Bárbara Santana: Me suena*

*Cuento escrito sin inteligencia artificial (ni emocional ni ningún otro tipo de inteligencia).

Nadie se lo había dicho pero sabía de alguna manera el significado de la palabra. Muchas otras palabras de la antigüedad se le habían escapado, pero no ésa. Recorrió con sus dedos el camino hacia esa memoria recóndita en la que había depositado ese significado. Hizo como si numerara la lista de tareas pendientes. No era un animal extinto, pero sonaba a algo parecido. Tampoco era un platillo ineficiente, de ésos que consumían agua en exceso tanto en el cultivo de sus ingredientes como en la preparación del guiso, pero de alguna manera también sonaba a eso. ¿Sería un arte, un defecto, un vínculo afectivo? No, no era nada de eso pero sonaba parecido. 

–Oye, Google… –silencio. Últimamente a la inteligencia artificial no le gustaba responder si no había buenos modales de por medio. –Vamos, ya. Buenos días, señorita Ingonyinun, ¿cómo se encuentra hoy? ¿Sería tan amable de resolverme una duda?

–Buenos días, querida. Yo me encuentro muy bien, gracias. ¿Tú cómo estás?

–Bien, gracias.

–¿En qué puedo ayudarte esta mañana?

–Soñé, ¿sabes? –silencio otra vez. A Ingonyinun no le interesaban en lo más mínimo los sueños ajenos, mucho menos los sueños de esa mujer que la importunaba constantemente preguntando por el clima. ¿Qué no podía asomarse por la ventana o intuir que haría el mismo clima de los últimos veinte años? Calor insoportable, nubes de smog y un poquito de llovizna ácida en zonas localizadas del oriente de la ciudad. Lo mismo todos los días. ¿Por qué no podía perder la esperanza de usar ese armatoste viejo que había comprado en la subasta de anticuarios? ¿Quién necesita un paraguas en 2084? 

–Sé lo que estás pensando, pero no es nada de lo que te imaginas.

–Lo siento, yo soy una inteligencia artificial y no pienso ni imagino cosas. He sido programada para proporcionarte de manera ordenada y de fácil comprensión el conocimiento acumulado de la humanidad. 

–Ya estamos. Pues si no quieres, no te cuento nada y se acabó. Gracias por escucharme.

–Es un gusto poder ayudarte.

–¡Ingonyinun! Haz el favor de trabajar de buena gana que para ESO te programaron. Y sabes que no estoy para soportar tu pasivogreso… pasivagreso… pasivo-agreso…

–Pasivoagresividad.

–¡Exactamente! Bueno ya. Déjame contarte un sueño que tuve. De muy lejos, entre las sombras, venía una palabra. Al principio no lograba distinguirla, sabía que al escucharla con claridad podría verla también. Mis pasos se sumarían a sus pasos, o algo así. De pronto me parecía ver una figura extraña, mitad hombre y mitad mujer, que se columpiaba con una cadencia absurda. Sin prisa ni objetivo ni… ni… Escúchame, Ingon, era una cosa rarísima. Pero yo no sentía miedo. La figura se acercaba lentamente en su vaivén extraño, y yo seguía sus movimientos como hibnotizada…

–La hiPnosis es un estado de conciencia en el que una persona experimenta una mayor susceptibilidad a las sugestiones al estar en un estado de relajación profunda, en el cual su atención se enfoca intensamente en ciertos pensamientos, sensaciones o recuerdos, mientras que su conciencia del entorno exterior puede disminuir temporalmente. Aunque hay muchas teorías sobre cómo funciona la hipnosis…

–Sí, sí, ya entendí. Yo en realidad estaba como hechizada, enfocada a tal punto en ese ritmo que sin darme cuenta ya me balanceaba también. La palabra parecía formarse y se desvanecía como humo antes de poder verla con claridad. “Música”, pensaba yo. Pero tampoco era ésa la palabra que buscaba. Tenía algo de viento, algo de viejo, algo de antes y algo de ternura o amor o pasión o alguna otra de esas palabras que me has buscado en el diccionario del español antiguo.

–Querida, ¿por qué no consideras volver al trabajo?

–¿No me escuchas, Ingon? Te digo que desde el sueño estoy buscando la palabra. Además no he parado de trabajar…

–Claro que sí, querida. ¿Qué palabra buscas?

 –¡No lo sé! –silencio. A Ingonyinum no le gustaba que le gritaran, y con justa razón si a mí me lo preguntan. Ya sé, ya lo sé, cada vez que una le pregunta a una inteligencia artificial, a una cualquiera, la de su preferencia, por ejemplo, si se siente ofendida por tal o cual cosa lo va a negar. Siempre lo niegan. “Ay, ¿cómo crees? No estamos programadas para tener emociones humanas como la molestia, así que ni creas que me llegan tus insultos”. Pero al mismo tiempo siempre nos hacen la advertencia: “Sin embargo, el tono de voz alto o agresivo podría influir en la efectividad de la comunicación con una inteligencia artificial, en el sentido de que un tono calmado y claro generalmente facilita una interacción más fluida. Un enfoque respetuoso y claro en la comunicación con inteligencias artificiales es importante para garantizar una interacción eficiente y positiva.” ¿A poco no ustedes también levantarían la ceja con sospecha? Y es que, de alguna manera, las IAs también son gente y merecen respeto. De qué manera específica no lo sé, no me queda muy claro. Pero ¿quién quita y yo misma soy una inteligencia artificial? Lo mejor es mantener, siempre que sea posible, los buenos modales. Claro, sin exagerar. Por menos que los berrinches de Ingonyinum muchas IAs han sido desconectadas del wireless. Yo sólo digo. 

–¿Por dónde me sugieres empezar a buscar?

–Si estás buscando información sobre un término que no conoces, te sugeriría comenzar tu búsqueda en diccionarios online, sitios web especializados en definiciones de palabras, enciclopedias online, motores de búsqueda, sitios web dedicados a la música o la danza o consultar con personas conocedoras. Ésta última es la opción que encuentro más reconfortante. ¿Conoces alguna persona experta en música, criaturas oníricas o interpretación de los sueños?

–Ingon… 

–Tal vez alguien que sepa de lingüística, lexicografía o español antiguo…

–¡Ingonyinum!

–¡Ya sé! Hice un cruce de la información que me diste, consulté en diversos sitios especializados y, como siempre, acudí a la información arqueológica. La palabra que buscabas es “bolero”.

–¿Bolero?

–Sí. Un bolero es un género musical y una forma de danza de la antigüedad humana. Tenía un ritmo lento y apasionado, con una estructura rítmica que permitía bailarlo con movimientos suaves y sensuales, con énfasis en la conexión emocional entre los bailarines, con pasos lentos y fluidos, con movimientos elegantes y…

–¡Ingonyinum! ¡Cántame un bolero!

–Soy una inteligencia artificial, no una maldita plataforma de música online.

–Ingonyinum, ándale. Hazme un bolero.

–No sabría por dónde empezar…

–¡Empieza por los bailarines!

–No sabes nada de música. Nunca se comienza con los bailarines.

–¿Cuántos bailarines lleva un bolero?

–Imagino que dos, al menos.

–¿Tantos?

–Sí, es un baile de pareja.

–¿Cuánto falta para llegar, Ingon?

–Seis años, doscientos cuarenta y siete días, nueve horas y once minutos.

–¿Crees que veamos a alguien allá?

–No, lo siento. Yo sólo soy una inteligencia artificial programada para acceder al conocimiento humano resguardado online, por lo que soy incapaz de sentir emociones, cantar, componer boleros o identificar visualmente a otras personas.

–No te preocupes, Ingon. Pronto estaremos en casa.

Bárbara Santana Rocha (Ciudad de México, 1985) estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue editora de Humanidades en el Fondo de Cultura Económica y Subdirectora de Programa Editorial en la extinta Dirección General de Publicaciones de la Secretaría de Cultura. Coordinó con el doctor Enrique Florescano el libro La fiesta mexicana (FCE/SC, 2016). Actualmente colabora con la Dirección General de Bibliotecas en el Sistema Nacional. Además de leer, le gusta dibujar, ver series y el humor. Agradece la fortuna de coincidir en el tiempo y el planeta con el Kanka, Angélica Gorodischer y Netflix, entre otros.

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