Micaela Sánchez: A la carta

Son tres cerraduras. La primera es de alta seguridad con cuatro bulones, brilla; la segunda es electrónica con código de seis dígitos; la última es clásica y de pestillo, oro viejo. Hay cámaras en cada habitación incluyendo el baño, supongo que a él le gusta verla hasta cuando se saca los mocos. El lugar es impresionante, piso 23 sobre la Avenida Insurgentes, los vuelos comerciales giran hacia el oriente en esta coordenada, algunas veces los vemos aterrizar, depende del índice de calidad del aire.

El jacuzzi está rodeado de ventanas, la punzada en el ovario anuncia mi llegada, le gusta tomar largos baños y vemos la ciudad: una red de luces que se extiende hasta el infinito, el WTC en primer plano y luego el Viaducto, después todo es parpadeo y sus piernas perfectas sobresalen del agua que tiño de carmín, hincho sus pezones y abulto su abdomen.

Ella se resetea cuando el pómulo violáceo, la costilla fracturada, cuando los restos no logran juntarse y se sabe rota. Duele, y la yerba no es suficiente, entonces las pastillas, nunca el llanto.

Al principio las compras llegaban por paquetería, desde las cebollas, hasta el lipstick y los tampones, ahora tiene la libertad de elegir dos salidas al mes. Sola. No hay amigas, charla con el sistema operativo. Le gusta ir al supermercado. Caminar sobre los tacones no fue fácil, iba de la cocina a la recámara practicando mientras los tobillos falseaban. El curso de maquillaje por internet la entretuvo varios días. Se prueba la ropa que llega cada jueves y nunca se mira al espejo. Domina tres idiomas y le gusta cantar.

Ese día llegué en la madrugada, era su día de salida, cargué el endometrio con quince mililitros, como lo estipula el programa. Aquella vez el coágulo que formé era del tamaño de un durazno y cedió a la ley de gravedad, se deslizó entre el pantalón acampanado y el muslo, la masa sanguinolenta quedó en medio del pasillo de cereales y galletas, ella terminó de llenar el carrito con la lista que el sistema operativo había enviado a su móvil, la mancha sobre la tela azul claro era enorme. Nada la perturba.

Siempre hay gritos o reclamos y también golpes cuando él llega pedo; ella nunca contesta.  Se desnuda y abre las piernas tratando de calmarlo, su cuerpo es perfecto y sin vellos, piel durazno y senos turgentes.

El sistema operativo le anuncia mi llegada, siempre luna llena y remanso. Conmigo, él nunca la penetra y su semen termina en su boca, le doy asco, también le recuerdo la no sucesión de genes, óvulo no fecundado. Sangre.

Cuando él hizo el pedido llenó un formulario con veintisiete preguntas de opción múltiple: a) 167cm; b) 55Kg; c) silenciosa; d) dócil; e) pelirroja; f) pecas; g) que no lea, h) sin vello; i) bronceada; j) labios abultados; k) erotizada; l) pulcra; m) inocente; n) dientes perfectos; o) que no haga preguntas; p) sin pasado; q) hogareña; l) sonriente; m) dispuesta; n) que no discuta; o) que no engorde; p) sexi; q) divertida; r) amorosa; s) sin acné; t) sin amigas; u) sexo anal; v) ingeniosa; w) masoquista; x) dispuesta; y) coqueta; z) fértil.

Aquí fue donde yo entré, en la zeta, la pregunta decía menorrea y no la entendió, la traducción del mandarín al inglés y después al español, no era la correcta. Las ginoides y los sapiens, aún no se reproducen.

Micaela Sánchez Miranda (Ciudad de México 1963). Estudió Biología y Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Actualmente estudia en la Escuela de Escritores Ricardo Garibay y vive en Tepoztlán, Morelos.

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