—Procura que Lúha cierre la vista a la sequía, que el árbol no caiga sobre ella y que use suéter por la noche.
Desconozco en qué tiempo nos convertimos en apoyo de la otra, desde qué tiempo los bosques se incendiaban sin control y las lagunas se volvían saladas. Nos encontramos por casualidad de huidas, en la búsqueda de algo vivo.
Por la noche discutimos los roles del mes dentro de la comuna: tres recolectan agua, tres cocinan, dos limpian los interiores y cuatro los exteriores, una cuida a Lúha y una cambia su horario de sueño para que nada decida salir del área segura o que nos acorrale el desierto. Ya no había tanto conflicto, los meses nos habían hecho entendernos lo suficiente para saber tratarnos con respeto.
Quince con Lúha, la pequeña que todas cuidamos como nuestra hermana, hija o amiga; no conocía el pasado, entendía el momento como si fuera lo cierto de todos los tiempos; para nosotras era algo complejo, crecimos en otra vida, en un mundo que se destruía, no destruido por completo. A veces nos preocupábamos por el porvenir de la pequeña, era muy joven, todas moriríamos antes que ella.
Veía crecer, cuidar e inquietarme al pensar que el desierto nos acorralaba (más): el último mes fui quien cambió su horario de sueño, regaba las plantas toda la noche —helechos tropicales creciendo en dunas de un desierto—, temiendo que perdieran su agua en el momento que las dejaba de ver. —¿Y si morían? ¿El desierto nos devoraría? ¿Nos veríamos obligadas a donar contra voluntad nuestro jardín? ¡El columpio!—. Las plantas aún tenían reservas, existía suficiente tiempo para dar la vuelta entera y descansar algunos minutos. El árbol de guanacaste había cedido algo de altura a las ráfagas de viento, era joven así que podía caer, debíamos estar precavidas, Lúha jugaba bajo él. La vida transcurría tranquila, aislada del ansia de agua, temiendo de cuando en cuando los atardeceres de viento encrespado.
¡Alguien se acercaba! Avisé a mis compañeras. Era medio día y la luz reflejaba tanto sobre el suelo yermo, sólo veíamos la silueta de las sombras: una persona, una mochila. Resultó ser otra persona la sombra que pensamos mochila. Romina y Carol.
Carol halló a Romina, con la misma razón que nosotras nos encontramos, como ellas nos encontraron: casualidad de huidas. Romina era muy joven, apenas de la edad de Lúha, Carol un poco mayor, lo suficiente para decidir huir con ella tras encontrarla agobiada sola en la entrada del desierto.
¿Seríamos diecisiete? En la comuna jamás creímos que alguien más llegaría. Teníamos capacidad de carga para dos más, no hubo que conversar por la noche, estábamos de acuerdo en que ambas se quedarían. Tendrían el resto del mes para adaptarse, al siguiente. Carol ingresaría a los roles recolectando agua, cocinando, limpiando o cuidando a Lúha y a Romina; aún debíamos explicarle cómo mantener el desierto en los límites y lo que hemos descubierto de la naturaleza.
Vivimos en calma, aisladas por el cuidado a lo que nos rodea, Lúha y Romina creciendo y jugando bajo el guanacaste, aprendiendo sin prisa de las hojas y el agua.

Yaiza Sabrina Suárez Hernández. Soy estudiante de ingeniería forestal, lectora y escritora en ratos libres; imagino mundos, queriendo inventar palabras para nombrar lo que se me pone de frente, resuelvo en las palabras de otras escritoras para hallar un poquito de mí en ellas.


En un microcuento, se abrió un universo, luchando por la vida y contra el desierto solidariamente, me encantó lo deja a uno enganchado de como será el contexto de ese mundo y porque en esa nave o isla que atraviesa el desierto, solo hay desernautas mujeres.
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