, con el cabello ensortijado y erizado. No sabía si llamarlo una pesadilla o un anuncio. El sueño no era diario pero sí demasiado frecuente. En su familia corría el poder onírico: los sueños como mensajes del pasado, presente o del futuro. Sus ancestras más poderosas incluso podían hacer una lectura onírica de las personas con sólo una charla y ayuda de brebajes para estimular el sueño, eran capaces de “ver” o encontrar respuesta a sus preguntas. Claro que estos poderes estaban perdidos-u ocultos- pero, Auri, consciente de su linaje se preguntaba si eran sus poderes despertando o justo se daba demasiado crédito y realmente una cena pesada, el exceso de imaginación o la soledad y rechazo que vivía en su pueblo, eran los estimulantes para estas escenas en su mente.

Auri se levanta con dificultad, enojada porque pasó otra noche sin dormir bien. Intenta controlar sus cabellos y los ata en una cola de caballo baja. Prepara su día, se asea, desayuna y sale a hacer las diligencias del día.

Los murmullos de siempre, las miradas cargadas de juicio, las mujeres que le dan sonrisas falsas sólo porque les compra enseres, comida, telas, pero en cuanto ella se marcha juzgan su vestimenta, sus cabellos, hasta su forma de hablar. Tienen miedo de que embruje a sus hombres, envenene a su ganado, la tierra, su agua. La tachan de bruja sólo por su linaje, este desprecio se ha cobrado la vida de su abuela, hizo huir a su padre y ahora recluyó a su madre en una silla.

El miedo de morir quemada la ha hecho siempre mirar al suelo y no lanzar ninguna mirada a estas personas que la rechazan.

Auri no tiene amigas, recuerda haber tenido unas cuantas en la infancia pero estas cedieron al miedo infundado en chismes y ahora le regalan muecas incómodas o alguna interacción simple que hasta les pareciera dolorosa. Si Auri pudiera demostrar el dolor que ella sentía, su mueca se transformaría por completo. Sin detenerse más a pensar en eso, decidió caminar hasta la costurera, con quién había mandado enmendar un abrigo de su madre. En su camino, tropezó con una piedra lo que provocó que perdiera el equilibrio y muchas de las verduras que había comprado cayeran en el charco más cercano. Estallaron las risas. Nadie se acercó a ayudarla. Auri quiso alzar la vista y exponer su mirada llena de dolor, pero no pudo, alzó su vestido y salió corriendo pasando la casa de la costurera, hasta el final del pueblo y asegurándose que nadie la había seguido, se sentó en el primer árbol que encontró, el que marca el límite del pueblo con el bosque.

Ahí suele irse a dormir un rato los fines de semana o lleva a su madre para que respire un poco de aire fresco. Cansada de su mala fama, de su mala suerte, de que nadie quería dirigirle la palabra, se tumbó entre las raíces del árbol. Terminó de secar sus lágrimas y respiró profundo. Cerró los ojos, respiró profundo y comenzó a escuchar una voz…¿Hola?, dijo en un susurro. Sí, te escucho, replicó. El miedo la estaba intentando controlar -o la locura- quiso seguir su instinto porque sonaba que esta voz pedía ayuda. Se concentró un poco más…pero ya no entendía bien lo que la voz de esta mujer decía. Su instinto le dijo, duérmete y Auri por primera vez lo escuchó. Se concentró en acompasar su respiración y cayó en un sueño profundo…En el sueño, una silueta apareció frente a ella, poco a poco se iba iluminando…Hola, ¿cómo te llamas? ¿Tú me estabas llamando?….

Seren

Era la tercera vez que extendía una tirada de cartas sobre el tapete, de nuevo sin comprender el mensaje; parecían piezas de un rompecabezas distinto, aunque se supone que era el mismo. Llevaba un tiempo así, dudando de sus interpretaciones. Había intentado consultar con la luz de una vela, pero la llama insistía en permanecer inmóvil, suspendida, como si el calor mantuviera la cera intacta. Ni las cartas, ni el fuego, ni siquiera el canto de las aves le decía nada, o más bien, ella afirmaba una y otra vez, que no era capaz de entender los múltiples lenguajes de sus ancestras. —Se supone que es mi herencia—, se repetía una y otra vez —Pero, ¿y si no lo tengo?—.

Tendría más de dos años que se había mudado a este lugar, una pequeña cabaña en medio del bosque, oculta entre las montañas, hogar que alguna vez cimentó su tatarabuela. Una especie de iniciación, se había dicho a sí misma, aunque en realidad lo que deseaba era alejarse de todo, pues ya estaba harta de la humanidad, la violencia, las traiciones. Un día tomó sus pertenencias (bastantes libros y un poco de ropa), se despidió de su familia con un abrazo y partió; antes de salir, su madre le extendió las llaves que abrieron la cabaña “un pequeño regalo para este viaje. Abre más puertas de las que te imaginas; no olvides que en el camino, la compañía también es valiosa”. No entendió muy bien la frase final de su madre, pero ella solía hacer enredos con las palabras, otra habilidad de las mujeres de su familia.

Y es que sí, Seren provenía de una larga línea de brujas sobresalientes. Algunas eran excelentes tejedoras y bordadoras de hechizos; otras elaboraban pociones para toda clase de males, remedios y mejoras. A unas cuantas nada más les bastaba con su belleza para conseguir todo tipo de encantamientos. Pero en Seren, todo parecía difícil; con sus pócimas causaba incendios, tenían texturas extrañas o sabores que las hacían imposibles de beber. Según ella, nunca tuvo la paciencia para tejer y bordar; en cuanto a su belleza, ella era bastante severa consigo misma, así que estaba completamente descartado.

Fue con toda esa presión encima que Seren decidió tomarse un tiempo a solas, aunque de por sí, la frustración ya la había conducido a distanciarse de todas las mujeres de su familia; por ello, la mudanza no le resultó difícil, ni triste. Únicamente llevó al terreno de lo físico lo que ya hacía en lo emocional. Instalada en su nuevo hogar, montó un altar para la diosa; toda vez que estuviera en soledad, podría conectar con ella para saber qué rumbo debía tomar como bruja o si lo mejor era colgar la escoba. Quizá fueron las noches con cielo despejado, el contacto con los seres del bosque, la cercanía del agua, pero un día lo descubrió: su poder radicaba en la capacidad para leer e interpretar. Una vez entendido ese aspecto en ella, podría aplicarlo a muchas formas de hechizos.

Había logrado avances considerables por sí misma, pero en un día como este se sentía estancada, algo hacía falta. Era la tercera vez que extendía una tirada de cartas sobre el tapete, bordado con imágenes que la representaban a ella y a sus abuelas. Una, con las flores, otra con el hilo y ella con la trenza, la suma de las tres mujeres. Tres tiradas de cartas, tres bordados, los tres mechones de la trenza… Entonces descubrió que las piezas no eran de un solo rompecabezas, sino de tres. Encendió tres velas en medio de la sala oscura y su luz iluminó una puerta de tres lunas talladas, que nunca antes había estado ahí. Conforme se acercaba a la puerta, escuchaba aullidos en voces de otras dos mujeres; esa era la señal inconfundible, tenía que salir a ver lo que ocurría en el exterior. Tomó la llave que le diera su madre, ahora su frase cobraba un sentido nuevo…

Margery

Había ya caminado mucho, el bosque era extenso y laberíntico y engañoso.
Había pasado mucho tiempo escondida, intentando protegerse del daño que le había hecho el mundo por su mágico origen, había negado a su abuela y a su madre y había escapado de sus brazos, pero todos los habitantes del pueblo habían sido crueles, las habían recluido en una casa en las afueras y las obligaban a realizar pociones y algunos hechizos egoístas para dejarlas sobrevivir.

Margery había escapado cuando tenía dieciséis años y se había asentado en otro pequeño pueblo lejano, había escondido su magia del mundo y había intentado adaptarse lo mejor posible, sin embargo, después de que ya habían pasado algunos años recibió la visita de uno de los habitantes de su antiguo pueblo, se la querían llevar pues sus ancestras habían fallecido y necesitaban a alguien más que las reemplazará. Ella se resistió con un gran dolor en el alma. Lloraba y se defendía y, ante su negativa de regresar, él gritó a todos su secreto: ¡Es una bruja, es una bruja! ¡hará daño a todos! ¡Tenemos que quemarla!

No importó cuánto tiempo había pasado Margery en ese lugar, no importó los lazos amistosos, ni la sonrisa, ni la ayuda que había brindado, ni el hecho de que nunca la habían visto usar magia. No importó nada. La persiguieron con antorchas y las hicieron huir sin poder llevarse nada.

Sola, en el bosque, refugiada únicamente por los árboles que se amontonaban en raíces y troncos para darle calor y en las hojas que le caían en el cabello y en la piel cual caricias. Se dio cuenta de que estaba sola, sentía que no pertenecía a ningún lado y quizá siempre sería de esa manera.

Vagó sola unos días en el bosque y en el tercer día, llena de cansancio, se recostó a dormir, pensando que jamás lograría sobrevivir, que su magia fracturada por el tiempo escondida no la ayudaría y que su fuerza era insuficiente para continuar.

Entre sueños escuchó una voz, ruido que la atraía, que la llamaba, repetían su nombre en susurros. Se levantó, confundida, pensando que algún ser desconocido, algún espíritu del bosque se había dispuesto a ayudarla luego de verla derrotada. Caminó para encontrar el origen del llamado y en cada paso se sentía un poco más fuerte.

El jardín de los senderos que se encuentran

Cuenta un mito ancestral que no hay mejor rito de iniciación que construir una comunidad. Usualmente las brujas piensan que este debe concentrarse en la familia consanguínea, pero lo cierto, es que las familias elegidas pueden tener una raíz aún más sólida que aquella que corre por nuestras venas, pues los vínculos espirituales tienen un potencial inigualable. En cada encuentro, las iniciadas entran en contacto, ya sea físico o mental y juntas cantan la canción que sale de lo más profundo de sus almas. Cada canción es una bienvenida, es aceptación, es la entrada a un mundo donde ya nunca más se está en soledad.

Esta noche no soy una, sino tres
comparto un lenguaje que pensaba ajeno;
junto a ustedes, pertenezco, entiendo.
Tres lunas, tres llamas.
Hermanas, brujas lejanas, las he buscado.
vibró en sintonía, junto a sus voces,
junto a ellas,
nuestro poder se encuentra,
el viento nos envuelve:
Hermanas, brujas lejanas, la he encontrado.

He descubierto lo que creí inexistente,
la calidez de un poder,
que ahora fluye entre las tres.
Me uno a sus voces que aunque extrañas,
en vibración, son cercanas.
Hermanas, brujas lejanas, las he añorado.

Ivanka Romero. Feminista. Futura psicóloga. Escritora. Soñadora por pasatiempo, creadora de historias, plasma historias, vivencias y sentimientos.
Escribe para encontrar un refugio de lo que le abruma y le alegra.

Miranda Campos. Amazona de titanio. Feminista. Comunicóloga Social mexicana, radica en Cancún y se dedica al marketing digital. Escribir es un gusto que está retomando y en el que ha encontrado un espacio para compartir sus experiencias en torno al dolor, el cuerpo, el cáncer, la discapacidad y lo que guarda su imaginación. @titaniumamazon

Jimena De los Santos, feminista y lectora de tiempo completo, originaria de Yucatán. Licenciada en Literatura Latinoamericana por la UADY y Maestra en Estudios de Género por el Colegio de México. Investiga sobre escritoras y literatura en Latinoamérica; todo el tiempo habla de cultura pop. Se ha reencontrado con la magia y la escritura

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